Ilustrísima señora doña Rocío Monasterio de Espinosa, respetada candidata, impagable Rociíto:

Me ha escrito usted, ha llegado al buzón de mi casa una carta suya. Si le digo la verdad, no ha sido una sorpresa. Lo esperaba. Desde hace décadas, cada vez que hay elecciones recibo atenta correspondencia postal (profusamente ilustrada) de los distintos partidos y candidatos, que quieren que les vote. Ya sé, ya sé que esto nos pasa a todos, pero lo cierto es que no sé por qué lo hacen.

Recuerdo que abrí con alegre atención los primeros sobres de propaganda electoral que me enviaron, hace muchísimos años: eran mis primeras elecciones generales y, como es comprensible, me hacía ilusión que aquellos señores tan ocupados perdiesen un minuto en escribirme precisamente a mí, joven novatillo en los usos y costumbres de la democracia. Pero no volví a hacerlo nunca más. En cuanto descubrí (y fue pronto) que lo que decía aquella propaganda no tenía nada que ver no ya con la realidad, sino con las más primarias y evidentes intenciones de los remitentes, tomé la decisión de tirar a la basura aquellas cartas, desde luego sin abrirlas.

Estoy convencido de que no soy, ni muchísimo menos, el único que hace eso. Ustedes, que las envían, tiene que saberlo mejor que nadie. Entonces ¿por qué se molestan? ¿Por qué envían miles y miles de cartas que saben que nadie va a leer? ¿A qué obedece ese gasto, que imagino cuantioso y que alguien, digo yo, pagará, aunque siempre ponga allí “franqueo pagado”? Solo se me ocurre una respuesta: como lo hacen todos, nosotros no vamos a ser menos. Quedaríamos fatal si los demás mandan propaganda y nosotros no. Así que, me temo, ese esfuerzo –inútil, al menos en mi caso– y ese gasto obedecen a una sola y triste razón: el qué dirán.

El sobre tiene impresa, por el derecho y por el revés, la bandera de España, no hay nada más. Una bandera que finge moverse u ondear, eso es fácil de hacer con el photoshop

Su sobre, el que me ha enviado usted, inefable Rociíto, es el primero que abro en más o menos cuarenta años. Si pretendía despertar mi atención, debo admitir que lo ha logrado. Pero seré más claro. Me ha molestado profundamente su sobre, que, por cierto, no lleva remite: no es posible saber, antes de abrirlo, quién lo envía. El sobre tiene impresa, por el derecho y por el revés, la bandera de España, no hay nada más. Una bandera que finge moverse u ondear, eso es fácil de hacer con el photoshop. En el anverso lleva el escudo constitucional. En el reverso no hay nada, únicamente los pliegues rojos y amarillos.

Solo después de abrirlo me encuentro con la cara mefistofélica de su caudillo de usted, Abascal, ese hombre que parece constantemente enfadado, hasta cuando se ríe; y al lado está usted con su inquietante sonrisa. Permítame unas palabras sobre esto. Sonríe usted técnicamente bien, inapreciable Rociíto. Tiene un rostro bien formado, pero su sonrisa es siempre la misma. Siempre, tanto cuando habla como cuando calla. Esa pertinacia, esa inmutabilidad en su sonrisa la convierte en hierática, en inexpresiva, en indescifrable. Su sonrisa gélida –“a esa chica le ha dado un paralís”, habría dicho mi abuela Delfina– no permite adivinar lo que piensa de verdad, cómo se siente, qué le pasa, si es que le pasa algo. El resultado es que, en vez de transmitir confianza o serenidad u optimismo, lo que da usted con esa sonrisa es miedo. Por lo menos a mí. No parece usted un ser humano: recuerda más bien a una esfinge, a una máscara, que impide saber quién está detrás.

Pero volvamos al sobre.

Creo que esta es la primera vez que recibo un envío de propaganda electoral en el que solamente aparece la bandera de mi país. No recuerdo ningún otro. Y sin remite, sin que se pueda identificar a quien lo envía, que es usted, singular Rociíto. El mensaje está clarísimo: nosotros somos España. Nosotros defendemos, representamos a España. Y los demás no.

