Hay un ambiente desquiciado, un discurso de llantina sensiblera que supura miedo y odio en la izquierda. Es un espectáculo tan casposo y trasnochado como ridículo. El histrionismo sentimental del PSOE y sus medios con el lema “el fascismo no pasará” representa esa nostalgia de lo no vivido, esa fantasía de participar en el relato beatificado en el que han crecido, y especialmente con el que se han enriquecido. Cuestión clave para que la realidad no pueda ser un obstáculo a sus anhelos de presentarse como mártires guerreros y poder seguir siendo verdugos impunes desde el Consejo de Ministros y el BOE.

“Balas”, “nazis”, “navaja ensangrentada”, “ultraderecha”, “organización criminal”. Este es el lenguaje cotidiano en la campaña electoral en Madrid en el año 2021 por parte de quien pierde en las encuestas y en las urnas desde hace décadas. Preocupa el nivel de agresividad escalado, pero inquieta aún más que se instale ese relato enajenado de la realidad sin ningún contacto con ella en el debate público.

Este nuevo ciclo de escalada hacia el paroxismo antifascista sin fascismo tiene el peligro de calar entre los ciudadanos que empiezan a mirar con desconfianza al vecino en vez de cuestionar la gestión del Gobierno

Los medios de izquierdas viven instalados en una ficticia habitación del pánico en la que quieren encerrar entre paredes de mentiras a una parte de la población, para que a través del odio cierre la puerta al que piensa distinto. Este nuevo ciclo de escalada hacia el paroxismo antifascista sin fascismo tiene el peligro de calar entre los ciudadanos que empiezan a mirar con desconfianza al vecino en vez de cuestionar al Gobierno en su gestión de la economía o la pandemia. ¿Qué clase de democracia es la que ofrecen estos luchadores contra molinos de viento? No parece un modelo respirable si nos imponen el rechazo y el odio a cualquiera que les cuestione, mientras ellos pueden abrazar a quien agrede en el mundo real cada vez que incendian Cataluña, o tiran piedras en Vallecas. Quieren encerrar en esa habitación del pánico, alejada de toda realidad, a un voto cautivo del miedo y el odio a la derecha, no sólo a Vox.

Gritar a Ayuso

Una doble vara de medir en la que comportamientos graves encuentran su disculpa en la izquierda, como enaltecer a terroristas en el País Vasco o dar una paliza a unos guardias civiles en Alsasua. Mientras otros episodios menores, aunque reprobables, como hizo Monasterio al condenar la violencia genérica; u otros actos acertados como exigir reciprocidad en la condena de agresiones sufridas, como también hizo el alcalde de Madrid, Martínez-Almeida, reciben el histrionismo y cancelación de la izquierda. La doble vara de medir nos muestra el nivel de la cobardía ante quienes verdaderamente les provocan miedo. No imagino a Sánchez gritándole a Otegi, pero con Ayuso sí se atreve.

Esta situación desigual la describió Cayetana Álvarez de Toledo como un tablero inclinado en el que la izquierda y los nacionalistas se sitúan en la parte alta tan sólo con reivindicar un supuesto pasado antifranquista, que se traduce en impunidad y patente de corso para acabar con los hechos, siempre exhibiendo su supuesta superioridad moral.

La izquierda ha instalado con naturalidad en el discurso político que el culpable directo de las amenazas es alguien del Ejército, la Guardia Civil o directamente un partido político

Pero un tablero inclinado podría nivelarse reivindicando la verdad y poniendo punto final a la ficción. El propio juego de una democracia sana consiste en el intento permanente de nivelación de ese tablero en el debate público. Sin embargo descubrimos que se inclina más cada vez que no encuentra oposición a sus postulados y que se habría quebrado ante el mínimo cuestionamiento de los dogmas de la izquierda no basados en la realidad, los hechos ni la razón, sino en emociones identitarias y sectarias. Un tablero en el que sólo se acepta la sumisión o la expulsión, no estaba inclinado, sino roto.

La izquierda ha instalado con naturalidad en el discurso político que el culpable directo de las amenazas es alguien del Ejército, la Guardia Civil o directamente un partido político. No se puede volver a una situación anterior como si no hubiese ocurrido nada cuando una ministra socialista dice, en la puerta del Congreso, con la tranquilidad y la sonrisa de quien proclama la llegada del verano que “todos los demócratas estamos amenazados de muerte si no paramos a Vox en las urnas”. Ni Hugo Chávez.

El problema no es Podemos, que funciona para los socialistas como ese banco malo al que imputar todas las actuaciones tóxicas del Gobierno. El problema es el PSOE, que no sólo recoge las nueces, sino que lleva las riendas por un camino peligroso y alejado de la realidad. Porque el objetivo no es Vox, sino el Partido Popular al que lleva calificando de ultraderecha desde que empezó a tener opciones de gobierno en los años 90 con la campaña del dóberman. La cosa entonces no pasó de ahí y España, al margen de ETA y el nacionalismo de Pujol, aún respiraba un ambiente democrático en las instituciones. La llegada de Zapatero rompió el consenso constitucional para imponer el relato guerracivilista buscando una legitimación en la España de 1936 y así dialogar con quienes impugnaron la España del 78 con sus asesinatos, excluyendo a la derecha democrática del poder.

El discurso postelectoral probablemente será impugnar la legitimidad del Gobierno de Díaz Ayuso necesite o no del concurso del partido de Abascal

El fin último es imposibilitar el Gobierno del PP en Madrid para que carezca de opción alguna de gobernar al dejarle sin socios, habiendo comprado a unos e intentando ilegalizar a otros. El discurso postelectoral probablemente será impugnar la legitimidad del Gobierno de Ayuso necesite o no a los de Abascal, porque lo que anhelan con tanta ferocidad es el poder, no la democracia. Esto muestra que el tablero está roto. Con este PSOE, que no afloja en sus acusaciones de nazismo, la nivelación no es posible. Hay que impugnar sus postulados desde la raíz, no tan sólo la última acusación de fascismo. Y esto lo ha hecho Isabel Díaz Ayuso. Ha antepuesto el interés de los madrileños a su propia comodidad mediática y política; una buena gestión sanitaria y económica centrada en la realidad sin dejar de hacer política, al no aceptar los chantajes ni el discurso de la izquierda en dirigir con quién puede gobernar o no, y qué debe aceptar o no. Este modelo es lo que construye el tablero democrático que necesitamos.

El caso de la navaja mostrada con fotos ampliadas por Reyes Maroto es paradigmático. En un lado encontramos a la izquierda desde las Instituciones y los medios en un circo alejado de las colas del hambre o de la entrada de la nueva cepa india del virus en nuestro país, y en el otro a un esquizofrénico diagnosticado. Al final el fascismo era eso, un enfermo solitario.