Los falsos intelectuales alardean de cosas que a cualquier persona mínimamente civilizada le abochornaría, como la distancia con eso que dicen conocer y analizar, la sociedad. Desprecian las oleadas de alegría popular, sus festejos y por encima de todo sus opiniones. Siempre han considerado al ciudadano de a pie (ellos están en las nubes) como una masa lanar, manipulable, ahora tabernaria según Tezanos, que vota con el estómago y movida únicamente por emociones alejadas de la razón, los datos y las ideas.

Sin embargo, en estas elecciones madrileñas, los ciudadanos han celebrado y defendido masivamente en tono popular cuestiones tan racionales y grises como la gestión, los servicios públicos. Y otras tan elevadas como la libertad y la democracia celebrando el derecho al voto que la izquierda en bloque junto al extinto Ciudadanos Madrid nos quisieron impedir.

La victoria aplastante de Isabel Díaz Ayuso en Madrid sacando más escaños que todas las izquierdas juntas es ante todo la victoria de la realidad frente al relato desubicado y desquiciado esparcido desde la izquierda en el poder. Es como si la realidad campase a sus anchas en la calle sin que pudiese ser visible ni percibida por los que no la pisan desde la burbuja del poder y los medios. Creen que el embudo que han colocado en la garganta de los ciudadanos para que se traguen la burda y brutal campaña de ficción fascista y de bomba vírica iba a tener una mansa y obediente reacción. Al parecer en Madrid los ciudadanos de diversas condiciones se han rebelado no sólo contra los ingenieros sociales, esos politólogos que ocupan los medios y los ministerios, sino en favor de quien los ha resistido y les ha plantado cara. Tras años de alerta antifascista, declarada antes de la maldita llegada de Iglesias a la política, se empieza a ver la luz al final del túnel.

Una participación histórica, con un 81% de participación, diez puntos más que en el histórico referéndum de la Constitución en 1978 en Madrid. Y sin embargo para muchos  madrileños que vivimos en el mundo real no nos ha extrañado tanto como a los eternos expertos. En Madrid se ha acudido a las urnas con alegría, emoción y rabia. Se venía palpando las ganas de votar con las dos manos. Ha sido un año durísimo en el que los ciudadanos hemos sido tratados como carne de cañón de la propaganda monclovita. La primera ola fue dramática en Madrid y los madrileños que ocupaban La Moncloa (esto nunca fue de identidades territoriales, sino morales), jamás mostraron empatía, ni ayuda. Al revés. Todo obstáculo que pusieron a las medidas que pretendía implantar Ayuso, que trajo 20 aviones de material sanitario y construyó el Ifema y el Hospital Zendal mientras la insultaban más que a cualquier terrorista por dar pizza a los niños, estaba medido como un movimiento de ajedrez en ese juego de poder de los políticos que viven alejados de la realidad. Jamás hubo una palabra, un acto, salvo la ayuda del Ejército, que indicase que los ciudadanos no éramos meras piezas a sacrificar en ese juego de dementes inmorales que han utilizado y nombrado a los muertos únicamente en esta campaña como arma arromadiza contra la única que los lloró.

La posibilidad de hacer vida cercana a la normalidad ha provocado una sociedad más sana, más alegre y menos agotada mentalmente que cualquier otra región de España al mantener la economía abierta mientras se refuerzan los servicios sanitarios

Ha habido rabia contenida en estas elecciones, pero también alegría. Madrid va saliendo de la pandemia y aguanta en los indicadores económicos. La anomalía madrileña representada en la presidenta de la Comunidad de Madrid incluye algo de lo que pocos hablan. La posibilidad de hacer vida cercana a la normalidad ha provocado una sociedad más sana, más alegre y menos agotada mentalmente que cualquier otra región de España al mantener la economía abierta mientras se refuerzan los servicios sanitarios. Un modelo equilibrado, basado en la razón, los datos, con un equipo de científicos y médicos de identidad conocida con un consejero de Hacienda profundamente liberal. La prueba de que la política afecta hasta el último rincón de la vida de los ciudadanos la personificó Ada Colau cuando vino a Madrid a hacer campaña. Sí ha habido gestión, pero por encima de todo ha habido política, la defensa de un modelo, de una filosofía incluso de vida. Ayuso trató a los madrileños como adultos, ofreció información y opciones, y la libertad de decidir. La respuesta es el agradecimiento de una sociedad no subvencionada, sino libre.

Las maniobras de Ciudadanos

Se ha valorado a quien dio voz y voto a los ciudadanos por encima de los cambios espurios de Gobiernos en despachos con mociones de censura durante una pandemia. Los intentos judiciales de Ciudadanos por impedir que los madrileños votásemos el Gobierno que queríamos fueron el último golpe de gracia a una situación que se había vuelto irreversible cuando Aguado solicitó a Sánchez, quien había obstaculizado toda medida favorable a los madrileños en la primera ola, el Estado de alarma exclusivo contra Madrid. La presencia de Inés Arrimadas en algunos programas apoyando a Aguado y defendiendo esta medida del PSOE, sin datos científicos que lo avalasen, facilitó que cualquiera no fanatizado percibiese aquello como una maniobra política que permitía a los naranjas sellar su obsesivo alejamiento de la derecha, asociándose con quien tenía el poder. “Es mejor dialogar que acudir a los tribunales para decidir el estado de alarma”, fueron sus palabras. Un PSC en Madrid. Primaron la supervivencia del partido y unos cargos por encima de los intereses de los madrileños. Arrimadas en Madrid tuvo el comportamiento opuesto a Isabel Díaz Ayuso. Las urnas han hablado.

Frente al modelo de racional, de datos y alegría de la campaña de Ayuso, la izquierda protagonizó otra muy distinta. Estrafalaria y desnortada con cartuchos, amenazas y fotos ampliadas de navajitas incluidas. Han sucedido cosas que deberían ser investigadas por si incurriesen en ilícito penal, como la ocultación desde el Ministerio del Interior sobre la detención de personas en la nómina de Podemos, en el ataque organizado contra la los simpatizantes de Vox y la Policía Nacional en Vallecas.

Los resultados del PSOE han tenido su última estocada en una campaña con un mensaje casposo, rancio, anclado en la fantasía de la lucha contra un inexistente fascismo en la derecha madrileña, reivindicando 140 años de historia (y 40 de vacaciones como afirmó Tamames) como única diferencia con Podemos, que ha mejorado sus resultados.

Ahora toca dar la batalla ideológica contra la turra del cordón sanitario. Ha habido racionalidad, rabia y alegría, ahora toca ejercer la inteligencia política. Todo ataque y apelación al nazismo no es un intento de dejar fuera a Vox del poder, sino al PP.

La batalla en Madrid no ha acabado. Ante la victoria de la izquierda radical los ataques irán agravándose hasta provocar un grado de radicalización semejante. Nunca hay que olvidar qué modelo de vida democrático y libre se defiende, el modelo que hemos elegido los madrileños. La libertad y la convivencia.