Sergio Ramos García nació en Camas, provincia de Sevilla, el 30 de marzo de 1986. Es hijo de José María Ramos, empresario inmobiliario, y de Paqui García. Tiene dos hermanos a los que quiere mucho: René (que además es su representante) y Miriam.

Este es otro caso de niño hiperactivo, inquieto, listo y con un talento extraordinario, aunque de niño no estaba muy claro para qué. Estudió en el colegio La Colina, de Camas, pero el asunto no llegó muy lejos: el niño se moría por ser… torero. Trataron de disuadirle. No se dejó. Era capaz de estar horas y horas viendo corridas de toros en la tele. Tuvo que ser su madre la que le sacó aquello de la cabeza y le hizo ver que era demasiado peligroso. El pequeño Sergio, entonces, cambió de objetivo en sus pasiones, pero no de intensidad: empezó a jugar al fútbol.

Comenzó, como es lógico, en el equipo del pueblo, el FC Camas. Luego pasó a la “cantera” del Sevilla. El minero que descubrió aquel diamante fue Pablo Blanco, que lleva toda la vida en ese difícil trabajo. Después llegó Eloy Angulo, que empezó la tarea de tallar aquella valiosa piedra bruta. Sergio Ramos era alto, elástico, rápido, algo pecoso y muy apasionado. Estaba en segundo curso de ESO (es decir, andaría por los trece años) cuando abandonó los estudios para dedicarse enteramente al deporte. Mejor fuera decir que los aplazó; porque hace ahora ocho años, cuando tenía ya 27 y era una de las glorias del fútbol español, Sergio Ramos aprobó la última asignatura que le quedaba pendiente de la ESO: Biología y Geología. Y le quedaron abiertas las puertas del Bachillerato. Más vale tarde que nunca.

Pasó al primer equipo del Sevilla el febrero de 2004, cuando tenía 17 años, gracias a Joaquín Caparrós. No tardó mucho en tropezarse con un problema que se llamaba José María del Nido, sultán del club ya por entonces. Aquellas dificultades con el astuto abogado (que acabaría en la cárcel) se convirtieron en la oportunidad que buscaba otro hábil depredador, Florentino Pérez, para hacerse con Sergio Ramos después de pagar 27 millones de euros, la cifra más alta que se había pagado nunca por un traspaso. Era el tiempo de la primera presidencia de Pérez en el Real Madrid, cuando trató de hacer del club algo parecido al circo Barnum o al elenco permanente del Metropolitan Opera House de Nueva York en los 60: una constelación de estrellas. Se les llamó “galácticos”. Y Sergio Ramos fue el único español fichado por Pérez en aquellos años.

Comenzó para él el tiempo de la felicidad. Era un crío de 18 años que convivía con Beckham, Raúl, Zidane, Roberto Carlos o Ronaldo (el primero, el brasileño). Le pusieron a la espalda el número 4, que había llevado Fernando Hierro. Casi inmediatamente comenzó a jugar con la selección nacional de España. Ahí su dorsal fue el 15. Su padre presumía de él. Su madre, Paqui, una mujer de profundas creencias religiosas, montaba un altarcito en casa antes de cada partido, un altarcito lleno de estampas y santos y velas y fotos de su hijo, y rezaba para que el Divino Niño mantuviese a Sergio alejado no ya de las asechanzas del Maligno, sino de las lesiones, sin duda muchísimo más peligrosas.

Aquel chaval alto y rubiasco que se movía como una pestaña, que siempre decía la verdad, que tenía una fuerza inagotable y que gobernaba sin discusión en la zona en que le tocaba jugar, confiaba en sus amigos con un candor asombroso. Y el mejor de todos era su presidente, Florentino Pérez. Eran tiempos dichosos. Su demarcación era la defensa. Esto suele traer problemas porque, como sin duda habrían dicho los filósofos escolásticos, el trabajo de un defensa no es marcar goles sino impedir que los del otro equipo los marquen.

