Érase una vez un rey, Alfonso XIII en concreto, refinado amante del lujo y de la excelencia allá donde los hubiera (que en aquella época solía ser lejos de Madrid). Tanto es así que cuando Alfonso XIII se casó, tuvo que enfrentarse a un embarazoso inconveniente: en toda la capital del reino no había una oferta hostelera a la altura del linaje de los invitados reales, que tuvieron que ser hospedados en residencias particulares. Y eso no podía ser. Siendo conocedor de las maravillas de los nuevos hoteles-palacio que empezaban a brotar en los centros de París y Londres, el rey se empeñó en dotar también a su ciudad natal de una estructura que la pudiera colocar en el mapa del lujo de principios de siglo XX.

Y así fue que Alfonso XIII dijo: hágase el Ritz; y el Ritz se hizo donde antiguamente surgía el Teatro Tívoli, según el proyecto del francés Charles Mewes (el mismo arquitecto del Ritz parisino) y bajo la supervisión de los españoles Luis de Landecho y Lorenzo Gallego, quienes lograron levantar el primer edificio de España con estructura en hormigón armado. Para la gestión fue involucrado el mismísimo César Ritz, hotelero suizo, cuya experiencia y visión garantizaron esos estándares de calidad y elegancia que se siguen asociando universalmente a su nombre.

Uno de los salones tras la reforma del hotel.

El hotel se inauguró finalmente un 2 de octubre del año 1910 y desde entonces nunca ha cerrado, ni durante la Guerra Civil. En sus elegantes habitaciones se ha alojado la flor y nata de la aristocracia y de la política mundiales: desde la realeza de los cinco continentes hasta personalidades como, por citar algunas, George Bush, Mikael Gorbachov, el emperador etíope Haile Selassie, Yasir Arafat y Fidel Castro (quien recibió a un comité de trabajadores del hotel). En principio la rígida etiqueta del Ritz no admitía a famosos y personajes de la farándula, pero, desde que se suprimió esta norma, un variopinto elenco de actores, cantantes y artistas de la talla de Woody Allen, Dalí, Frank Sinatra, Rita Hayworth y Ava Gardner ha pasado por los salones del hotel.

Un largo y prestigioso desfile que se ha interrumpido solo en 2018, cuando, tras la adquisición del hotel por el grupo chino Mandarin Oriental en 2015, el Ritz cerró sus puertas por primera vez para una reforma que ha durado tres años y ha devuelto a la estructura el imponente esplendor que el tiempo había podido ofuscar pero no borrar. “Como con una dama de belleza magnética e innata”, en palabras del arquitecto Rafael de La-Hoz, responsable de la titánica reforma que ha costado más de cien millones y cuyo broche es sin lugar a duda la recuperada bóveda de cristal, que vuelve a lucir en toda su delicada belleza tras 80 años ocultada por unas cubiertas. A través de los cristales que la conforman, la luz entra a borbotones e incendia los mármoles de los salones principales en los que la herencia de un pasado secular se funde con lo nuevo. Como la mastodóntica puerta principal que sustituye a la antigua puerta giratoria, suprimida por La-Hoz con la intención de recuperar los planos originales, que preveían, además, otro ingreso en el lado opuesto, en la calle Felipe IV, que también se ha recuperado.

Turret Suit, una de las 53 suites del hotel, que surge en una de las dos torres del edificio.

Totalmente renovado, pero devotamente fiel a su aristocrática esencia, el hotel volvió a abrir sus puertas el pasado 15 de abril bajo la dirección de Greg Liddell: 153 habitaciones, 53 de ellas suites, decoradas con piezas de arte únicas creadas ad hoc para los espacios del hotel, que bien podrían estar en un museo. De hecho, la decoración, a cargo del estudio francés Gilles&Boissier, dialoga continuamente con las colecciones de los cercanos museos y, en general, con la cultura e incluso el paisaje de España. Difícil, por ejemplo, imaginar algo más español (y más artístico) que los sinuosos movimientos del abanico de una bailaora de flamenco, en los que se inspira la escultura de Factum Arte que dinamiza el espacio de la recepción. El arte español vuelve a ser protagonista en la llamativa decoración del bar Pictura, donde unos retratos fotográficos de la artista Paula Anta inmortalizan, al estilo de Velázquez, algunos personajes emblemáticos de la cultura nacional contemporánea: desde la barra –territorio del barman Jesús Abia–, es posible intercambiar miradas con la escritora Elvira Lindo o el arquitecto Alberto Campo Baeza, que escudriñan la sala desde las paredes ataviados con vestimentas del siglo XVII. Espectacular también la instalación Remolino del Retiro, que acoge a los huéspedes nada más entrar, inspirada en la vegetación del cercano parque: unas hojas que cuelgan del techo creando caprichosos destellos de luz. Son de dos distintos materiales: latón para las hojas de los árboles autóctonos, níquel para las especies originariamente foráneas que, como los huéspedes del hotel, han acabado acostumbrándose al clima madrileño.

El restaurante Deessa, en la sala Alfonso XIII.

Gastronomía con estrellas

El arte, omnipresente en todos los espacios (en las paredes de las habitaciones hay cuadros que reproducen detalles de obras expuestas en el Museo del Prado), inspira también la excepcional propuesta gastronómica firmada por el triple estrella Michelin Quique Dacosta, autor de las cartas de todos los restaurantes del Ritz, empezando por el Deessa, que ofrece probablemente la propuesta más personal del chef. Ubicado en la sala Alfonso XIII, se asoma directamente al mítico jardín del hotel, el Jardín del Placer, donde también es posible beber una copa, cenar o, los domingos, tomar el brunch. Los que prefieran estar a cubierto sin privarse de la vista del cielo madrileño, deberán reservar en el Palm Court (donde se sirve también el tradicional afternoon tea), situado debajo de la bóveda de cristal, con una carta más tradicional. Y, para un picoteo más informal, el Champagne Bar: amplia selección de champán para maridar con tapas de autor.

Otra gran novedad del nuevo Ritz es el spa dirigido por The Beauty Concept, con una carta de tratamientos personalizados y piscina cubierta que se abre entre el blancor de los mármoles que recubren el suelo y las paredes. En el techo, un enjambre de led que brillan en la penumbra y recrean el firmamento que se vería en una noche despejada desde el jardín. Para soñar con los ojos abiertos.