Se duerme poco en Madrid en estos días, al menos en mi barrio. Y no es por el calor, o no solo por eso. Es por la multitud que llena las noches de risas, voces, cantos y parrandas: las fiestas del Orgullo gay, que han vuelto después de un año de ausencia por culpa de la pandemia. Esta vez anda aún la gente medio arrecida, quizá temerosa: no son las riadas humanas que durante décadas inundaron las calles desde mucho antes de la puesta de sol hasta que clareaba el día, pero hay muchísima tropa venida, como siempre, de todas partes.

Yo ya no tengo edad, dignidad ni gobierno para seguir la sabia frase de Constantino: “Si no puedes con ellos, únete a ellos”, que es lo que hice tantísimas veces, así que me quedo en casa y, si acaso, cuando el estrépito arrecia, me asomo a la ventana para verlos y sonreír. Estas fiestas, las más grandes y bulliciosas de Madrid en todo el año, son una pura gloria a la que acude una muchedumbre multicolor que llega de las cuatro puntas del planeta. A mí no me molestan ni la bullanga ni el poco sueño; no hay nada más hermoso que ver cómo disfruta la gente, cómo es feliz esa chavalería andante que se sabe libre, y eso es justamente lo que se celebra: la libertad de amar a quien el corazón te pida, y eso, tan elemental, es tan sencillo de entender cuando se tiene que uno llega a extrañarse de que haya habido épocas y lugares en que no existía.

Los de la calle, tan ocupados en su propia felicidad, quizá ignoran que esos tiempos oscuros son todavía los nuestros, según dónde. Se acaba de estrenar en televisión (está en Movistar) un espléndido documental hecho por Jon Sistiaga que se llama “Polonia, ¿zona libre de LGTBI?”. Es espeluznante. El periodista, que no hay charco en el que no se meta, ha recorrido lo que en ese país bien podría llamarse la “ruta del odio”: ciudades, a veces comarcas, cuyos próceres han declarado a su territorio libre de homosexuales. Allí no se les quiere. Ni se les permite, de un modo u otro. Y hay muchos modos.

Es imposible evitar que un porcentaje de la población sea homosexual, como es imposible impedir que haya zurdos, pelirrojos o gente que mida 1,75

Como es lógico, las autoridades europeas han reaccionado ante ese disparate. A esas ciudades y munícipes que tan frescamente transgreden los derechos humanos se les retiran los fondos europeos. Eso ha hecho tentarse la ropa a más de cuatro, que se han echado atrás. Pero han reculado forzados por el dinero, no por la realidad: es imposible evitar que un porcentaje de la población sea homosexual, como es imposible impedir que haya zurdos, pelirrojos o gente que mida 1,75. Todo eso no se elige, no es un acto de voluntad sino un hecho natural. Lo que sí se puede hacer con los gais y lesbianas, y se ha hecho durante siglos en casi todo el mundo, es perseguirlos, reprimirlos, encarcelarlos, segregarlos o, sin más, ahorcarlos o matarlos a palos. Hoy día se sigue haciendo esto último en países como Irán, el Afganistán de los talibanes, Somalia y otros países.

Entre el pecado y el delito

¿Y por qué? Por el mismo motivo que explica la persecución en las “zonas del odio” polacas: las religiones. Esa es la causa primera. Los grandes monoteísmos de la historia (cristianismo, judaísmo, islam) están de acuerdo en una cosa: si controlas algo tan elemental y primario como la sexualidad de las personas, controlas a las personas. Si inoculas en alguien el miedo a sí mismo, el miedo a un sentimiento o una querencia que él no ha elegido y que no puede evitar, te conviertes en su dueño. Desde el Levítico para acá (no es el primer caso pero sí el más conocido de los antiguos), los clérigos de las más diversas confesiones han decidido que, según sus respectivos dioses, sentir atracción por las personas de tu mismo sexo es pecado. En muchos casos, también delito. La perversa confusión entre una cosa y otra es lo que ha llevado a esos polacos a establecer “zonas libres de gais”, lo mismo que los nazis determinaban “zonas libres de judíos”. Como si se pudiese elegir ser gay. Como si se pudiese elegir ser judío, o argentino, o tener los ojos negros. No se puede.

