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Alejo Vidal-Quadras

Opinión

España, el reino del absurdo

Desde la Transición hasta hoy España ha ido cayendo por una pendiente resbaladiza hasta convertirse no ya en una nación fragmentada, endeudada y pésimamente gobernada, sino en algo aún más alarmante

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el rey Felipe VI
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el rey Felipe VI Europa Press

Hace tiempo que muchos españoles tienen la sensación de que su país va en mala dirección. Problemas hay en todas partes, por supuesto, y si dirigimos la vista alrededor el panorama no es precisamente alentador, Francia con sus chalecos amarillos, Italia y su crónica inestabilidad política, Alemania y su preocupante ascenso de los neonazis, el Reino Unido y su 'brexit', y así podríamos seguir. Sin embargo, en nuestro caso hay un factor que no se da en nuestros vecinos y socios de la UE y que consiste en que los males que nos aquejan presentan un componente extraño que nos desazona especialmente y que a bastantes habitantes de la piel de toro nos hace sentir algo idiotas.

Veamos algunos ejemplos que ilustran este carácter singular de nuestras desgracias. No se conoce ningún Estado del mundo en el que en una parte de su territorio las familias no puedan escolarizar a sus hijos en la lengua oficial de ese Estado. Somos el único lugar del planeta dónde semejante e increíble situación se produce sin que nadie, empezando por el Gobierno y el Parlamento, haga nada por remediarlo. Tampoco se sabe que haya otra nación civilizada en la que si unos desaprensivos ocupan ilegalmente una vivienda perteneciente a un honrado ciudadano, él legítimo dueño no pueda desalojar a los sinvergüenzas que viven en su propiedad si no es después de un prolongado y farragoso proceso judicial que puede durar hasta un año o incluso más. Si a este escandaloso abuso se une el hecho de que el propietario debe seguir pagando los correspondientes impuestos y los consumos de electricidad, gas y agua mientras los invasores se ríen en sus barbas, el escándalo es monumental.

Continuemos. ¿Puede alguien en sus cabales imaginar a un jefe de gobierno de un land alemán o austriaco, de una región francesa o italiana o de un estado norteamericano proclamar públicamente en la capital nacional que no piensa acatar una sentencia judicial y que se propone declarar unilateralmente e inconstitucionalmente la independencia de esa entidad sub-estatal mediante la subversión en la calle y que el tipo vuelva después tranquilamente a su región, reanude sus funciones y nadie mueva un dedo para ponerle en su sitio? Pues eso sucede en nuestros pagos y todos tan contentos. Tampoco es habitual en ninguno de los cinco continentes que un ladrón sea detenido veinte, treinta o cuarenta veces por ejercer su oficio en la vía pública y salga a la calle a las pocas horas de su última fechoría sin ser enviado a prisión por una larga temporada. En España, nuestro código penal establece tan sana costumbre.

Otra originalidad digna de mención consiste en que un cabeza de grupo parlamentario se presente en la audiencia de consultas del jefe del Estado en mangas de camisa y zapatillas deportivas

Y qué decir de una asamblea legislativa, sede de la soberanía del pueblo, en la que sus miembros pronuncian fórmulas de toma de posesión de sus escaños abiertamente contrarias al reglamento de la Cámara y a la Constitución sin que el presidente de la institución actúe fulminantemente para negarles la condición de parlamentario hasta que su juramento o promesa no se adecue plenamente al ordenamiento vigente. Otra originalidad digna de mención consiste en que un cabeza de grupo parlamentario se presente en la audiencia de consultas del jefe del Estado a la hora de proponer un candidato a presidente del Gobierno en mangas de camisa y zapatillas deportivas y el servicio de protocolo palaciego lo acepte y el primer mandatario se trague esta inaceptable falta de respeto con estoica impavidez.

Todos estos dislates son el pan nuestro de cada día y no pocos observadores de tal desastre se preguntan hasta qué nivel llegaremos de deterioro y de absoluto desprecio a nosotros mismos. Cabe plantear la interesante cuestión de si este conjunto de aberraciones son consecuencia de un mal diseño institucional o de una clase política de nula calidad humana, intelectual y moral. En realidad, los dos elementos se retroalimentan, unos políticos mediocres, ignorantes y venales legislan a tenor de su capacidad y articulan una arquitectura constitucional gravemente defectuosa que, a su vez, propicia la elevación a los puestos de máxima responsabilidad de sujetos incompetentes, incultos y carentes de escrúpulos. Desde la Transición hasta hoy España ha ido cayendo por una pendiente resbaladiza hasta convertirse no ya en una nación fragmentada, endeudada y pésimamente gobernada, sino en algo aún más alarmante, en el reino del absurdo.

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