José Manuel Villarejo Pérez nació en El Carpio, provincia de Córdoba, el 3 de agosto de 1951. Es hijo de Pedro Villarejo, propietario de una droguería en la localidad, y de Ángela Pérez, que allí fue comadrona, matrona o partera (así la llamaban), y mujer muy querida en su pueblo natal, Montoro, que está a veinte kilómetros; y más tarde en Córdoba a donde se trasladó la familia. Tiene una calle en El Carpio. José Manuel fue el menor de cuatro hermanos, tres chicos y una chica.  

José Manuel aprendió las primeras letras en su pueblo natal, en una escuela o colegio que en el pueblo era conocido como “el de la Falange”. Continuó más tarde en Córdoba, en el colegio Virgen del Carmen, que tenían allí los carmelitas descalzos. Los amigos de la infancia recuerdan a aquel crío pelirrojo como un chico “un poco parao” y algo tontito, lo cual corrobora una vez más la máxima que aconseja no hacer mucho caso de las opiniones de los amigos infantiles; porque Villarejo, de tontito, poco; y de “parao”, pues para qué hablar.

No es fácil saber cuándo descendió sobre Villarejo el don celestial de la ubicuidad u omnipresencia, que ya está documentado en las características del dios egipcio Atón (siglo XIV a. C.); ni tampoco cuándo empezó a envolverle la niebla, pero esta ya está presente en su formación académica. Ingresó en la Policía en 1972, con 21 años. Su currículum dice que es “licenciado en Ciencias Policiales por la Universidad de Salamanca”. Pero sucede que la Universidad de Salamanca jamás ha otorgado a nadie semejante título, aunque sí ha amparado la impartición de enseñanzas de ese género mediante convenios con la Dirección General de la Policía. Así pues, según la propia universidad, el currículo de Villarejo debería decir que este hombre posee un “título equivalente al de licenciado en Ciencias Policiales, emitido en virtud de convenio por la Universidad de Salamanca”. No es lo mismo ser licenciado en Historia por Oxford que haber charlado de Historia con un amigo que da clases en Oxford.

Sí es verdad que Villarejo se licenció en Derecho en 2008 (estudiante tardío, tenía 57 años), por la Universidad Complutense de Madrid. Pero su pretendido título de “doctor en Derecho” por la misma universidad no aparece por ninguna parte, por la simple razón de que no existe. Villarejo obtuvo en 2010 un “diploma de estudios avanzados”, que no es un doctorado. Nunca hizo su tesis doctoral. O puede que se la haya comido la niebla.

En muy breve plazo, y sin un capital llamativo, llegó a montar nada menos que 46 empresas que se hallaban en lugares muy distantes entre sí y que se ocupaban de las más variadas actividades

Villarejo, ya policía, fue enviado a San Sebastián en 1975. Trabajó en la lucha contra la mafia vasca. Le dieron por ello una medalla al mérito policial. Luego lo destinaron a Madrid, al equipo de Seguridad Ciudadana de la Jefatura Superior de Policía.

Pero en 1983 sucedió algo que no sabemos qué fue. Villarejo Pérez pidió una excedencia en la Policía, donde iba haciendo una carrera muy correcta, y se hizo empresario. Fue prodigioso. En muy breve plazo, y sin un capital llamativo, llegó a montar nada menos que 46 empresas que se hallaban en lugares muy distantes entre sí y que se ocupaban de las más variadas actividades, y en las que casi todas él era el administrador único, consejero delegado, presidente o cosa que lo valiese. Aquellas empresas llegaron a mover un capital social de 16 millones de euros, todo lo cual (la omnipresencia, el dinero) deja claramente en ridículo al supuesto milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que no aguanta la comparación con la multiplicación de los euros y los villarejos. Hay que decir que, expandiéndose a toda velocidad, el comisario en excedencia hizo muchos amigos (ya tenía bastantes) y se dedicó –abnegado y fraternal como ha sido siempre– a hacerles favores en labores de “investigación” más o menos discretas y neblinosas. Hacía de detective privado… sin serlo, porque ese título oficial tampoco lo ha tenido nunca, ni la documentación que lo identifica como tal, pero lo importante era el resultado. Colaboraba con particulares, con empresas y también con organismos públicos.

