Seguramente recordarán ustedes la anécdota. Hace casi veinte años, el expresidente Adolfo Suárez salió de su retiro político para apoyar la candidatura de su hijo, Adolfo Suárez Illana, que se presentaba a la presidencia de Castilla-La Mancha en las listas del Partido Popular. En uno de aquellos actos de campaña, un eufórico Suárez (padre) dijo en público que José María Aznar había sido “el mejor presidente de gobierno de la democracia española”.

Santiago Carrillo, que tenía más de 85 años, lo oyó y reaccionó de inmediato: “Adolfo no está bien de la cabeza”. Quienes oyeron aquel comentario miraron consternados al viejo comunista: “Hombre, don Santiago; que, después de lo amigos que han sido, salga usted ahora con ese comentario…”. Carrillo lo aclaró: “No me habéis entendido. No es una crítica. Es que Adolfo no puede decir eso de ninguna manera. Tiene que estar enfermo, algo le pasa en la cabeza”. Era verdad. Pronto, en aquella misma campaña, se sabría que Suárez padecía Alzheimer.

Raptos de sinceridad

Recordé aquel episodio hace unas noches, al ver la tremenda entrevista que Jordi Évole le hizo a Miguel Bosé en televisión. Pensé lo mismo: ese hombre no está bien. Le pasa algo. No está en sus cabales. Una persona en su sano juicio no puede decir esas cosas. Mejor dicho, no puede decirlas así. Y lo peor es que estoy convencido de que Évole lo sabía.

Traté a este hombre –tangencialmente– hace muchos años. Coincidí con él en algunas fiestas y locales de ocio en los tiempos en que yo frecuentaba la noche de Madrid, bien por gusto o bien por razones profesionales. Tenemos casi la misma edad; es un par de años mayor que yo, aunque ya en aquel tiempo él decía que era más joven y se esforzaba en parecerlo, algo que no le costaba demasiado trabajo. Lo que vi entonces no me gustó: alguna vez tuvieron que sacarlo poco menos que sin conocimiento de un tugurio que se llamaba Voltereta, entonces muy de moda, porque en la entrevista fue, al menos, sincero: en aquella época se metía al cuerpo todo lo que pillaba. Y pillaba muchas cosas. Quiero creer que algunas de aquellas adicciones, de las que uno tarda mucho en recuperarse –si es que lo consigue, que no siempre–, tienen algo que ver con lo que ahora le pasa.

Miguel sigue necesitado desesperadamente ser el centro de atención del mundo que le rodea, sentirse adorado o al menos admirado o al menos deseado

Pero hay algo que no ha cambiado desde aquellos años más bien locos: Miguel sigue necesitado desesperadamente ser el centro de atención del mundo que le rodea, sentirse adorado o al menos admirado o al menos deseado. Aquel muchacho muy inteligente que yo conocí, seductor, enormemente vanidoso y acostumbrado a obtener todo lo que quería, iba rodeado de una corte de murciélagos aduladores que le chupaban la sangre y que recordaban un poco a los golfos que llevan a Pinocho a la Isla de los Juegos. Yo lo miraba y pensaba: qué solo está este chaval entre tanta gente.

Miguel sabía desde niño que no era una persona como las demás. Es ahijado de Luchino Visconti, quien, cuando el crío era un adolescente, se empeñó en que él fuese el coprotagonista de Muerte en Venecia (1971); lo impidió su terrible padre, el torero Dominguín, que prohibió al chico participar en aquella película “de maricones”. Trató a Picasso, a David Bowie (fue una de sus primeras experiencias sexuales, como él ha dicho), a Mick Jagger, a Nacho Duato, a muchísima gente. Es una persona con un enorme bagaje cultural, pero sobre todo es un seductor puro. Y compulsivo. Un niño que no se ha dado cuenta de que tiene 65 años, no le prepararon para eso. Un niño al que le ha reventado la única relación larga y estable que ha tenido en su vida, y eso es terrible siempre. Un niño que sigue necesitando afecto, atención, adoración, triunfos. Y ya no los tiene; no como antes, al menos. Y no entiende por qué. Y eso le provoca un sufrimiento insoportable.

Vi en televisión a una persona desquiciada; es decir, fuera de su quicio, de su juicio. Avejentado, maquillado como por su peor enemigo (que a lo mejor es él), nerviosísimo, sobreactuaba constantemente ante la sonrisa de hielo de Évole, que lo miraba desde el otro lado de la mesa como se mira a un enfermo que no sabe que lo está, como el guepardo mira a una gacela que, inexplicablemente, confía en él.

"Ese mito de la pandemia"

Me aterró ver con qué gestos ridículos, de animal acosado, se reía de la muerte de millones de personas, víctimas de una enfermedad que ha matado también a su madre, Lucía Bosé, a la que él adoraba por encima de todo límite. Cómo respondía a las preguntas con dentelladas verbales, con ira, con desprecio, con risas forzadas, con odio. Con un miedo atroz, allá en el fondo. Cómo se empecinaba en negar la realidad (“este bulo de la pandemia se va a caer, se va a caer pero ya”, y Évole lo miraba sin creer lo que estaba oyendo), cómo se encerraba en su patético delirio “negacionista” como si fuese un ignorante, que no lo es en absoluto; como si fuese un energúmeno, que es en lo que se ha convertido; como si estuviese loco, que eso ya no lo sé pero me temo lo peor.

Y sentí una enorme, profunda lástima al ver que recurría al truco infantil del ataque personal (“eso que has dicho está feo”) cuando Évole le proponía llamar allí mismo a un científico, el epidemiólogo Quique Bassat, para que le sacase de su error. Su respuesta fue penosa: “Eso está feo, yo no soy un profesional”. Desde luego que no lo es. De la salud, al menos, no. Es, ahora mismo, un pobre fanático que tiene miedo hasta de su sombra y que necesita creer en las barbaridades que dice, como muchos creyentes (no todos, desde luego) que se refugian en una realidad inventada porque la que tienen a su alrededor les resulta imposible de soportar.

No creo que haya nadie, pero nadie, que viese la entrevista y que se sintiese convencido por lo que Bosé dijo… ni, esto sobre todo, por cómo lo dijo

La entrevista a este hombre que, sin la menor duda, tanto está sufriendo tuvo una sola cosa buena: ha hecho un daño muy severo a la ilusoria causa del “negacionismo”. El ridículo que hizo Bosé, con sus grititos y sus falsetes y sus insultantes burlas hacia los muertos y su cabeza perdida, habrá llevado a mucha gente de buena fe, que aún desconfía de las vacunas, a cambiar de actitud. Dicho de otro modo: no creo que haya nadie, pero nadie, que viese la entrevista y que se sintiese convencido por lo que Bosé dijo… ni, esto sobre todo, por cómo lo dijo. Nadie con la cabeza en su sitio, quiero decir.

Una sola cosa más. Si es verdad que Jordi Évole es amigo de este hombre (y por esa amistad obtuvo la entrevista), no entiendo cómo tuvo valor para emitir el programa. Si por lograr unos buenos resultados de audiencia fue capaz de mostrar en público el estado físico y sobre todo mental de este señor que un día fue un ídolo de masas, es que tenemos un concepto totalmente distinto de lo que es la amistad. Lo puso a los pies de los caballos. Eso no se le hace a un amigo.

En fin. Pobre Miguel, qué pena. Con lo que ha sido.