Si asumimos que la sabiduría en política, en el caso de que hayamos disfrutado alguna vez de tal cosa en España, fue hace tiempo diezmada por una infantería con carné que nunca vio más allá de la punta del mosquetón, hará bien el lector en interpretar el final de este artículo como una quimera fruto de las obsesiones de un nostálgico irreductible. Un nostálgico del pacto, de acuerdos anchos como mejor forma de aligerar el sufrimiento de los que más sufren, de la transversalidad como aconsejable receta para cauterizar las heridas más profundas. Pero vayamos por partes.

De las múltiples conclusiones que pueden extraerse del 4-M, hay una que sobresale por la contundente lección que traslada a los contendientes, sobre todo a los perdedores: en tiempos de crisis, la realidad siempre se impone al relato, a la retórica inflamada, a los eslóganes vacuos. El empeño en fabricar amenazas improbables (la democracia en peligro, alerta antifascista) para combatir problemas angustiosos (quiebra, paro, depresión), se ha demostrado como una estrategia fallida, inservible, incluso embustera. Así lo han percibido mayoritariamente los madrileños, señalando a los principales culpables de la farsa: el PSOE y Unidas Podemos; por ese orden. Ciudadanos no ha engañado a nadie; estaba muerto antes de empezar.

Nadie parece dispuesto a pedir explicaciones a Sánchez y Redondo por la triple catástrofe: operación Illa, moción en Murcia y fracaso de la estrategia en Madrid

La catástrofe de los socialistas alcanza dimensiones históricas. Una catástrofe cuyos tres hitos más recientes señala aquí con exactitud Gabriel Sanz y sobre los que nadie ha pedido explicaciones (no a Ángel Gabilondo, sino a Pedro Sánchez y sus estrategas de cabecera). A saber: el fracaso de la operación Illa, la autodestructiva moción de censura en Murcia y la increíblemente torpe estrategia diseñada para salvar los muebles en Madrid. Una continuada catástrofe que culmina con un fracaso aún más sonoro la acelerada decadencia de un partido que hace tan solo dos años había ganado las elecciones autonómicas. Desde que Sánchez, traicionando sus promesas, pactara la formación del Gobierno con Pablo Iglesias, el PSOE no ha hecho otra cosa que alejarse de los hechos, despreciar la centralidad y sucumbir al relato minoritario y disgregador de Unidas Podemos.

Sombríos resultados

De forma paralela, Sánchez se ha entregado a la tarea de descapitalizar el PSOE a conciencia, a vaciar de contenido el principio de la democracia interna, a dejar sin el menor sentido el papel de las agrupaciones (y en el caso de Madrid, pero no solo, de la Ejecutiva regional) para diseñar un partido vertical, opresivo, hermético, cerrado a las influencias de una sociedad compleja que atraviesa serios problemas, y para la que los socialistas han dejado de ser una alternativa fiable. El verdadero drama del PSOE, que estas elecciones han puesto de manifiesto con toda crudeza, no es el sombrío resultado, sino el oscuro futuro que les aguarda a la vista del diminuto respaldo logrado por la candidatura socialista entre los más jóvenes.

Ya están pensando en cómo corregir el tiro, en qué han de hacer para convencernos de que lo suyo con Iglesias fue obligado y coyuntural. Pero de momento, lo único constatable es que Sánchez e Iván Redondo han convertido al PSOE en una máquina oxidada que solo entusiasma, y no demasiado, a los propios asalariados; en un instrumento de poder que se ha dejado comer la merienda por un partido imberbe pero fresco, Más Madrid, y en el que el contraste de ideas o el respeto al trabajo desde la base hace mucho que dejaron de ser elementos diferenciadores de un partido progresista. Los jóvenes le han dado la espalda al PSOE porque el PSOE ya no les ofrece certezas; ni tampoco, siquiera como mal menor, ilusiones.

