“Todo empezó como un sueño, un sueño inalcanzable. Luego se convirtió en una ilusión, y esa ilusión, hoy, es una realidad”. Una realidad maravillosa y no al alcance de cualquiera, desde luego, porque para montar un museo en el corazón de París hay que tener las ideas muy claras, una cuenta bancaria muy saneada y una colección que pueda hacer la competencia a templos del arte como el Musée d’Orsay, el Centre Pompidou o el mismísimo Louvre.
Este tríptico de virtudes del buen mecenas, lo encarna perfectamente el multimillonario François Pinault, 84 años, dueño del grupo Kering, un titán del lujo que controla marcas tan icónicas como Gucci, Yves Saint Laurent y Balenciaga, por citar tan solo algunas. “Durante años he deseado exponer mi colección en París, la ciudad que amo. Y cuando la alcaldesa Anne Hidalgo me dio esta oportunidad en 2015 no lo dudé”, comenta el magnate, que tras un primer intento frustrado de instalar su colección personal en la capital francesa se desquitó montando dos espacios expositivos en Venecia, en el Palazzo Grassi y en Punta della Dogana.
La inestimable colección, que Pinault ha ido reuniendo a lo largo de los últimos 40 años, encontrará su casa a dos pasos del Louvre y del Pompidou, en el emblemático palacio de la Bolsa, un monumental edificio en el barrio de Vivienne, que luce un renovado esplendor tras la reforma firmada por el arquistar japonés Tadao Ando, partner de Pinault en otros proyectos culturales anteriores y, por tanto, “el candidato ideal para un desafío tan importante”, según el coleccionista.

Detalles del edificio y sus espectaculares instalaciones, listas ya desde marzo del año pasado,

El edificio y el resultado del proyecto de Ando son la metáfora perfecta del espíritu del museo, que quiere ser un lugar de encuentro entre presente y pasado. Como el mejor arte, el palacio de la Bourse entraña varias capas e intervenciones que se han sucedido en el tiempo: la columna del Hôtel du Soissons, encargada por Caterina de’ Medici; la planta circular, herencia del proyecto del Halle aux Blé (almacén de trigo), del siglo XVIII; la preciosa cúpula érrea de los primeros años del siglo XIX; y, finalmente, la fachada exterior diseñada para acoger la Bolsa. Hacía falta, por tanto, el toque de un maestro de las formas, un gran intérprete del diálogo entre arquitectura e historia como Ando, que ya se había encargado del diseño de los museos venecianos de Pinault.

Será por su “capacidad de establecer conexiones entre la forma y el tiempo”, en palabras del propio Pinault, pero nadie mejor que el japonés sabe materializar esa mezcla de rigor, geometría y pureza apta para albergar y comunicarse con la esencia tan eminentemente contemporánea de la colección. No por casualidad el espacio –que acoge un teatro y un auditórium subterráneo de casi 300 plazas– está conformado por un círculo dentro de otro: en el interior de la estructura circular del edificio original se ha construido otra circunferencia concéntrica de hormigón que delimita el espacio propiamente habilitado para las exposiciones. Formas geométricas puras que recrean un mundo de belleza dentro del mundo, sin perder de vista la tradición, pero con el objetivo de celebrar el presente y mirar hacia el futuro; precisamente como las obras que en esta flamante catedral de arte encuentran cobijo. La colección, de hecho, recoge piezas desde los años 60 hasta hoy: en total más de 10.000 obras de casi 380 artistas que incluyen esculturas, pinturas, vídeos, fotos y trabajos sonoros y hablan al espectador del refinado gusto de Pinault y de su sensibilidad por las corrientes artísticas emergentes.

Aunque el estallido de la pandemia ha retrasado la apertura, prevista finalmente para el próximo mes de junio.

El museo contará con una colección permanente y una rotación de exposiciones temporales, personales o temáticas, pero también con proyectos realizados in situ con la idea de convertir el espacio en un laboratorio artístico en constante agitación. Al mando de todo ello estará Martin Bethenod, ya director de Palacio Grassi y de Punta della Dogana, espacios que, dice, “interactuarán con el nuevo centro parisino creando una relación de complementariedad y sinergia” y un fascinante eje artístico entre dos ciudades mágicas.
En la tercera planta del edificio (que tiene cinco, dos de ellas subterráneas), no podía faltar un restaurante-café, el Halle aux Grain, con una cocina inspirada en la historia del edificio y su exquisito equilibrio entre tradición y modernidad”. Como todo el complejo deberá esperar unos meses para recibir a los primeros visitantes: su apertura, que estaba prevista hace casi un año, ha sido aplazada a junio. Siempre que la pandemia, capaz de estropear hasta los sueños de los más adinerados, lo permita.