Uno de los principales problemas de fondo que arrastramos hace demasiado tiempo es que muchos de los actuales dirigentes políticos son producto de una realidad paralela. Una realidad muy alejada de los problemas reales de trabajadores y empresas, ajena al día a día de los ciudadanos; una realidad compuesta por luchas internas, conspiraciones, padrinazgos y traiciones. Pedro Sánchez, sin ir más lejos, es hijo de esa realidad. No llegó a la Secretaría General del PSOE por sus cualidades, sino por la maquinación urdida por Susana Díaz para impedir que el elegido en las primarias de 2014 fuera alguien con recorrido, Eduardo Madina.

Lo he dejado escrito en alguna otra ocasión: desde Felipe González el PSOE no ha tenido un líder natural, alguien que se ganara el puesto por sus innatas cualidades, por su impulso, por su capacidad de arrastre, su carisma y solvencia. Ni Almunia (elegido a dedo por González y luego derrotado por un Borrell que a renglón seguido dimitió tras una brutal descarga de fuego amigo); ni Zapatero (aterrizado en el cargo tras otra confabulación destinada a impedir que fuera Bono el nombrado); ni siquiera Rubalcaba (que dio el paso sin convicción para evitar que triunfara la intriga diseñada en favor de Carmen Chacón), han sido líderes naturales.

Gabilondo acabará abrasado hasta para ir al Defensor del Pueblo, un papel mucho más acorde con su carácter y aptitudes que el de falso candidato asignado por los druidas de Moncloa

Por cierto, que en todas esas conspiraciones, salvo en la de Almunia, aparece como protagonista o maquinador en la sombra el mismo personaje, José Luis Rodríguez-Zapatero, que perdió su apuesta en favor de Chacón y en contra de Rubalcaba (por 20 votos), pero después, en sociedad con la lideresa andaluza, ganó la de Sánchez, una vez que dejó tirado a Madina. Señalo esta circunstancia, la de ZP como ideólogo-activista de la transformación del partido, para mejor ilustrar las causas que han conducido al PSOE a un proceso de deterioro que lo ha convertido, parece que de forma irremediable, en una mera maquinaria de control, que no de gestión, del poder. Lo que queda de aquel PSOE que supo virar hasta convertirse en el partido que más se parecía a la sociedad española, es poco más que la marca.

Un Frankenstein castizo

Pueden nacer desde abajo -las menos de las veces- o desde arriba, pero los liderazgos robustos y duraderos se sustentan y engrandecen en la medida en que el eje militantes-simpatizantes-sociedad camina en paralelo. No es esa la visión de Sánchez, que ha roto la cadena, como contaba aquí Jorge Sáinz: “Soy militante del PSOE de Madrid. No he votado la lista. No he votado el programa. No he votado nada...". La humillación a la que Napoleoncito ha sometido a cuadros y militancia demuestra que la concepción de partido del presidente del Gobierno es similar a la de un sindicato vertical; el desprecio por la respetable figura de Ángel Gabilondo, a quien se le pidió que extendiera la buena nueva de que no habría subida de impuestos, para luego desmentirle de forma inmisericorde, pone en evidencia esa concepción utilitaria de vidas, siglas y haciendas. El ‘hermano Ángel’, profe de Filosofía y entrenador del equipo de fútbol en los Corazonistas, no merecía este final. Acabará abrasado hasta para Defensor del Pueblo, un papel mucho más acorde con su carácter y aptitudes que el de falso candidato asignado por los druidas de Moncloa.  

Un partido al servicio del líder, no un líder al servicio del partido. O sea, un líder menor. Un personaje que ha deconstruido el PSOE y ahora no tiene más remedio que irrumpir en la campaña de Madrid como elefante en cacharrería. No para impulsar la lista de Gabilondo, sino para salvarse a sí mismo. Sus insinuaciones sobre un teórico falseamiento de los datos de la pandemia en Madrid, luego desmontadas por Fernando Simón, o su nueva campaña de indisimulada propaganda, asentada en el milagro de las vacunas, todavía no del todo verificado, y el maná, aún lejano, de los fondos europeos, sugieren niveles de inquietud hasta ahora desconocidos.

Sánchez ha irrumpido en la campaña de Madrid como elefante en cacharrería. No para impulsar la lista del PSOE, sino para salvarse a sí mismo

No es para menos: con Cataluña, Andalucía y Madrid -que aportan más del 40 por ciento de los diputados al Congreso- en manos ajenas, el futuro de Sánchez se oscurece. Madrid es vital. Por eso han apartado de un manotazo a Franco (José Manuel) y a su Ejecutiva. Por eso vamos a ver de todo en la campaña. De todo, menos de los problemas reales de Madrid. Una prueba de ello es la estupidez lanzada por ese indigente electoral en que se ha transformado Pablo Iglesias y que advierte de que lo que nos jugamos en Madrid es ni más ni menos que la democracia. ¡Alerta antifascista! ¡Qué perezón! Otro regalo que le hacen a Isabel Díaz Ayuso (ya nos ocuparemos de la presidenta).

Y es que el hecho que en mayor medida revela la falta de ideas y la ausencia de un discurso capaz de convertirse desde la izquierda en alternativa real al de Ayuso, el terror con el que los Sánchez, Iglesias y Errejón afrontan estas elecciones, es que todos ellos han depositado sus máximas esperanzas en que el resultado de Ayuso sea tan extraordinario, tan abrumador, que expulse de la Asamblea madrileña a Ciudadanos y Vox mientras el PP se queda a las puertas de la mayoría absoluta, para así poder montar un Frankenstein castizo en Madrid. Así de simple; y de triste (continuará).

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