La despedida (ficticia) de Pablo Iglesias del ruedo nacional no podía ser irrelevante. Cada segundo tiene su afán. La salida de tono no existe porque todo está previsto, medido y anotado. El paso por los escenarios televisivos y televisados ha moldeado un personaje que ahora irrumpe al choque para frenar a Isabel Díaz Ayuso. Iglesias coge el carril contrario, pisa a fondo y va de frente contra la presidenta de Madrid. Se trata de impactar -agita que algo queda- como sea. Las encuestas pronostican tendencias y en el caso de Madrid hay alguna consolidada (Ayuso) y otra emergente (Iglesias), aunque con dificultades para mantener el primer impacto. La más que evidente polarización queda consolidada con la irrupción del todavía vicepresidente segundo en las generales madrileñas.

Irá a más, día a día. La tensión como un tobogán. Rompe y rasga. Entre los añicos siempre hay un tesoro. Sin su participación en Madrid, el proyecto político de Podemos entraba en zozobra, en pérdida como un avión cayendo en picado. Nada más incluirse en la carrera ya ha tenido resultado. Podemos se salva de la desaparición en Madrid y amenaza la posición de su antiguo colega Errejón. Iglesias busca rescatarse para evitar un final precipitado de Podemos tras demostrar su falta de interés por la gestión. El poder aburre sin un megáfono a mano. Iglesias sabe agitar, percute y hasta el siguiente golpe. Nada más empezar ya ha reunificado al PP con Vox. Que se note quién ha entrado en la escena. Se lo soltó al portavoz Espinosa de los Monteros: “Su candidata se presenta por otro partido”.

Entre los daños colaterales del fiasco organizado sobre un papel lleno de datos por el druida de la Moncloa hay que incluir la candidatura apresurada de Gabilondo

El profesor Gabilondo, como suele decirle su compañero Cepeda, maneja un sentido del humor inteligente. Un hombre culto sabe mirarse al espejo y conoce antes que nadie si el cielo se va a romper sobre su cabeza o no. ¿Soso? Depende de lo que en estos tiempos de griterío se quiera entender por insípido. El profesor ya no era candidato tal y como toda la Federación Socialista de Madrid sabía desde hace meses. En el 2023 ya no le tocaba. La Moncloa le había sacado del cartel al colocar su nombre encima de la mesa de negociación con el PP como Defensor del Pueblo.

Gabilondo sabe que el 4 de mayo se le ha venido encima tras la fracasada operación de asalto al poder autonómico del PP diseñada desde la Moncloa. Entre los daños colaterales del fiasco organizado sobre un papel lleno de datos por el druida de la Moncloa hay que incluir la candidatura apresurada de Gabilondo. Ya que está, y a la vista de las encuestas, nada más que perder porque se quema el primero de la candidatura. Que pase la número dos para 2023. El profesor se ha declarado “verso suelto”. Para empezar, le ha dicho a Iglesias que no le arrolle en su intento de ser quien lleve la voz cantante contra Díaz Ayuso: “Con este Iglesias no”. La duda para el observador es si Gabilondo conoce otro Iglesias distinto con el que pueda pactar sin ser devorado. Como intento queda anotado. Igual sucede con los impuestos que ahora el PSOE en Madrid quiere congelar (dos años) después de proponer en la Asamblea de Madrid subidas para incrementar la recaudación en 600 millones de euros.

Las vacunas desaparecidas

El jaleo no va con Gabilondo, que busca atrapar todos los votos que encuentre hasta la linde del PP. Por supuesto que Ciudadanos es un caladero en el que pescar, pero si se mantiene la polarización entre Ayuso sí o Ayuso con Iglesias al frente de las operaciones, corre Gabilondo el riesgo de quedarse con esa parte de la cesta vacía. La campaña en Madrid moverá voto como ocurre siempre, pero sin perder de vista el contexto de una pandemia que no se termina porque la ilusión óptica de la caja con las vacunas ha desaparecido.

En el equipo de campaña de Ayuso hay a quien se le escapa la euforia, una mala compañía en cualquier circunstancia. Las urnas madrileñas tendrán consecuencias en toda España al ser unas generales en versión reducida. Buena parte del desenlace de la legislatura nacional se desvelará esa misma noche. Como se ha visto desde el 10 de marzo, y tras las elecciones catalanas, la habitual crispación política española anclada en este ciclo de la vida pública desde el bloqueo 2015 de Sánchez a Rajoy, muta en cataclismo en un solo instante. Para este tipo de tensión todavía no hay vacuna, pero la esperanza es lo último que se pierde.