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Miquel Giménez

Opinión

¡Fuera fascistas de nuestros barrios!

Eso gritaron a Rocío de Meer e Ignacio Garriga, diputados de VOX, en pleno corazón del barcelonés barrio del Raval. Les cuento

Dos diputados de Vox atacados en una visita al Raval de Barcelona
Dos diputados de Vox atacados en una visita al Raval de Barcelona

El Raval es barcelonés porque está en Barcelona, no por otra cosa. La “multiculturalidad” hace difícil reconocer el antaño popular Barrio Chino, tan barcelonés como la Dama del Paraguas, donde cabarés como La Criolla, el Barcelona de Noche donde mi padre trabajó de camarero cuarenta años, o La Bodega Bohemia atraían a escritores y periodistas por su sabor típicamente canalla.

Ahí se veía por la calle al Pinxo, el matón del local, luciendo palmito frente al meublé de Cal Manco; el Vigilante y el Sereno bromeaban con descuideros del barrio mientras se tomaban la última en el Quiosco de Cazalla, mientras las trotonas, cansadas, se iban a comprar ensaimadas al horno de la calle Lancaster; las Ramblas jamás cerraban y tenían suficiente clase como para albergar quioscos que vendían libros de Ruedo Ibérico de tapadillo o  darse el lujo de ver a todo un Antonio Gades exhibir su portentoso arte en “Los Tarantos, rodada de noche en aquella avenida del mundo. Era el barrio loado por Sagarra, Sempronio, Genet, el de la morfina y el tango de Irusta, Fugasot y Demare. Había delincuencia, pero nadie cerraba la puerta de su casa porque no se robaba a los vecinos: todos se conocían; el hampa era casera y en el mismo rellano convivían pacíficamente un zapatero remendón, una bailarina de El Molino y un carterista que se reclamaba heredero del famosísimo Manitas de Plata.

Ahora es un barrio áspero, donde mafias dominicanas y marroquís se disputan lindes para comerciar con la droga. Nadie conoce a nadie y resulta difícil escuchar hablar en español por la calle. Digámoslo claro: es una banlieu en medio de la urbe con claros problemas de orden público y una decadencia comercial absoluta. Pues ahí, a ese no man’s land de la ley se fueron Rocío e Ignacio a comprobar como están los narco edificios – en la calle Príncipe de Viana, verbigracia, hay uno en el que salen a Cristo diario desde hace siete años sin que la autoridad competente mueva un dedo – y la desesperación de la buena gente, que la hay, ante el terrible sentimiento de desprotección en el que viven.

De Meer recibió una pedrada en Sestao hace unos meses, cortesía del hampa pro etarra

Los delincuentes de este lugar, los de Robadors, los de Valldonzella, en fin, los que dominan el barrio, intimidan a los vecinos honrados y a los pocos, poquísimos comerciantes de toda la vida que quedan. Y en ese lugar a Rocío de Meer y a Ignacio Garriga los asaltaron un grupo de esos que gustan autodenominarse como “antifascistas”, no siendo más que unos delincuentes que emplean el matonismo al más puro estilo de las SA de Hitler. Les lanzaron huevos, latas, botellas, botes de humo y lejía.

Los dos tuvieron que refugiarse en un hotel cercano. Fuera fascistas de nuestros barrios, gritaban los energúmenos. El sainete duró lo suyo, porque los Mossos tardaron más de media hora en acudir. Gracias a los empleados del hotel, que bloquearon las puertas, se evitaron males mayores. Todo porque los diputados, y me da igual que sean de VOX o de Perico de los Palotes, querían hablar con los vecinos y recabar información de primera mano acerca del horrible drama con el que el ayuntamiento barcelonés y la Generalitat les obligan a convivir.

De Meer recibió una pedrada en Sestao hace unos meses, cortesía del hampa pro etarra. Ahora ha vuelto a vivir lo mismo, solo que aquí el hampa se disfraza de separatas radicales o izquierdistas furibundos. Da igual. Es el imperio del crimen, el que vive encantado y feliz cuando las mafias de la droga y la prostitución se enseñorean en los barrios más populares, más humildes, más necesitados; es el hampa que no quiere fascistas, pero jamás ha dicho nada acerca de los narcos que pelean machete en mano a plena calle luz del día, a ver quien se queda con tal o cual calle para vender su mierda mortal. Les importa un higo el fascismo, lo que intentan es evitar que entren la ley, el orden, el respeto a la propiedad, la convivencia y la seguridad. Claro que los reciben a botellazos. No les conviene que haya gente que defienda eso. Saben que cuando vuelva el sentido común a la política la único que entrará en el Raval será la policía acompañada de varios furgones celulares.

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