Quizá a ustedes les suenen las siglas WWE (World Wrestling Entertainment). Es una empresa norteamericana muy próspera, con sede en Connecticut pero con oficinas en medio mundo. Su dueño es un señor que se llama Vincent K. McMahon, un tipo que se ha hecho de oro gracias a los espectáculos de lo que se ha dado en llamar “lucha libre profesional”.

Lo habrán visto muchas veces en televisión, sobre todo por la noche. Colocan un ring en medio de un lugar abarrotado de gente y salen dos malas bestias cargadas de músculos e, invariablemente, enmascaradas o muy cómicamente disfrazadas de algo: de superhéroes, de guerreros, de extraterrestres, de niña de El exorcista, lo que se les ocurra. Ponen cara de odiarse a muerte, tensan los músculos y, a una señal del árbitro (un tipo escuchimizado que anda por allí), empiezan a sacudirse. Golpes, zancadillas, grandes caídas de uno sobre otro para aplastarlo, casi siempre (esto es lo mejor) uno que lanza al otro fuera del ring y el expulsado acaba retorciéndose de furia entre el público. Y gritos, muchos gritos y bramidos y espumarajos. Al final, uno gana y otro pierde: depende de a quién prefiera el empresario.

Pero todo es mentira, ya lo saben ustedes. Es un espectáculo, no luchan de verdad. Los estrangulamientos y las asombrosas costaladas forman parte de una coreografía ensayada. Los contendientes son, por lo común, honrados y bondadosos padres de familia que se ganan la vida fingiendo, una o dos veces al mes, que son el terrible Hulk Hogan, el letal Macho Man, el despiadado Stone Coll o el invencible Triple H. Y el primero que sabe que todo es teatro es el público, que llena los estadios o los platós, que finge creerse que todo es de verdad y que grita como si a todos les poseyera el demonio. Hay incluso “campeonatos mundiales” (de pacotilla) de estas cosas, que hay que ver, ¿eh?

¿Saben ustedes por qué en España no ha cuajado ese género de espectáculos para bobos, ni siquiera en Telecinco? Pues porque no hace falta, aquí ya tenemos al Congreso de los Diputados que, cada miércoles por la mañana, entretiene a la audiencia con un show bastante parecido.

Sale Peter Bloodthirsty Sánchez y dice que no piensa prorrogar el estado de alarma, se pongan los demás como se pongan, y tiene un afilado recuerdo para la segunda república española, de cuya proclamación se cumplen noventa años. Se lanza al ring Paul Howlermonkey Casado, que ha estado peleando durante meses y meses contra el estado de alarma, y ahora chilla que qué vergüenza, que lo que hay que hacer es prolongarlo, que quién se ha creído usted que es, so napoleoncito. Interviene un tercero, James Luciferius Abascal, que pone verde a Largo Caballero (no termina de caerle bien Largo Caballero a este muchacho, qué le vamos a hacer) y que exhibe, en la mejor tradición gabrirrufianesca, un adoquín que supuestamente le han arrojado las hordas rojas, con la obvia intención de descalabrarlo. Y por ahí hay seguido toda la mañana.

Disciplinados y eficacísimos

¿El público presente? Ah, impecable. El resto de la Cámara se mete en la fiesta con un entusiasmo que ya quisieran para sí los que vocean en los shows de falsa lucha libre de la tele americana. Aplauden, patean, increpan, berrean cuando les toca, disciplinados, eficacísimos. El público de la WWE está, en buena medida, pagado, como es natural, porque todo es un negocio; estos también, aunque en su contrato diga que les pagan para legislar o gobernar, y no para hacer el payaso cada miércoles que nos manda Dios.

Su trabajo es enardecer a la gente (que ya venía enardecida de casa, pero bueno), meterse con el malo y pedir que se anime al bueno, y le da al asunto un aire de tómbola verbenera francamente divertido

En las funciones de lucha libre televisada hay un elemento esencial: el animador o speaker, que comenta por los altavoces todo lo que pasa (o lo que parece que pasa) con el tono sobreactuado y gritón de quien está retransmitiendo una hazaña, una batalla de verdad, algo extraordinario. Su trabajo es enardecer a la gente (que ya venía enardecida de casa, pero bueno), meterse con el malo y pedir que se anime al bueno, y le da al asunto un aire de tómbola verbenera francamente divertido. Aquí esa función la hacemos los periodistas, o por lo menos algunos: fingimos (voy a utilizar la primera del plural; qué más da) que nos tomamos en serio el numerito, que todo es verdad, incluso fingimos que nos atañe o hasta que nos apasiona, y contamos el engaño como si los que estuviésemos en campaña electoral fuésemos nosotros. Y no ellos. Azuzamos al lector (que, en muchos casos, desea, espera, exige que le azucemos: no quiere otra cosa de nosotros) como si toda esa mojiganga fuese verdad. Y no lo es. Somos los primeros en saber que no lo es. Y los segundos que lo saben son los lectores, o los oyentes, o los espectadores. Saben que les estamos contando cuentos y están encantados con eso. Repito: no es así en todos los casos, ni mucho menos. Pero miren a su alrededor, a ver qué ven…

Hombre, entre las funciones de lucha libre de mentirijillas que dan por la tele y la bufonada semanal del Congreso hay una diferencia evidente: el aspecto. Los wrestlers desplazan, como mínimo, cien kilos de músculo, grasa disimulada y aceite brillantón por fuera. Ninguno de nuestros diputados puede compararse con eso. Ni siquiera Abascal, que va al gimnasio y monta a caballo (mejor que Franco y que Mussolini, por cierto: el buen alumno supera a los maestros) y trisca por el monte como un chavalote. Pero no hay color. Estos del Congreso son unos jijas.

Y tampoco hay parangón en los atavíos. Eso sí que es una pena y costaría poco mejorarlo. Unas capas de lamé dorado, unas mallas, al menos unas cuantas máscaras no les vendrían mal a sus señorías: por lo menos se vería la realidad porque, aparte de máscaras, poco más son y poco más tienen, como vemos cada semana. Pero, quitando los pelos de algunos (el canario Rodríguez, el moño de Iglesias, que a mí me recordaba a Gary Oldman haciendo de Drácula en la peli de Coppola), todos parecen sacados de una foto de fin de curso de los escolapios. Se echan de menos aquellas chaquetas estrafalarias que llevaba Rafael Alberti hace cuarenta años. Y eso que entonces sí que todo era verdad: aquellos hacían política, creían en la democracia y construían un país, mientras que estos…

Yo guardo la secreta esperanza de que, cualquier miércoles, a un desconocido y travieso ujier del Congreso se le ocurra la idea de agacharse, tirar del cable y desenchufar las cámaras de televisión. ¿Se imaginan la catástrofe? Sin público, sin espectáculo, ¿qué sería de esta gente? ¿Para qué servirían? ¿Qué se les ocurriría hacer? ¿Hablar, quizá, en serio? ¿Llegar a acuerdos? ¿Hacer política que beneficie a los ciudadanos, en vez de dedicar las horas a chillarse como cornejas y a tomarnos a todos por idiotas con su puñetera comedia semanal?

Anímese el señor ujier, hombre; anímese, que mucho se lo vamos a agradecer. Mientras, seguiremos padeciendo la pantomima.