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Jaime Ignacio Del Burgo

Opinión

Cuando conviene tener memoria (histórica)

Sugiero a María Chivite que reflexione, que repase la historia y compruebe hasta qué punto el odio y la intolerancia anidan en el abertzalismo radical al que suplica su abstención

Víctor Manuel Arbeloa.
Víctor Manuel Arbeloa.

En Navarra los impulsores de la memoria histórica son muy selectivos. Pocos recuerdan a estas alturas que hace 40 años, y en concreto el 3 de abril de 1979, se celebraron las primeras elecciones democráticas al Parlamento Foral de Navarra y a los Ayuntamientos de toda España, aniversario que entre nosotros ha pasado inadvertido. Por lo menos, habría que haber celebrado que nuestro Parlamento fue la primera asamblea democrática de una comunidad elegida en España tras la aprobación de la Constitución de 1978.

Utilizando la terminología de quienes propugnan ahora un “gobierno de progreso”, el bloque de “las izquierdas” contaba con 36 parlamentarios y, por tanto, tenía mayoría absoluta en aquel primer Parlamento de 70 miembros. Lo integraban, en teoría, 15 parlamentarios de la Agrupación Navarra del Partido Socialista de Euskadi (PSE-PSOE), 9 parlamentarios de HB (antecesor del grupo filoetarra Bildu), 7 de Amaiur que era una amalgama de grupos aberzales, 3 del PNV (aunque sea un chiste encuadrar en la izquierda al partido de Sabino Arana), 1 de la Unión Navarra de Izquierdas (más bien aberzale), y 1 del Partido Carlista de Euskadi (EKA). En total 36. Había un parlamentario independiente sin adscripción política definida, al que se suponía partidario de la integración en Euskadi, de modo que podrían ser 37. El bloque de “las derechas” tenía 33 escaños. 20 pertenecían al partido más votado, la Unión de Centro Democrático (liderado a nivel nacional por el presidente Adolfo Suárez), y 13 de UPN, fundado por Jesús Aizpún unos meses antes.

Apoyarse en los filoetarras, pretender formar un gobierno con quienes, si pudieran, acabarían mañana mismo con nuestro autogobierno foral, es una afrenta a la dignidad democrática

Pues bien, el 23 de abril de 1979, en segunda votación, salió elegido presidente del Parlamento el socialista Víctor Manuel Arbeloa. Obtuvo 37 votos: los 15 de su partido, los 20 de la UCD, el de UNAI y el del Partido Carlista. Recuerdo haber pactado in extremis con el secretario general del PSOE, Gabriel Urralburu, previo consentimiento del grupo parlamentario centrista, el nombramiento de Arbeloa. El candidato de HB, Urbiola, obtuvo 20 votos, entre ellos los 3 del PNV, mientras UPN dio de forma testimonial sus 13 votos a Joaquín Sagredo, el candidato propuesto por UCD en la primera votación que exigía mayoría absoluta para ser elegido.

La elección de Arbeloa fue un gran acierto, pues contribuyó decisivamente a la promulgación del pacto con el Estado para la Reintegración y  Amejoramiento del Fuero de 1982, año en el que acordó segregarse del PSE para convertirse en Partido Socialista de Navarra (PSN). El Amejoramiento logró 49 votos a favor, mientras el “progresista” PNV se pronunció en contra. Los filoetarras se habían ausentado de las instituciones, siguiendo instrucciones de la banda terrorista, pero de haber estado en sus escaños su voto hubiera sido ruidosamente contrario.

Paradójicamente, la composición del Ayuntamiento de Pamplona tras las primeras elecciones democráticas municipales celebradas el 3 de abril de 1979, había dado la victoria relativa en las urnas –y sigo con la terminología “progresista” al uso– al bloque de “las derechas”, es decir, a UCD y a UPN. Los centristas éramos la lista más votada con 8 concejales. Los regionalistas tenían 5 concejales. En total 13 de 27. Igual que hoy faltaba uno para la mayoría absoluta. La supuesta izquierda “progresista” había obtenido 12 escaños, 7 de Herri Batasuna y 5 del PSOE. A ellos había que añadir, igual que hoy, los 2 concejales de Geroa Bai, la franquicia del PNV en Navarra. Los filoetarras exigieron al PSOE que votara como alcalde a su candidato, Pachi Zabaleta, pues le superaban en número de concejales. Pero no hubo acuerdo. Los socialistas decidieron votarse a sí mismos. Los batasunos se enfurecieron, pero antes de que llegara el “fascismo” de UCD a la alcaldía tuvieron que plegarse. Julián Balduz salió elegido con el voto de HB y del PNV, en medio de una protesta estruendosa del aberzalismo que había tomado no sólo el exterior sino también el interior del Ayuntamiento.

A la salida del consistorio Balduz y los suyos tuvieron que soportar toda clase de improperios y a la carrera, pues había quien estaba dispuesto a lincharles, se refugiaron en el hotel Maisonave donde pudieron ser protegidos por la policía. La misma humillación hubo de soportar el sábado pasado Maite Esporrín y los concejales socialistas del Ayuntamiento. Salieron por la puerta de atrás y, perseguidos por un grupo de energúmenos, encontraron refugio en el mismo hotel donde había encontrado cobijo el primer alcance democrático de Pamplona. Solo que en esta ocasión la Sra. Esporrín no llevaba la vara de alcaldesa. 

La ciudadanía navarra tiene derecho a saber hasta qué punto están dispuestos los socialistas a hacer concesiones al mundo aberzale

Sugiero a María Chivite que reflexione. Toda Navarra pudo contemplar hasta qué punto el odio, la rabia y la intolerancia anidan en el aberzalismo radical al que suplica su abstención para alcanzar la presidencia del Gobierno foral. La reacción también desmedida de Geroa Bai, a causa de su clamorosa derrota en las elecciones municipales, su ambición de obtener la presidencia del Parlamento y que los filoetarras se sienten en la Mesa del Parlamento, pero sobre todo su política en la pasada legislatura que difiere radicalmente del concepto de progreso para Navarra del PSN, que coincide en cuestiones esenciales con la de Navarra Suma, le ha hecho trizas el escudo de ese falso progresismo.

Apoyarse en los filoetarras es una afrenta a la dignidad democrática. Y pretender formar un gobierno con quienes, si pudieran, acabarían mañana mismo con nuestro autogobierno foral y no se conforman sólo con tijeretear el carné de identidad de la ciudadanía española sino que rechazan la Constitución, es dislate éticamente insostenible. La ciudadanía navarra tiene derecho a saber hasta qué punto está dispuesto a hacer concesiones al mundo aberzale. Aunque sea in extremis, como en 1979, haría bien en pactar con los verdaderos demócratas de nuestra tierra, con los sucesores de aquellos con los que los socialistas de la reconciliación y la concordia no dudaron en pactar para construir el futuro de Navarra.

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