María Dolores de Cospedal García nació en Madrid el 13 de diciembre de 1965, pero toda su infancia está vinculada a El Bonillo, en la provincia de Albacete. Es hija de Ricardo Cospedal Peinado y de María Luisa García Sánchez. Tiene dos hermanos. El padre, sobre ser ingeniero agrónomo, era aficionado a la política, como tanta gente en los tiempos de la Transición: militó en UCD y se embarcó en la llamada “Operación Roca” (el Partido Reformista Democrático de 1983) con la misma alegría e ilusión con que tanta gente se subió al Titanic. Los resultados fueron semejantes. Eso sí: el capitán de aquello, Miquel Roca Junyent (uno de los siete ilustres “padres de la Constitución”), pilló un bote salvavidas y ahí sigue.

De familia conservadora y desahogada, María Dolores comenzó a estudiar en el colegio Nuestra Señora del Rosario, que las monjas dominicas tenían (y tienen) en Albacete. Desde el primer momento se advirtió algo evidente: la niña era muy, muy lista. Y también muy mandona. Hizo el bachillerato en el ilustre Instituto Sabuco, que lleva dedicado a la enseñanza desde 1839: allí estudiaron Ramón Menéndez Pidal y Antonio Tovar, entre muchos más. Y por fin, superado sin problemas el bachillerato, María Dolores no lo dudó: lo suyo era el Derecho y, con 18 años, se instaló en Madrid para estudiar en la Universidad San Pablo CEU, privada y católica, hoy relacionada con Hazte Oír y otros grupos de la extrema derecha religiosa. Pero en los años 80 las cosas eran distintas.

Antes de la Universidad, María Dolores siguió los tristes destinos de su padre y se apuntó a las juventudes de aquel partido inspirado (desde la distancia, que es el olvido) por Miquel Roca. Fue un error que no repitió. Después de la hecatombe electoral, escuchó la voz de su conciencia, que le dijo: “Déjate de historias y ponte a estudiar”. Lo hizo. Se licenció en Derecho por su universidad católica. Sacó las muy difíciles oposiciones a abogado del Estado en 1991. La enviaron al País Vasco, sitio difícil. Se encontró bien. Luego volvió a Madrid, siempre como abogada del Estado y asesora, al Ministerio de Obras Públicas. Se encontró bien y lo hizo bien. Más tarde, en 1994, la nombraron jefa del Servicio Jurídico del Ministerio de Asuntos Sociales, que dirigía la socialista Matilde Fernández. También se encontró bien y también lo hizo bien: aquella chica atractiva y muy despierta de apenas 30 años parecía hacerlo todo bien y respirar muy a gusto, la pusieran donde la pusieran.

Aznar ya era presidente del Gobierno cuando Javier Arenas, ministro de Trabajo, le echó el ojo a aquella señorita de Albacete. Y le dio su primer cargo “de confianza” política: asesora de su gabinete. Ahí comenzó su despegue. Tras una breve estancia en Washington volvió al Ministerio de Trabajo, donde el nuevo ministro, Manuel Pimentel, la hizo secretaria general técnica. Y solo entonces, en 1999, cuando ya conocía el percal más que de sobra, Dolores de Cospedal cedió a las presiones que llevaba años soportando (sobre todo, las de Javier Arenas) y se afilió al Partido Popular.

Su carrera en el PP fue espectacular, quizá porque sabía en qué charco se metía. Allí, como en todos los grupos políticos, hay (son palabras de Churchill) amigos del alma, amigos corrientes, conocidos o saludados, rivales, enemigos, enemigos acérrimos y, por último, compañeros de partido. Cospedal es un ser marcadamente territorial: no es fácil compartir el mismo charco con ella. Pero Soraya Sáenz de Santamaría, otra estrella ascendente en el PP, lo era todavía más. El enfrentamiento resultaba inevitable. Unos y otros, muchos, pusieron su confianza en Cospedal. Jesús Posadas se la llevó al Ministerio de Administraciones Públicas. Ángel Acebes la reclamó para Interior y allí le tocó a la “albaceteña” coordinar todas las tareas de apoyo a las víctimas de la masacre del 11-M y a sus familiares. Fue lo mejor que hizo el gobierno en aquellos desdichados días llenos de mentiras y de protestas y de gritos.

Por todo eso perdió las elecciones el PP en aquel año triste, 2004, y Cospedal, tras la victoria de Zapatero, cambió de hábitat y aprendió a respirar de otra manera en el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, otra vez como jurista.

Pero era demasiado brillante como para dejar que se perdiera entre legajos remotos y montañas lejanas. En el mismo 2004, Rajoy la metió en el Comité Ejecutivo nacional del PP. Al año siguiente fue Esperanza Aguirre, hada madrina de tanto sinvergüenza, quien la incluyó en el Ejecutivo regional de Madrid. En 2006 fue “elegida” presidenta del PP en Castilla-La Mancha. Dos años después, en 2008, Rajoy la ungía somo secretaria general del PP, su número dos. Ya era senadora. Pronto sería diputada. Y en 2011 logró algo entonces inimaginable: derrotar a José María Barreda, sucesor de José Bono, y desalojar por primera vez al PSOE de la presidencia de uno de sus feudos mejor fortificados, Castilla-La Mancha.

