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Alfonso Pinilla

Opinión

La caída del Muro de Berlín: el día que empezó todo

En un damero así, la “pequeña Europa” no puede seguir debilitada por los desatados vientos del nacionalismo y el populismo, pues ello nos dejará al albur de lo que se decida más allá del Atlántico o de los Urales

Ua imagen del muro de Berlín.
Ua imagen del muro de Berlín. Wikipedia

Se cumplen ahora treinta años de la caída del muro de Berlín, acontecimiento crucial en la historia reciente europea que supuso la prueba fehaciente del fracaso comunista, el inicio de la reunificación alemana y el fin de la Guerra Fría. Surgía así un nuevo orden internacional que se creía multipolar, donde las ideologías dejarían paso al pragmatismo. Después de las pasiones desatadas por las soflamas discursivas y los dogmas políticos, parecía que llegaba la hora de los buenos gestores, esas “eminencias grises” que lograrían conducir a buen puerto la “res pública” sin causar grandes  estropicios, con el perfil bajo de la eficaz tecnocracia.

Quedaban atrás las ideologías “omnicomprensivas”, como el comunismo, que adelantaba el colapso capitalista y la emergencia de una nueva sociedad sin clases ni conflictos. Para muchos, la derrota del “socialismo real” había confirmado “el fin de la Historia”, la llegada a puerto tranquilo del barco capitalista, del orden liberal triunfante contra el cual no habría, ya, viable alternativa. El actual escenario internacional contradice, sin embargo, esas previsiones. Para intentar comprender este desfase entre lo esperado y lo finalmente ocurrido conviene revisitar, siquiera brevemente, el pasado.

Sobre héroes y tumbas

El muro cayó en 1989, pero la Ostpolitik de Brandt, la determinación de Kohl, los procesos aperturistas en Polonia y Hungría, así como las reformas emprendidas por Gorbachov venían resquebrajando el hormigón que separaba a las dos Alemanias. Hasta su construcción, en 1961, se calcula que unos 2,7 millones de alemanes orientales habían pasado al oeste, en busca de libertad y prosperidad. Todo ello evidenciaba que el sueño comunista había degenerado en una pesadilla apuntalada por el tristemente famoso “muro de la vergüenza”. El profesor Ricardo Martín de la Guardia, en su obra La caída del Muro de Berlín (La Esfera de los libros, 2019), recuerda que, según las cifras oficiales de la RFA, 86 personas murieron entre el 13 de agosto de 1961 y el 9 de noviembre de 1989 intentando pasar “al otro lado”. Otros trabajos, como el firmado por Frederick Taylor –El muro de Berlín (RBA, 2009)– suben la cifra hasta 125 o, incluso, a 227 personas asesinadas.

Con todo, el drama humano fue tremendo. Vidas truncadas y también vidas separadas, familias rotas, estrechos vínculos que ahora se deshacían sin esperanzas de próxima recomposición. Al desastre de la Segunda Guerra Mundial sucedía la fragmentación de una Europa que parecía perder el tren de la Historia.

Sin embargo, la crisis interna del gigante soviético, y por ende de sus aliados, demostraba que no hay sistema viable si permanece anclado en la clausura, el control férreo del pueblo, la obsesiva planificación, el totalitarismo sin tregua. La falta de libertad había impedido la existencia de una sociedad y unos sistemas políticos abiertos, flexibles, capaces de capear el temporal de la crisis cuando arreciara. En vez de regular los antagonismos, el comunismo pretendió  ignorarlos, cuando no borrarlos a través de una represión que ya resultaba inútil. Por eso aquellos colosos –el muro, la RDA, la URSS, el bloque del Este– cayeron tan rápida como inesperadamente. Guardaban tanto desorden en su seno, tantas asignaturas pendientes, que los leves resquicios abiertos en la muralla comunista por la Glasnot y la Perestroika desembocaron en una hemorragia imparable.