Pero la excedencia terminó en 1993 y Villarejo volvió a la Policía. Y en aquel tiempo hizo el Señor en él otro milagro, que el propio Villarejo explica: “Después de diez años de excedencia en la Policía, me pidieron que volviera como agente encubierto en régimen de excedencia especial y me autorizaron a mantener mi actividad privada; de hecho, he puesto al servicio de la Policía alguna de mis empresas para realizar acciones de investigación dentro y fuera de España”. Cómo se puede ser policía, investigador privado, abogado en ejercicio y empresario, todo a la vez y legalmente, es cosa que escapa a la comprensión humana y a la de la propia Seguridad del Estado, donde aseguran que tampoco lo entienden y que no terminan de creérselo, a pesar de la evidencia. Pero en medio de la niebla, cuando es densa y oscura, suceden estas cosas.

En esa nueva situación, que le permitía estar en misa y a la vez repicando, Villarejo vivió su edad de oro. El ministro del Interior de Felipe González, José Luis Corcuera, le encargó un informe (que alguien llamó, con mucha mala leche, Veritas) sobre la vida privada y las costumbres personales del entonces juez Baltasar Garzón, en el que se urdía una novela de terror cuajada de prostitutas, narcotráfico y sabe Dios qué más. Era mentira, como el propio Villarejo acabó por reconocer. Con el paso del tiempo, otros, sin distinción de partidos ni de cualidades morales, le pidieron que investigase a innumerables personas y acontecimientos, desde Juan Carlos de Borbón y su ávida amante Corinna Larsen a Javier de la Rosa, empresarios, banqueros, periodistas y gente de toda laya y condición. Villarejo dio en creerse poderoso, que seguramente lo era, y también impune, porque atesoraba información muy peligrosa. No se dio cuenta de que, en el siglo XXI, no hay nada que no se sepa y no se publique, y que la impunidad ya no existe. Empezaron a perseguirle. Unos primero y otros después.

Este es el hombre que, de orden del señor ministro Fernández Díaz, del PP, buscó información para desacreditar y “desactivar” a los independentistas catalanes

Y así el 3 de noviembre de 2017, Villarejo Pérez fue detenido y encarcelado “provisionalmente”. Este es el hombre que grabó de extranjis al breve presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, y provocó su caída cuando se hicieron públicas sus malandanzas y corruptelas. Este es el hombre que anduvo enredado (o enredando) en el chusco caso del “Pequeño Nicolás”, que involucraba a la Policía y al CNI. Este es el hombre que, de orden del señor ministro Fernández Díaz, del PP, buscó información para desacreditar y “desactivar” a los independentistas catalanes. Este es el hombre que, según la propia víctima, apuñaló a la dermatóloga Elisa Pinto, a quien acosaba el empresario Javier López Madrid. Este es el hombre clave de la operación Tándem, que buscaba trapos sucios en la familia guineana Obiang y que proporcionó a Villarejo unos ingresos de 5,3 millones de euros. Este es el hombre que –si creemos al periodista Javier Otero, que suele saber muy bien lo que dice– está implicado como “autor único” en el incendio del edificio Windsor, en Madrid (febrero de 2005), porque al parecer uno de sus despachos contenía unos papeles comprometedores para el entonces presidente del BBVA, Francisco González. Quemar un rascacielos de cien metros para que ardan unos papeles en un cajón probaría –de ser cierto– con qué largueza se toma la vida Villarejo Pérez. Este es el hombre que ha visto cómo su esposa, Gemma Alcalá, periodista, fue también denunciada y detenida por andar mezclada en los enredos de espías de su marido. Lo mismo que su socio, el abogado Rafael Redondo. Este es el hombre que tiene los pies metidos en las sentinas del caso Kitchen, del Ausbanc, del Bord y de decenas de asuntos turbios más, cuya relación completa sería interminable.

Y todas esas cosas las hizo –presuntamente– gracias a sus múltiples y repartidísimas empresas, de irreprochable probidad y honestidad, que se dedicaban a ferias y parques de recreo (Ciudad Al Mansur), a la hípica en Córdoba, a la publicidad, al negocio inmobiliario, a las inversiones, a la salud de los malagueños, al “asesoramiento empresarial” o a lo que se terciase. Empresas que el milagroso comisario-empresario dirigía desde la Torre Picasso en Madrid, Boadilla del Monte, Córdoba, Málaga o la luna de Valencia, tanto da. ¿Cómo hacía para estar en tantos sitios a la vez? Pues eso es uno de tantos misterios que algún día resolverá la Ciencia. Quizá.

