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José Rosiñol

Opinión

En busca del catalanismo perdido

Esteladas durante una manifestación independentista.
Esteladas durante una manifestación independentista. EFE

Pongamos que sabemos de qué hablamos, imaginemos que cuando hacemos referencia al catalanismo estamos ante un concepto claro y definido, que estamos ante una posición política que determina un target de potencial electorado, que es la base de una opción política, una ideología o un paradigma, entonces estaríamos ante uno de los distintos proyectos políticos que se ofrecen a la ciudadanía en los distintos procesos electorales, ahora bien, ¿es realmente el catalanismo una opción política? ¿puede una opción culturalista tener calado político más allá de las situaciones de conservación y preservación de una determinada opción cultural? O mejor aún ¿en un contexto democrático como el nuestro, con un más que elevado grado de descentralización y autogobierno, tiene algún sentido hablar de catalanismo político?

La cuestión es que la defensa de la cultura y tradiciones es un proyecto loable ya que mantiene y potencia la pluralidad de nuestro país, ahora bien, el problema radica en la utilización de parámetros culturales para limitar y delimitar el principio de ciudadanía y de igualdad. Como ejemplo podríamos poner a Cataluña, ¿qué un ciudadano no se considere “catalanista” significa que no quiere el bien común para sus conciudadanos? ¿acaso el “catalanismo” es el único defensor de la catalanidad (sea esto lo que fuere)? ¿o realmente lo que se busca es construir un marco mental que divida a una comunidad en función a cierto grado de pureza cultural y lingüística? Entonces, cuándo el catalanismo deviene catalanismo político ¿hay alguna posibilidad de ser una opción inclusiva y pluralista?

Este tipo de postulados políticos y de resistencia (la defensa de una cultura) tendría su sentido en contexto de asimilación forzosa por parte de un Estado totalitario o por una visión uniformizadora de la cultura (cosa que, curiosamente, es lo que ha pretendido hacer el catalanismo político en Cataluña), sin embargo, la realidad es que vivimos en un Estado de Derecho que reconoce la pluralidad y vela por la diversidad cultural de nuestro país, diversidad basada en lo que realmente es nuclear en democracia: la defensa del ciudadano y sus derechos fundamentales. Entonces ¿cómo se justifica esta opción política más allá del mero eslogan o el simulacro victmista?

Dicho catalanismo pretende erigirse de forma muy displicente y con ese complejo de superioridad como el 'gran reformador' de España

Y esa sería la clave, el simulacro, intentar centrar la narrativa política sobre un problema inexistente: la supuesta falta de protección jurídica y política de la cultura catalana o la emergencia ante la “erradicación” de la lengua catalana. Estaríamos, por tanto, ante una excusa irreal que serviría como cajón de sastre con la que aglutinar lo más variado de la sociedad catalana en vez de afrontar los desafíos reales de las sociedades del siglo XXI manteniendo esa visión catastrofista de una realidad inexistente, máxime cuando dicho catalanismo pretende erigirse de forma muy displicente y con ese complejo de superioridad como el 'gran reformador' de España, obviando que ese comunitarismo cultural no puede ser fundamento de un reforma que ahonde en los derechos y actualice la democracia básicamente porque parte de premisas no solo caducas sino que, además en muchos momentos, parten ciertos postulados supremacistas.

Creo que con la experiencia de todos estos años ha quedado demostrado que el nacionalismo (siguiente estación del catalanismo político) no es una herramienta para el progreso ni mucho menos para resolver problemas, más bien los genera porque se inmiscuye en la sagrada esfera privada del individuo y sacraliza lo que no son más que opciones culturales, poniendo además las bases para crear marcos mentales propicios a aventurismos rupturistas de la mano de los magos de la ingeniería social.

Además, el catalanismo como excusa no dice qué pretende hacer, esconde la política, el proyecto político bajo el manto de las esencias y los símbolos, cabría preguntarse ¿cómo es posible que haya catalanismo de izquierdas, derechas, centro, ultraderecha o antisistema? Pues básicamente porque es todo y es nada, es solo es eso: un concepto vago sobre el que articular un discurso emocional que engarce en el sustrato cultural de una parte de la población pero que no centra el debate en lo que debería importar a la ciudadanía, esto es, qué proyecto existe más allá de la bandera.

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