Decía Tchaikovsky que a Giselle no le sobraba ni le faltaba ninguna nota, que era la Biblia del ballet. Casi dos siglos más tarde, y después de haber sido representada por las más célebres compañías de danza a nivel mundial, podemos dar gracias de que así sea. Una de las grandes obras del ballet clásico por la que el director de orquesta César Álvarez ha vuelto a la escena musical de la capital en el Teatro de la Zarzuela.

Creador de belleza a través de un excelso lenguaje musical, vuelve de la mano de la Compañía Nacional de Danza y de su coreógrafo y director escénico, Joaquín de Luz, para dirigir la orquesta que pone música a este clásico, ahora desde la mirada del romanticismo español, con aportaciones de versos de Bécquer y otras procedentes de la escuela de danza bolera. 

Al contrario del pensamiento general, César Álvarez (nacido en Asturias en 1973) concibe el ballet como un género artístico en el que todo el mundo puede desarrollar conocimiento. En su caso, no fue premeditado; la danza lo eligió a él. En 1993, cuando decidía cuál sería su futuro académico, Rusia atravesaba una gran inestabilidad política debido al Octubre Negro. A pesar del clima de tensión presente en el país, ingresó en el Conservatorio Estatal Tchaikovsky de Moscú, con el maestro Dmitri Kitaienko y con 19 años dirigió su primera función. Desde entonces, ha tocado en prestigiosas orquestas como la Orquesta Nacional Rusa y ha participado como director musical en producciones del Víctor Ullate Ballet o el Ballet Nacional Ruso, entre otras muchas. 

¿Por qué ese aprecio especial por el ballet frente a otras disciplinas?

Fue algo que comenzó de manera casual. Desde siempre tuve una gran inclinación por los grandes del ballet clásico y comencé mi formación en Madrid con el maestro Benito Lauret, quien un día me preguntó cuáles eran mis tres directores preferidos. Mis elegidos fueron todos de nacionalidad rusa, uno de los epicentros mundiales de la danza. El destino que debía escoger estaba claro. Desde entonces, mi estilo se identifica por completo con esta disciplina y a día de hoy, un 80% de mi trabajo se desarrolla en este país. En 2001, comencé a dirigir la Orquesta Filarmónica de Tomsk, una de las más antiguas de Rusia, colaboración que duró diez años.

Retrato de César Álvarez.

La pandemia habrá frustrado muchas actuaciones. ¿Está volviendo poco a poco a la normalidad?

A pesar de que la pandemia continúa entre nosotros, la oferta cultural que se desarrolla en Madrid es envidiada por otros países que aún no han recuperado unas condiciones normales que favorezcan la afluencia de gente a los teatros. Las localizaciones de la industria cultural han demostrado ser lugares seguros. No puede hablarse de ningún brote que se haya iniciado en un museo, cine, teatro o similar. De hecho, en mi actual equipo de trabajo los controles son continuos y si se detectara algún caso, el aislamiento sería inmediato. Se cumple un protocolo muy estricto y gracias a eso tenemos la suerte de poder desarrollar nuestro trabajo con cierta normalidad.

¿Siguen siendo los directores de orquesta una rara avis en España?

Sí. Suele haber una falsa creencia de que es una profesión un tanto inalcanzable, que requiere de un nivel de excelencia que muy pocos llegan a conseguir. Yo creo que existe un desconocimiento de la cultura general que nos impide llegar con facilidad 'a la calle'. Por ejemplo, a los actores se los considera artistas cercanos, casi como si los conociéramos en persona. Esto sucede porque entran a nuestras casas por la televisión todos los días. En cambio, los directores nos reservamos al público que acude al teatro. Es una cuestión de desconocimiento del medio, más que una diferencia entre estratos culturales.

¿Algo que eche de menos en su trabajo antes de que comenzara la pandemia?

Viajar. Es la parte que más disfruto. Conocer gente, culturas, diferentes formas de trabajo... El hecho musical en sí: subirme al escenario de cualquier otro país y dar la orden de inicio de la función. Unos pocos segundos donde se resume todo un proceso previo de estudio de la obra, ensayos, desplazamientos. Todo cobra sentido en el momento en que comienza la primera nota.

El director tras una función.

¿Cuál es la mejor parte de dirigir Giselle?

Es la obra culmen del Romanticismo. Para Tchaikovsky, era una pieza fundamental en el repertorio de los grandes clásicos, la que todos debían conocer, incluso aunque fuera solo por amor al arte. Lo mejor de Giselle es tener la responsabilidad de dirigir un gran equipo de músicos para los que se condensan muchos meses de trabajo en dos horas de actuación. En tu mano está que tanto la orquesta como el cuerpo de baile lleven a cabo una actuación exquisita. Todo director, bailarín, coreógrafo o cualquier profesional implicado en una producción de estas dimensiones, sabe que Giselle es una de las grandes, por tanto, siempre aspiramos a la perfección. Es lo menos que exige una obra como esta.

¿Qué tiene que ofrecer Giselle al público que quiere introducirse en el ballet?

Que su música es eterna, y esto implica que la obra también lo es. Es perfecta para comenzar a entender la danza, ya que la comprensión y aceptación del público es esencial para que una obra se perpetúe en el tiempo, tal como esta lo hizo. Lo mismo pasa con El Lago de los Cines o con La Bella Durmiente. Musicalmente, no son complejas; están tan bien escritas y desarrolladas que se entienden sin que sea necesario el diálogo. Esto hace que la gente siga la historia de forma natural. En ningún caso se trata de algo destinado a una determinada élite. Giselle no está pensada, ni escrita, ni representada para ningún tipo de 'casta'; es universal y el tiempo lo ha demostrado.