Este es el hombre, en fin, que apareció “retratado” en uno de los episodios de la serie de televisión Antidisturbios, creada por Rodrigo Sorogoyen y distribuida por Movistar, como el cerebro de la peligrosa trama de ladrones y corruptos; y salía tal cual, con su sempiterna gorra de visera, sus gafas, su barba y la habitual carpeta con la que trataba de ocultar su rostro de las cámaras. Lo interpretaba magistralmente el actor Paco Revilla. A ese aspecto ya clásico se ha añadido, en las últimas fechas, una mascarilla negra con la bandera de España y un parche de bucanero en un ojo. Parche que no necesita, de más está decirlo, pero que contribuye a ocultarle la cara, una de sus obsesiones.

El excomisario José Villarejo, a su salida de prisión.
El excomisario José Villarejo, a su salida de prisión. Efe

Este es el hombre a una grabadora pegado que creó para sí un lenguaje elaborado a medias entre la parla de los lumpen y las expresiones de los delincuentes del cine negro norteamericano, y así llama maricón al ministro Marlaska, “tonto la polla” al expresidente Rajoy y dice que hay que “joder a la pequeñita” refiriéndose a Soraya Sáenz de Santamaría. Este es el hombre, de boca ciertamente ancha y feraz, que presume de que le encargaron de destruir los ordenadores de Bárcenas en la sede del PP. Y este es el hombre que dice de sí mismo: “Cuando estoy en Líbano fingiendo ser transportista de droga o en Irak de comerciante o en Afganistán simulando ser tratante de caballos, estoy realizando una labor que me apasiona”.

Dijo también hace muy poco, cuando lo pusieron en libertad (porque no lo van a poder juzgar antes de noviembre y entonces se cumple el máximo de cuatro años de prisión preventiva), que “las cloacas del Estado no generan mierda, la limpian”. Se equivoca el ilustre filántropo. Ni una cosa ni la otra. Lo que hacen las cloacas del Estado, que él conoce mejor que nadie, es cambiar la mierda de sitio. Porque a efectos jurídicos, y desde luego políticos, a la mierda le pasa algo a medias parecido a lo que le ocurre a la materia en Física: sí se crea, pero no se destruye. Solo se transforma, y muchas veces en dinero.

Las bacterias

Las bacterias son los organismos seguramente más antiguos y desde luego más abundantes del planeta. Las hay de muchas clases: necesarias y superfluas, benéficas para el ser humano y dañinas, eucariotas y procariotas. Se caracterizan no solo por su simplicidad, que eso caracteriza a mucha gente, sino por su impresionante adaptación a cualquier lugar, especie o condición. Están absolutamente en todas partes, sin ninguna excepción y desde hace miles de millones de años. Pongamos algún ejemplo.

La Escherichia Coli, sin ir más lejos, suele alojarse en los oscuros, neblinosos y mefíticos recovecos del intestino humano. A veces ni te das cuenta de que está allí, pero como la bacteria se ponga impertinente puede producir serias infecciones que, como es natural, afectan a todo el cuerpo y producen severo malestar. Una infección por este tipo de bacteria produce, entre otras lindezas, hinchazón abdominal en los aparatos digestivos del Estado, tremendas flatulencias declaratorias, digestiones electorales pesadas y desagradables y, esto sobre todo, unas diarreas terribles, en las que parece que todo lo que hemos comido y bebido con tanto deleite se va, maloliente y varias veces al día, por las cloacas; por dónde se va a ir si no.

Las bacterias dañinas, como la maloliente Escherichia, se combaten con antibióticos, eso está claro. Pero contra ellas es mucho más eficaz la prevención. Conviene llevar una vida políticamente sana, austera, con una alimentación honesta, equilibrada y abundante en fibra que ayude a eliminar rápida y naturalmente, por la vía ordinaria (y nunca mejor empleado el adjetivo), a estas cabronas de bacterias antes de que se crezcan y nos amarguen la vida. Que para eso están.