La destrucción del muro de Berlín había servido para recuperar la unidad europea, el triunfo del capitalismo auguraba un periodo de estabilidad en el viejo continente, ya sin guerras frías de por medio

La caída del muro posibilitó que floreciera, de nuevo, la semilla de la unión en una Europa fragmentada. Renació, a pesar de los recelos británicos y franceses, una nueva Alemania; pero, sobre todo, el proceso de integración europea adquirió un nuevo impulso. La firma del Acta Única actuaba, desde 1986, como viento de cola de ese proceso integrador que, a partir de 1989, adquiriría brioso ritmo al calor de la unificación alemana y el fin de la Guerra Fría. El tratado de Maastricht de 1992 profundizaría en la unión económica de los Estados miembros y trazaba las bases fundamentales de la unión política. La destrucción del muro de Berlín había servido para recuperar la unidad europea, el triunfo del capitalismo auguraba un periodo de estabilidad en el viejo continente, sin guerras frías de por medio, sin telones de acero que lo dividieran.

Pero los conflictos nacionalistas que ensangrentaron Yugoslavia durante la década de los noventa vinieron a demostrar la debilidad, e impotencia, de Europa como actor de peso en la política internacional. Tuvieron que ser los Estados Unidos quienes pusieran orden en el caos yugoslavo, sin que la recién nacida Unión Europea pudiera emplear medios –militares, materiales, diplomáticos– para detener aquella locura. Es cierto que, tras la caída del muro, Europa había dado un salto cualitativo en Maastricht, pero aún quedaba mucho camino por recorrer.

El ingreso de casi todo el antiguo bloque del Este en la Unión,  durante los primeros años del nuevo siglo XXI, podía entenderse como un síntoma de que Europa recuperaba fuelle. Pero el rechazo a la Constitución europea, registrado a lo largo de 2005 en Francia y Holanda, cayó como un jarro de agua fría en una máquina –la bruselense– que no terminaba de arrancar. Los Tratados de Lisboa en 2007 han reordenado la Unión y pretenden remontar su vuelo, aunque el plomo en las alas que ha dejado el Brexit impida disfrutar, hoy, de horizontes despejados.

Aún así, sobrevolémonos. Los 28 Estados que todavía formamos parte de la Unión Europea sumamos alrededor de 500 millones de habitantes, un 7% de la población mundial. Somos una gota de aceite en el océano del mundo. Una gota privilegiada, porque ese 7% de la población se beneficia del 50% del gasto social existente en el planeta. El Estado del Bienestar que rige en buena parte de los países de la Unión resulta envidiable, a pesar de sus problemas y desajustes. Se trata, pues, de una verdadera excepción si nos comparamos con lo que ocurre en otras zonas, como por ejemplo Estados Unidos (y no digamos, claro, América del Sur o África).

El futuro de Europa

La desaparición del muro y, con ella, de la Guerra Fría nos debería enseñar  que Europa sólo sobrevivirá si profundiza en su unión. Porque al derribo de las viejas murallas no ha sucedido la automática y sempiterna victoria de una estable libertad, sino la emergencia de nuevas potencias (China), el ensimismamiento de las viejas (los Estados Unidos gobernados por Trump) y la recuperación de gigantes que creíamos derrotados (la Rusia de Putin). En un damero así, la “pequeña Europa” no puede seguir debilitada por los desatados vientos del nacionalismo y el populismo, pues ello nos dejará al albur de lo que se decida más allá del Atlántico o de los Urales

Hay que recuperar los valores que derribaron el muro, la mejor tradición europea, esa rosa de los vientos que gira en torno a la libertad individual, la igualdad ante la ley, la solidaridad y la unidad. Sólo compartiendo soberanía, podrán los Estados europeos hacer frente a la nuevas tempestades que trascienden fronteras y países, como el terrorismo internacional, las grandes corrientes migratorias o las crisis económicas mundiales. Ahora más que nunca urge que el lema europeo, “unidos en la diversidad”, sirva para evitar los muros que están por venir.

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