Ante las preguntas de Sistiaga, que las suelta como cañonazos pero envueltas en una amabilidad que siempre descoloca al interrogado, los homófobos polacos hacen invariablemente lo mismo: negarlo todo. Negar la evidencia, lo que todo el mundo ve, lo que está pasando. ¿Por qué han declarado ustedes a Krasnik (unos 40.000 habitantes) “zona libre de homosexuales”? No, eso no es verdad. ¿Cómo que no es verdad, si hay carteles que lo avisan? Ah, los habrá puesto la gente. ¿Pero qué gente, si son carteles de las autoridades? Ah, no, los habrá puesto la gente que quiere proteger a sus familias de esa amenaza. ¿Amenaza para quién? Pues para los niños, a quienes la ideología gay pretende convertir en homosexuales…

Es difícil hablar con alguien que, a plena luz del día, sostiene que es de noche. No hay persecución a los homosexuales, qué va, pero los perseguimos

No se puede convertir a nadie el homosexual, eso es imposible, como no se puede convertir a nadie en bajito si es alto… o al revés, pero qué más les da eso a los fanáticos. El cúmulo de disparates es de tal envergadura que resulta casi imposible mantener una conversación sensata. Es difícil hablar con alguien que, a plena luz del día, sostiene que es de noche. No hay persecución a los homosexuales, qué va, pero los perseguimos. No odiamos a nadie, pero no los podemos ni ver. Así todo.

En España hay un caso muy llamativo. El rampante partido de la extrema derecha, ya saben ustedes cuál, es obvia, descarada y frontalmente homófobo. Ah, pero ellos dicen que no lo son. Lo primero que hacen, cuando controlan algún resquicio de poder o sostienen a otros que lo controlan (es el caso de Madrid), es exigir que se “revise” la legislación sobre los derechos de las personas homosexuales, que tantísimo tiempo y tanto sufrimiento (y no pocas vidas) costó sacar adelante. Pero ellos dicen que no son homófobos, ya está. Y se quedan tan oreados.

Y sin embargo hay gais que votan y apoyan a Vox. Yo esto no lo puedo entender pero es cierto. Conozco algún caso. Mi querido Juan P., un guapo mozo que estuvo legalmente casado con David hasta que el pobre falleció, repite y repite que Vox no es un partido homófobo. No hay realidad ni evidencia que le convenza de lo contrario, no hay manera.

Siempre en peligro

Ahora mismo, mientras los parranderos nocturnos se despiertan, se disponen a desayunar (son las dos de la tarde) y se preparan para otra noche de celebración festiva, pienso que Polonia está ahí mismo. Igual que los fanáticos evangélicos, que sienten un odio inextinguible por los homosexuales, tanto en Latinoamérica como aquí. Lo mismo que nuestra castiza, obtusa y achulada extrema derecha. Y que, diga lo que diga el buen Juan P., que es un pedazo de pan al que yo quiero mucho, la libertad, como la democracia, nunca es irreversible. Siempre está en peligro porque siempre hay sectarios que pretenden acabar con ella para imponer sus ideas, su forma de vida, sus dogmas (y sus intereses), a los demás. Ha pasado ya muchas veces en la historia. Nada impide que vuelva a pasar. En un tiempo nada lejano eso se llamó totalitarismo. Ahora se llama populismo, de un extremo o del otro, da igual.

Ganas me dan de bajar esta noche a la calle a explicarle todo esto a los bullangueros, pero me iban a llamar pelmazo y con toda la razón. La mejor manera de defender la libertad es ejercerla. Así que, si bajo (si me deja mi pie, que lleva unos días insoportablemente puñetero y homófobo), será a disfrutar, que la vida es corta y demasiado amarga como para no gozarla cuando se puede.