Esto, con penosa frecuencia, lleva al defensa a hacer cuando esté en su mano (o en sus pies, o donde sea) para evitar que el delantero rival acceda a una zona del terreno de juego donde, por decirlo con suavidad, no es bien recibido. Eso, en ocasiones, provoca enfrentamientos que van mucho más allá del puro contraste de pareceres. Sergio Ramos nunca ha sido un jugador sucio, todo lo contrario, pero sí extraordinariamente eficaz. Se hizo famoso porque muy pronto quedó claro que, con él en la línea de defensa, por allí no pasaba ni la Guardia Civil. De ahí el alto número de tarjetas amarillas (más de centenar y medio) con que ha sido galardonado a lo largo de su carrera. Y también las 27 rojas, cifra abultada pero muy lejos aún del récord absoluto de otros jugadores que parecen más bien minas antipersona: el colombiano Gerardo Bedoya, llamado cariñosamente La Bestia, tiene 46. Está en el libro Guinness. No está claro si también en presidio, parece que no.

Sergio Ramos ha sido el capitán del Real Madrid desde 2015, y de la selección nacional desde el año siguiente. En ambos tronos sucedió a otra leyenda, Iker Casillas. Muchos de sus amigos y compañeros a lo largo de estos últimos quince años coinciden en lo mismo: quizá el secreto de Sergio Ramos es que disfruta jugando al fútbol. No es solo un trabajo para el que está especialmente dotado y por el que le pagan muchísimo dinero, como ocurre con tantos: es que le gusta. Sabe mandar, sabe organizar, sabe adaptarse a diversas posiciones, pero lo que más le gusta es jugar al fútbol.

Es una persona extrema y apasionada (como habría dicho García Márquez, va “bordado en punto de cruz” desde el cuello hasta los pies; tiene más tatuajes que un maorí) en una profesión diseñada para despertar, ante todo, pasiones, y ya lo mismo que estas sean favorables o adversas: son pasiones. Así, Ramos fue objeto de incontables burlas y mordacidades cuando lanzó un decisivo penalti contra el Bayern de Munich (el equipo alemán y el Real Madrid se jugaban el pase a la final de la Champions League de 2012) y el tiro le salió muy fuerte pero un poco alto. Bien, un poco no: hay astrónomos que todavía están buscando aquel balón. El Madrid fue eliminado y Ramos se convirtió en la irrisión de los aficionados durante meses y meses.

Pero nada más que dos años después, en la agónica final de la Champions frente al Atlético de Madrid, Ramos, en el minuto 93, saltó, metió la cabeza donde a nadie más se le habría ocurrido meterla y envió el balón al fondo de la portería rojiblanca. Aquella fue la Décima copa de Europa para el club madridista, de las trece que ha logrado, y Ramos fue colocado al borde mismo de la canonización por los mismos aficionados que dos años antes le habían hecho astillas a base de “memes” en internet.

El palmarés de Sergio Ramos no da para un artículo sino para un tomo del Espasa. Con él, el Real Madrid ha ganado cinco ligas, dos copas del Rey, cuatro Supercopas… y sus cuatro últimas Champions, entre otras competiciones. Con él, la selección nacional ha ganado dos Eurocopas… y un Mundial, el de Sudáfrica. Ha jugado con el Real Madrid 671 partidos, lo que le convierte en el cuarto jugador madridista que más veces ha saltado al campo en toda la historia del club, solo por detrás de Raúl, Casillas y Sanchís. Y ha marcado 101 goles, ¡siendo defensa! Con la selección ha jugado 177 veces y ha metido 23 veces el balón en la portería contraria. Sergio Ramos es al Real Madrid lo que el hidrógeno es al agua: algo consustancial, lo mismo que Di Stefano, Raúl, Butragueño, Casillas, Juanito, Zidane, Gento, Amancio, Pirri, Hierro y algunos más, no muchos. Está en el torrente sanguíneo del club. Ni siquiera los astrónomos que buscan aquel balón de 2012 discuten eso.

