El polémico excomisario José Manuel Villarejo ha comparecido como testigo desde prisión en el juicio que se sigue en la Audiencia Provincial contra la llamada policía política que él mismo integró. Por videoconferencia, ha aprovechado para ajustar cuentas con todos sus enemigos y hasta dar consejos al tribunal sobre el uso del micrófono.

El exdirector de la Policía Nacional, Ignacio Cosidó; su número dos Eugenio Pino; el exresponsable de Asuntos Internos, Marcelino Martín Blas y, por supuesto, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Con una botella de agua, un cuaderno, vestido con un jersey negro sobre camisa blanca, Villarejo desplegó todas sus fobias.

En este juicio se dirime la responsabilidad de Eugenio Pino y su subordinado Bonifacio Diez Sevillano al introducir en la causa contra la familia Pujol el contenido de un pendrive de origen ilícito. Eso pudo anular la causa entera que se sigue desde hace años contra el clan del expresidente catalán en la Audiencia Nacional.

Como es habitual, la presidenta del tribunal le preguntó al inicio si tenía alguna amistad con los acusados. “No especialmente”, avisó. A partir de ahí relató que él era un agente encubierto dedicado a infiltrarse para conseguir información, “una situación atípica” en el Ministerio del Interior. En el marco de esas funciones, recordó que Asuntos Internos le pidió ayuda para conseguir el citado pendrive. Lo tenía en su poder un ex detective de Barcelona que era un policía en excedencia al que estaban investigando.

Villarejo sostiene que informó de ese encargo a sus superiores, tanto a Eugenio Pino como a Cosidó. Y añadió que el pendrive al final lo consiguió Martín Blas e incluso que lo entregó en su presencia en una reunión en la sede de la Dirección General de la Policía. Añadió que el responsable de Asuntos Internos consiguió la documentación a cambio de no detener al detective.

Martín Blas, enemigo histórico de Villarejo, siempre ha negado su participación en la llamada Operación Cataluña. Tan solo está citado como testigo en esta causa. Por su parte, la enemistad del polémico mando en prisión con Cosidó tiene su origen en que, a su juicio, el dirigente del PP tomó partido por Martín Blas en su enfrentamiento personal.

Un equipo "no muy brillante"

“El equipo de Pino no es que fuese muy brillante”, lanzó Villarejo contra su ex jefe. “La información de inteligencia no tiene por qué judicializarse, tendría que haberse analizado (el pendrive) y en función de eso haber judicializado luego la parte que tuviese entidad. Eso es lo que tendría que haber sucedido y no sucedió”, se permitió opinar. A pesar de todo, esta versión del testigo coincide con la del exdirector adjunto.

Uno de los abogados le preguntó por una de sus muchas conversaciones grabadas. Tenía que ver con una charla mantenida en privado en el pasado con uno de sus comisarios de confianza, Enrique García Castaño, el Gordo, al que le dijo que el origen del pendrive era el CNI.

Cuando se le preguntó por esta contradicción con su discurso de este miércoles, el comisario reaccionó alegando que todos los audios de sus conversaciones que han trascendido han sido “manipulados” precisamente por los servicios de inteligencia. Eso a pesar de que la grabación por la que se le había preguntado fue encontrada en un registro en su casa.

Villarejo culpa al CNI de su arresto y de llevar en prisión preventiva desde 2017. Considera que es una represalia por el enfrentamiento que mantuvo con su exresponsable, Félix Sanz Roldán.

“Todos los audios son manipulados y alterados por el CNI, que son los que lo grabaron”, se ha quejado. También ha aprovechado para exponer los presuntos malos tratos que sufre en la cárcel. “Me están desnudando, cacheando”, argumentó para justificar no acordarse de su conversación con García Castaño.

En varias ocasiones, el polémico excomisario advirtió que no escuchaba bien el sonido que llegaba desde la sala de vistas. En ese punto, el mando que durante años almacenó horas de conversaciones grabadas en sus encuentros personales, se permitió recomendar al tribunal y los abogados que se alejasen un poco del micrófono porque así se escucharía mejor.