La frivolidad con la que la izquierda ha manejado la cuestión fiscal ha sido otro error que ha convertido a Ayuso en un valor-refugio en el que poner a salvo los ahorros

Isabel Díaz Ayuso ha arrasado porque ha acertado en la estrategia, pero también porque casi todos los demás han errado en la suya. Sin ir más lejos, a la complicidad táctica habida durante la campaña entre Pablo Iglesias e Iván Redondo debe la presidenta de la Comunidad de Madrid una parte importante de su triunfo. El daño que ocasionó a la candidatura de Ángel Gabilondo la rectificación estratégica dictada desde Moncloa ha sido inconmensurable. La insistencia de PSOE y Podemos en que la región que más aporta a las cuentas nacionales es la más insolidaria; el empeño en subrayar que Madrid es la anomalía, de acuerdo con el manual de desintegración nacional de Iglesias, cuando la realidad es que la anomalía de España se llama Cataluña, ha sido otra de las variables que en mayor medida han operado en favor de la candidata del PP (el retraso injustificado en la vacunación de policías y guardias civiles allí destinados ha sido el último episodio que refleja el tamaño de esta intolerable excepcionalidad).

Y más a más: la frivolidad con la que la izquierda ha manejado la cuestión fiscal en un momento en el que la angustia es el sentimiento predominante en muchos hogares, y la torpeza del Gobierno anunciando en mitad de la campaña el fin de las deducciones a las declaraciones de la renta conjuntas, han sido factores que han hecho que muchos ciudadanos hayan visto en la propuesta de Díaz Ayuso un fortín donde ponerse a salvo, un valor-refugio para sus ahorros y la mejor manera de proteger el bolsillo.

El PP ha arrasado porque PSOE y Ciudadanos se han autodestruido. Los de Arrimadas culminaron el proceso en Murcia; Sánchez, despreciando en Madrid a los suyos. Pero Díaz Ayuso debe leer bien el resultado: ha llegado donde está porque ha sabido aprovechar el hueco que otros abandonaron en los entornos del centro. Tiene dos años por delante para confirmar esa posición, que será la que le permita volver a ganar en 2023. Vox es un actor más, pero sólo un actor más, y no debe ser el principal.

Ahora tiene Ayuso la oportunidad de aplicar esa rara virtud de la audacia para que madrileños y no madrileños recuperen una porción de fe en la política

Ayuso está en la mejor disposición de demostrar que su enorme éxito no ha sido un accidente provocado por el descarrilamiento de los demás. Tiene a su alcance la oportunidad de ocupar por mucho tiempo el espacio ganador de centro; de convertirse en el principal referente -y hasta vigilante- de la estrategia que fijó Pablo Casado cuando formalizó su divorcio con Vox; de hacer de Madrid un ejemplo de resistencia y superación inteligente de la crisis activando mecanismos de corresponsabilidad política; de convertir a Madrid en un ejemplo de cómo restañar heridas rompiendo la dinámica demoledora de la polarización.

Isabel Díaz Ayuso, IDA, ha demostrado audacia suficiente en situaciones de máxima dificultad. Ahora tiene la oportunidad de aplicar esa rara virtud para que madrileños y no madrileños recuperen una porción de fe en la política. Planteando al resto de partidos un pacto de reconstrucción, a dos años vista, con cuatro ejes fundamentales: recuperar la economía, incentivar la contratación apoyándose en el tejido empresarial, reforzar el sistema sanitario y concretar un plan integral destinado a ofrecer certidumbres a los más jóvenes. Si nos atenemos a lo que dijo en la Asamblea de Madrid en abril de 2020 un Gabilondo que aún está a tiempo de reivindicarse como alguien con criterio propio y recuperar el crédito perdido (“Estamos dispuestos a participar en un proceso de reconstrucción de un acuerdo político y social”), el catedrático de Metafísica podría acabar siendo su mejor aliado. ¿Política ficción? Puede que sí. Veremos.

La postdata: Edmundo

Edmundo Bal  ha perdido. Se echó a las espaldas un partido moribundo que no ha superado su paso por la UVI. Edmundo es un tipo limpio, un político distinto, recto, libre, sin compromisos que condicionen su vocación de servidor público. Edmundo Bal ha perdido, pero ha ganado. Para muchos, Edmundo ha sido uno de los descubrimientos del 4-M. Quizá acaricie la idea de volver a su plaza de abogado del Estado. Sería una pena. No sobra gente como él. No creo que Ciudadanos tenga ya más recorrido, pero hay personas en ese partido a las que la política debe retener, de las que sería un lujo prescindir. Hacen falta. Hace falta una nueva iniciativa que ocupe el lugar de aquel Cs regenerador y progresista. Para aminorar la influencia de los nacionalismos y de los extremos; para que el nuevo bipartidismo que parece avecinarse no vuelva a caer en los errores del pasado.