El tiempo pasa. Pero no pasa igual para todos. Sergio Ramos, a los 35 años, tiene una fuerza y una vitalidad comparables a las de hace una década. Eso lo admite todo el mundo salvo quienes no pueden decir otro tanto de sí mismos, pero tienen el poder. En plena pandemia, el jugador recibió –estas son sus palabras– una oferta de renovación del club, por un año más, con bajada de salario. El prefería dos, pero no había partidos, estaba todo el mundo encerrado en casa y aquello se dejó para más adelante. Cuando la covid empezó a disiparse, Ramos, que llevaba un tiempo asediado por las lesiones, decidió aceptar la oferta de renovación (un año) y la reducción de sueldo. Y le dijeron que no. Que la oferta había caducado hacía tiempo, como si el Real Madrid fuese un supermercado de barrio y su contrato, y su trayectoria, fuesen una lata de atún. Sergio Ramos se vio fuera del club al que ha dedicado quince años (los mejores) de su vida. Así se portó la institución que presume de grandeza señorío, pero que no puede presumir de corazón.

El 17 de julio, muchos canales de televisión retransmitieron en directo la despedida más agria más ártica que ha vivido jugador alguno en el fútbol español en muchos años. El presidente del club, Florentino Pérez, leía un asombroso panegírico de Ramos, lleno de elogios y gratitudes y brillos del palmarés, pero lo leía como lo habrían leído Darth Vader, la esfinge de Giza o una máquina de hacer hielo: serio, plano, inexpresivo, casi despectivo, casi amenazador. Ramos se echó a llorar cuando le tocó hablar y trató de quitarle a aquel funeral todo el veneno, todo el rencor posible, que por su parte no existía porque el chico no sabe hacer eso. Y ahí se acabó la historia de Sergio Ramos en el Real Madrid. A pesar del voluntarioso “hasta luego” con que se despidió, y que la otra parte, seria e inexpresiva como una moneda de dos euros, hizo como que no oía.

Ahora da escalofríos consultar la entrada de Sergio Ramos en la Wikipedia y ver que, entre cientos de datos resplandecientes y gloriosos de tantos años, aparece una frase brutal: “Club: sin equipo”.

El león africano

El león africano (Panthera leo) es el segundo felino más grande que existe, quizá solo por detrás de Raúl y de Casillas, que en esa lista están empatados. Vive en las sabanas de África y es difícil encontrar un animal que esté más predispuesto para hacer bien su trabajo, que es cazar. Esto lo emprende en manadas perfectamente organizadas que actúan preferentemente de noche.

Cada manada de leones está gobernada por un macho (a veces son dos, casi siempre es uno) de impresionante melena: es el más fuerte, el más sabio, el mejor. Y casi siempre es el padre de todos los cachorros del clan, porque es el único que se aparea con las hembras. Es, sin discusión, el rey de la sabana.

Pero el tiempo pasa. Los cachorros crecen y se vuelven ambiciosos. Además, hay otras manadas de leones vecinos que pueden atacar a la del rey, para acabar con ella (cosa rara) o para asociarla a la suya. El gran león, noble y fuerte, se ve obligado a combatir para mantener su estatus, aunque haya que aceptar una bajada de sueldo. Afortunadamente para ellos, las manadas de leones tienen rey, pero no propietario. Sería todavía peor.

Pero llega, sin remedio, el día más temido. No hay nada más triste que ver a un gran macho viejo, derrotado en la pelea final, herido quizá en ese combate por quienes son sus hijos o han sido sus mejores apoyos; a lo peor ya desdentado e incapaz de cazar solo o masticar. Se aleja del club, digno pero con el corazón roto, sin ya ganas de vivir, y se deja morir de hambre, de sed y de amargura sin que nadie le vea. Lo ha sido todo para todos y ya no es nadie.

Mientras, la manada (que es lo más importante: esto lo dicen todos) sigue con su vida, con sus cacerías y competiciones, con sus presas y su jerarquía y sus nuevos cachorros, ignorantes todos por completo de qué es la gratitud. Y es que son leones. Son fieras. Si fuesen seres humanos, desde luego sería otra cosa.