En el PP no faltó quien dio la voz de alarma. Cospedal estaba acumulando mucho poder, demasiado, y eso era peligroso. Pero la manchega ya había logrado algo que solo está al alcance de algunas divas de ópera, no todas: que la gente obviase su nombre de pila y colocase el artículo “la” delante de su apellido. Así se la conocía como “la Cospedal”, lo mismo que la Callas o la Caballé o la Tebaldi. Y sus partidarios, que eran muchos, esperaban su momento de gloria repitiendo la invocación: “Menos mal que nos queda Cospedal”.

Hubo algunos problemas. En octubre de 2012, Cospedal y Soraya, que no se podían ni ver, tuvieron que acudir juntas a Roma, a la proclamación del abulense Juan de Ávila como doctor de la Iglesia por el Papa. Aquella foto de ambas con las espectaculares (y protocolarias) mantillas negras está en la historia. Pero hubo más: la fenomenal bronca que armaron las dos en plena misa, que oficiaba Benedicto XVI. Un choque de egos terrorífico. Ni la presencia divina ni el coro de la Capella Sistina bastaron para calmar a las dos fieras.

Con el PP de nuevo en el poder, Cospedal fue, además de secretaria general del partido, ministra de Defensa. Le tocó un hueso duro de roer: el intento de secesión de los independentistas catalanes. Pero había, desde años atrás, algo peor: la causa abierta contra el omnímodo tesorero del PP, Luis Bárcenas, por financiación ilegal del partido, tráfico contumaz de sobres y rapacerías varias. Al principio, el partido trató de hacer piña con aquel señor tan chulo al que tantos tenían tanto que agradecer… y tanto que temer. Y Cospedal, secretaria general del partido, que acababa de llegar de Roma, quizá sintió el soplo del Espíritu, que le concedió momentáneamente el don de lenguas. Así dio una rueda de prensa en arameo. Dijo:

“La indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido. Y como fue una indemnización indifi… en diferido, en forma, efectivamente, de simulación de…, simulación, o de…. lo que hubiera sido en diferido en partes de una…, de lo que antes era una retribución, tenía que tener la retención a la Seguridad Social”. Los teólogos y los especialistas en lenguas semíticas aún no se han puesto de acuerdo sobre lo que quiso decir, aparte de “sálvanos, Señor, que perecemos”.

Ese fue el principio del fin. Después de aquel ridículo, Cospedal se convirtió en la punta de lanza contra Bárcenas y, según algunos de los implicados en el caso, en la organizadora de un oscuro espionaje (la operación Kitchen) contra el antiguo factótum económico del PP, espionaje en el que se pudieron usar recursos del Estado. La magia de aquella mujer que parecía hacerlo todo bien y respirar bien en cualquier sitio parecía haberse quebrado.

Cuando Rajoy, descabalgado del poder por el inverosímil pacto de Iván Red… (perdón), de Pedro Sánchez con varios grupos de la oposición, dejó además la dirección del partido, llegó la hora de la verdad para las dos erinias, Cospedal y Santamaría. Ambas compitieron por la presidencia del partido con furia indochina. El resultado fue que el gato se lo llevó al agua un muchacho joven y mucho menos conocido que ellas, Pablo Casado, pero que al menos tenía la virtud de no tener a la militancia hasta la coronilla (mejor fuese decir, en este caso, “hasta la peineta”) con peleas de epítetos, rencores inextinguibles y egos revueltos.

Cospedal dejó la política, al menos la primera línea que llevaba ocupando tantos años, y volvió a la abogacía. Ahora trabaja en el despacho CMS Albiñana & Suárez de Lezo. También allí se encuentra bien y lo hace bien, como siempre. Pero, como sin duda habría dicho Miguel Delibes, “la sombra de Bárcenas es alargada”. Y la de Villarejo lo es mucho más. El pérfido comisario, que graba hasta los ronquidos, ha ido soltando archivos de sonido que dejan a Cospedal (y también a su segundo marido, Ignacio López del Hierro) en una situación angustiosa por su presunta obstaculización de la investigación de la corrupción en el PP.

Lo que Cospedal quizá no haya imaginado es que Pablo Casado haya decidido dotar al partido de una memoria parecida a la que tienen los peces: ninguna. Lo que pasó antes de mí, o no existe, o no existió nunca, o yo era muy pequeño y no me acuerdo, o no es cosa mía porque es el pasado, y acabamos de decir que el pasado no existe. Así que “Hakuna Matata”: canta y sé feliz, caiga quien caiga. Y ahora quien bien podría caer sería nada menos que María Dolores de Cospedal, que está a un paso de ser expulsada del PP por aquel muchacho al que ella ayudó decisivamente, cuando lo necesitaba, a ser presidente del partido. No lo habría sido sin esa ayuda. En política hay fangos muy espesos y muy tristes. Qué argumento para Shakespeare.

El gobio tropical

El gobio tropical o del sur es un pez de la amplia familia de los Periophthalmus al que mucha gente conoce como “pez del fango” o del lodo. Es un curiosísimo animal que habita en los mares australes, desde el Atlántico hasta el Índico, y que tiene varias características que lo singularizan extraordinariamente.
Primera y menos importante, sus ojos saltones, que asoman por encima de la cabeza como si necesitase verlo todo o controlarlo todo. Esto le ha hecho aparecer en varios capítulos de la serie Los Simpson. Segunda, su curiosísima aleta dorsal que, nos pongamos como nos pongamos, recuerda claramente a una peineta tradicional española, aunque lógicamente sin mantilla. No se puede tener todo.

La tercera: es un pez anfibio. