Tres jefes de Estado -Brasil, República Dominicana y Haití- compartieron con Felipe VI la toma de posesión del nuevo presidente de Ecuador, Guillermo Lasso. Ese era el nivel. Manda la tradición que el monarca español asista a las investiduras de los mandatarios iberoamericanos. Don Felipe cumplía en Quito un ceremonial anecdótico y menor mientras, a 9.000 kilómetros, España se enfrentaba a dos episodios de enorme gravedad y de inciertas consecuencias.

La avalancha sobre una parte del territorio nacional de miles de jóvenes impulsados por un Gobierno extranjero y reptil ha sido la primera de ellas, aún por resolver. La firma de un previsible indulto a los golpistas catalanes será la segunda, a punto de consumarse.

Los tiempos del 'borboneo'

El aséptico perfil que la Constitución dedica a la figura del Jefe del Estado parece obligarle a este forzado distanciamiento tan ortopédico y estéril. No siempre ha sido así, dado que el papel de arbitraje y moderación que el título II de la Carta Magna reserva para el monarca permite amplias y diversas interpretaciones. En tiempos pretéritos este mecanismo funcionaba de una forma más laxa, quizás en ocasiones inconveniente. Era el 'borboneo', todo un estilo de conducirse en la política de la post-Transición.

La visión del actual Gobierno a este respecto es palmaria y estricta. El Rey es un elemento ornamental, la cúspide simbólica de la estructura del Estado. La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, doctora en Derecho Constitucional por la Universidad de Córdoba, lo dejó muy claro al hilo de los peligrosos episodios de Ceuta: "El Gobierno no implica al Rey en cuestiones políticas". O sea, lo que aconsejó Francisco Franco a sus ministros. "Usted haga como yo, no se meta en política".

Rabat no aparece apenas en la agenda de Sánchez, pese a que el Gobierno 'amigo' del sur, por seguir con las tesis de Laya, ha amenazado con la 'ruptura'

La torpeza elefantiásica del equipo de Pedro Sánchez en este episodio marroquí ha propiciado que muchas miradas se posen sobre la Zarzuela en busca de una hábil aproximación al monarca alauí. Don Juan Carlos era 'hermano' del rey Hassan II. Felipe VI no lo es de Mohamed VI, pero sus relaciones siempre han sido cordiales y hasta áridamente afectuosas. "No le han dejado ni intentarlo", comenta una fuente diplomática española, perpleja ante la desbordada ineptitud de la titular de Exteriores, Arancha González Laya, y la absoluta indiferencia por parte del presidente del Gobierno, que se pasea por diferentes foros predicando la España de 2050, los benéficos efectos del hidrógeno renovable y la incontenible campaña de sus vacunas a todo ritmo. Rabat apenas aparece en su agenda más que para alguna mención sucinta y epidérmica, pese a que el 'amigo' del sur, por seguir con las tesis de Laya, ha amenazado ya con la 'ruptura'. La calma o el espanto pende ahora de lo que ocurra con el futuro judicial del líder del Polisario, tan amablemente atendido en un hospital de Logroño y a quien posiblemente se le permitirá salir de España tan cómodamente como entró.

Sánchez quiere al Rey ejerciendo de distinguido comparsa, de convidado de piedra. Le informa, naturalmente, de los asuntos que considera convenientes. Pero no le consulta, ni acepta consejos. Don Felipe tampoco va más allá de lo que se le apunta desde Moncloa. Es consciente de que sus pasos se escrutan con lupa y evita cualquier controversia. Sus relaciones con la presidencia del Gobierno experimentaron una notable mejoría tras el desalojo del Rey padre de la Zarzuela. Un trance doloroso que se ejecutó en forma implacable. Ahora don Juan Carlos, animado por una cohorte de amigos no siempre aconsejables, pretende regresar por unos días a su casa, esto es, a Palacio, para despedirse definitivamente de su patria, tal y como ha publicado Vozpópuli. Retornará luego al Golfo donde fijará su residencia definitiva.

Un acto que echará por tierra aquel gesto determinante que tumbó la rebelión y frenó en seco la revuelta. Una humillación sin precedentes que implica la exaltación de aquella gavilla de sediciosos

Paralelamente, el Ejecutivo prepara el indulto de los impulsores del procés, condenados por el Supremo a penas de entre nueve y 12 años y que ni siquiera han cumplido una tercera parte de la pena. Cosas de Frankenstein y de la gobernabilidad. Sánchez precisa el respaldo de ERC para mantener su estabilidad parlamentaria y no considera inadecuado el proceder a esta humillación del Estado de Derecho. La Fiscalía deja claro en su informe preceptivo pero no vinculante que esta medida de gracia implica "privilegiar injustificada y arbitrariamente al gobernante desleal y corrupto". ¿Y? Sánchez, granítico e imperturbable, sigue a lo suyo.

Humillación a la Corona

El titular de Justicia, Juan Carlos Campo, aconseja que se asuma este asunto con toda "naturalidad". Igual que justificó el veto a la presencia del Rey en un acto oficial en Cataluña, en la Escuela Judicial, porque, a su entender, era una "provocación". O del mismo modo que reconoció en sede parlamentaria que vivimos "una crisis constituyente". Un andaluz muy fino este peculiar ministro que suele situarse en el terreno contrario al que se espera del notario mayor del Reino. Don Felipe deberá firmar el decreto que deje en libertad a quienes condenó en su histórico discurso del 3 de octubre de 2017. Un acto que echará por tierra aquel gesto determinante que tumbó la rebelión y frenó en seco la revuelta. Una humillación sin precedentes que acarrea la exaltación oficial de aquella colla de sediciosos, otra vez ahora en el poder, y la abierta invitación a que lo "vuelvan a hacer", como no cesan de proclamar en todas sus deposiciones públicas.

El mes que viene se cumplen siete años de la proclamación de don Felipe como Jefe del Estado. Fue una ceremonia voluntariosa y triste. El padre, ausente con deshonor; la Corona, entre estertores y el país, desportillado. En este tiempo, el Rey, no sin dolorosos sacrificios, ha logrado fortalecer la Institución, la ha rescatado del negro pozo del descrédito, ha asumido con ejemplaridad su exigente función constitucional, sin mácula ni reproches, y se afana con ardorosa determinación a cumplir con el papel que la Historia y los españoles le han encomendado. Un septenio cruel e injusto. Sin un minuto para la satisfacción y aun para el respiro. Sólo breves instantes de gozo, casi siempre en torno a la princesa Leonor. Ahora, entre la ira de Mohamed y la ignominia de los indultos, el Rey de España allá a lo lejos, junto a los presidentes de Haití y de Dominicana, era la viva imagen de la más lacerante soledad, de ilusiones fallidas y sueños colgados en el aire.