Partir este país en dos mitades imaginarias: ustedes, que son los que defienden a España, y todos los demás, que somos, digo yo, el enemigo. Pues eso es mentira

Eso es una apropiación indebida como la copa de un pino, oiga usted. Ningún partido tiene el derecho (y hasta ahora ninguno ha tenido la desvergüenza) de apropiarse, explícita o encubierta o subliminalmente, del símbolo de todos los ciudadanos de este país. Eso es usar el provecho propio un concepto que es de todos. Eso es, sépalo, la prueba (una más, y son incontables) de que su voluntad, la suya de usted y la de sus secuaces, compinches, cómplices o como quiera usted llamarles, no es otro que encabronar a la gente. Partir este país en dos mitades imaginarias: ustedes, que son los que defienden a España, y todos los demás, que somos, digo yo, el enemigo. Pues eso es mentira.

Pero ya estamos acostumbrados a eso, irreparable Rociíto. Miente usted con una sangre fría (esa sonrisa, esa sonrisa de hielo) y con una contumacia pavorosas. Miente, para empezar, cuando pone el escudo constitucional en el jodío sobre. Ustedes no defienden la Constitución de 1978, que es democrática y descentralizadora: acabarían con ella si pudiesen. Usted miente cuando dice que los movimientos feministas pretenden acabar con el “modelo de familia tradicional”. Usted miente cuando dice que su partido no es “anti gay”: ha lamentado en público que se prohíban las terroríficas e inútiles “terapias” para “curar” a los homosexuales (algo parecido a lo que salía en la película La naranja mecánica), y apoyó la vergüenza aquella del autobús homófobo de la secta Hazte Oír, con la que usted se identifica. Usted miente cuando dice que la ley de Violencia de Género ha fracasado. Usted miente cuando dice que “condena todo tipo de violencia” porque se está riendo (esa sonrisa suya, esa espeluznante sonrisa) de un contrincante político al que han amenazado de muerte, cosa que a usted parece hacerle muchísima gracia. Usted miente por costumbre, por vanidad, por desprecio, por…

Anuncios en la televisión

No. Usted miente por estrategia. Su actitud, su campaña, sus sobrecitos, no tienen que ver con la política. Proceden de la publicidad. Sus mensajes se parecen extraordinariamente a aquellos anuncios de detergente que salían por la tele hace muchos años. Anuncios que a muchos nos daban vergüenza porque parecían hechos para idiotas, para catetos o para las que entonces se llamaban, insultantemente, marujas. Pero estábamos equivocados: eran anuncios de una extraordinaria eficacia. Lo que pasa es que, aunque los viésemos todos, iban dirigidos a un sector muy concreto del público, que es donde funcionaban de maravilla, aunque sacasen de la lavadora la camisa blanca y planchada. ¿Los demás espectadores? A aquellos publicitarios les importábamos muy poco. Nada.

Pues usted, ustedes, hacen lo mismo. Van buscando el voto de los cabreados (pero primero hay que cabrearlos), de los simples, de los que prefieren que les den supuestas soluciones en vez de hacerse preguntas, de los que solo se tragan cosas muy elementales y muy toscas sin pararse a pensar que son mentira. Los demás les importamos un rábano. Parafraseando a Unamuno, ustedes no pretenden convencer, que es lo que se hace en política o cuando se habla para todos. Solo pretenden vencer. El poder, eso es lo único que buscan. Y lo persiguen en el sector más amargo y más triste de la sociedad española. Así que a usted no le interesa mi voto, inconcebible Rociíto, ¿por qué me escribe, entonces?

No vuelva a hacerlo. Tengo la vieja costumbre de contestar a las cartas, ahora que casi nadie las manda, pero tengo también otra: no me carteo con mentirosos. Y esto se lo exijo: deje en paz mi bandera, la de todos, porque yo me la creo y la respeto cien veces más que usted.

Póngame a los pies de su señor esposo, don Iván. Y buenos días.