El ácido úrico es una de las cosas más molestas, nocivas, inútiles y deprimentes que existen en el mundo, junto con la migraña, la miseria, la soledad no deseada, Sálvame o el “pensamiento político” de Santiago Abascal. El ácido úrico no existe en la naturaleza, como el cítrico, el acético o el tartárico: lo generan los seres vivos. Y no sirve para nada. Hasta al ácido sulfúrico, el nítrico o el fluorhídrico se les puede encontrar alguna utilidad, pero al úrico no: el ácido úrico es una pura maldad. Hay quien asegura por ahí que este cabrón de ácido, eliminado por ciertas aves marinas en sus excrementos, tiene un alto componente en nitrógeno, lo cual hace del guano peruano –por ejemplo– un extraordinario fertilizante. Pero no sé yo. Eso seguramente serán mentiras de Pedro Sánchez.

Les cuento esto porque llevo toda la repajolera mañana tecleando estas líneas solo con la mano izquierda, algo bastante difícil. La derecha la tengo inutilizada: todos sus músculos, desde el antebrazo a la punta de los cinco dedos, están empedraditos de minúsculos cristales de ácido úrico, afilados como pinchos, y el menor movimiento causa un dolor que te pone al límite de la blasfemia.

Por decirlo de una vez: tengo un ataque de gota como la copa de un pino. Es una de las dos manifestaciones habituales, en las personas, del puto ácido úrico. La otra son los cólicos nefríticos, que causan uno de los dolores más insoportables que puede padecer el ser humano. El ácido úrico cristaliza donde quiere. Si lo hace en las extremidades o articulaciones (dedos de los pies, empeine, rodillas, codos, muñecas), pues hala, a sufrir. Pero si le da por cristalizar en el riñón, forma piedras que hay que expulsar, y ahí sí que a morir por Dios.

Medios de combate

Vayamos acercándonos al asunto, no sin antes deshacer algunos bulos. La gota, o el ácido úrico alto, no es enfermedad de reyes ni síntoma de buena vida. Para nada. Es un mal genético y hereditario. Los Austrias lo tenían. Mi familia también. Y mucha gente de cualquier clase y condición. Su primer efecto secundario es una mala leche terrorífica. Yo no he oído jamás decir a nadie las barbaridades que soltaba mi padre cuando se retorcía de dolor, tirado en el pasillo, en pleno cólico nefrítico, hace ya años. Luego la piedrecita volvía a estarse quieta y mi padre recuperaba su habitual bondad.

¿Cómo se cura el ácido úrico? Pues sometiéndote a una dieta de ermitaño  en la que no hay que probar la carne roja, las aves que vuelan (la caza, que envenenaba a los Austrias), el pescado azul, los espárragos, los tomates, el alcohol y otras cosas que alegran la vida. Pero no hay tu tía: si tienes propensión a que te suba el ácido úrico (nombre de soltera, C₅H₄N₄O₃), antes o después tendrás gota. O cólicos. O las dos cosas. Y empezarás a bajar santos del cielo a pedradas, de cinco en cinco.

Yo creo que España tiene, desde hace algo más de dos siglos, altísimo el ácido úrico. Se nota por los espasmos de mala leche, más o menos frecuentes y periódicos, y por los repentinos cambios de carácter que afectan a los que nos mandan o nos representan, eso tanto da.

La lumbrera de Garzón

Pongamos algunos ejemplos. El presidente del Gobierno dejaba caer, hace ya semanas, que pronto habría un cambio en el Gobierno. Eso es como cuando vas caminando, notas un dolorcillo en el pie y piensas: caramba, me debo de haber dado un golpe con algo y no me he dado cuenta. Pero no te has dado ningún golpe. Es el ácido, que está ahí otra vez. Y, a la que te descuidas, te da el torozón, te cargas a siete ministros y al mago Merlín (Iván Redondo), y prescindes de la parte más sólida y enjundiosa de tu equipo. Ah, pero a los cinco de Podemos ni los tocas, como si vivieran en una hornacina en la capilla de Moncloa. Tumbas a Carmen Calvo y a Isabel Celaá, pero a la lumbrera de Alberto Garzón, que está ahí por lo que ha sido (líder de un partido que hubo una vez) y no por lo que sabe o puede hacer, ni rozarlo. ¿Ven ustedes? Eso es, en política, un ataque de gota: hay partes del cuerpo que no puedes mover, porque aúllan, y las demás las mueves mal, nervioso y con ganas de que todo acabe de una vez. Aunque sea para zamparte un chuletón al punto.

Pone el grito en el cielo porque Sánchez ha elegido a sus ministros “a dedo”. ¿Y de qué otra manera se nombran los ministros, vamos a ver? ¿Por oposición?

No es el único. El singer morning de Pablo Casado, en cuanto se entera del cambio de gobierno, zas, entra en ignición y llama a Sánchez cobarde, indigno, marioneta, escabechinero, mala persona y por ahí seguido hasta que se le acaba el catálogo de insultos, que, en su caso, es amplísimo. Y pone el grito en el cielo porque Sánchez ha elegido a sus ministros “a dedo”. ¿Y de qué otra manera se nombran los ministros, vamos a ver? ¿Por oposición? ¿Por sorteo? Cuando él sea presidente, si llega, ¿nombrará a los ministros conforme al dictamen del jurado de Got Talent, o preferirá Master Chef?

Pues ya lo tienen: otro ataque de gota, y este de los gordos: casi parece un cólico frenético, que diría Belén Esteban. Comprobamos, pues, que los subidones de ácido úrico son repetitivos. Y hereditarios. Alguna vez les he recomendado a ustedes desde aquí un libro indispensable: Las mil frases más feroces de la derecha de la caverna, del periodista José María Izquierdo, publicado por Aguilar… ¡hace diez años! Si Izquierdo hubiese continuado con la antología, sabrosísima, iría ya por el octavo o noveno tomo. Ese libro demuestra de manera fehaciente que los líderes de la derecha, uno tras otro, se han dedicado no ya a criticar, sino a insultar personalmente a los políticos de la izquierda, también uno tras otro, desde que Felipe González tenía el pelo negro y decía todo el rato “por consiguiente”. Hace más de un cuarto de siglo de esa “estrategia” úrica que, como decía, en España es casi tan vieja como la Puerta de Alcalá.

Cuatro presidentes, nueve gobiernos

Pero es una estrategia que, si bien se mira, no ha servido de gran cosa: desde Felipe para acá ha habido en España nueve gobiernos, cuatro del PP y cinco del PSOE. Y cuatro presidentes, dos de cada partido. Tanto ácido úrico para terminar, como vemos, casi en un empate. Pues vaya éxito…

Hay, sin embargo, una diferencia entre el ácido úrico físico y el político. El primero, el del cuerpo humano, se puede controlar: uno tiene que evitar los alimentos que le hacen daño (es decir, someterse a una disciplina severa y a un cambio de hábitos casi estoico) y tomarse además, todos los días sin faltar uno, una pastillita de Alopurinol. Eso espaciará mucho los ataques de gota y también su cura, que es terrible porque consiste en tomar colchicina (que sabe a demonios) y en sentarse luego a leer en el retrete durante horas y horas. Porque el ácido úrico, en los humanos lo mismo que en las aves, se elimina tan solo y nada más que por vía rectal. Quien lo probó lo sabe.

Pero para el ácido úrico en política no hay pastillita que valga. Alguien debería inventarla. Pero no sé yo si estos querrán. Me da la impresión de que no.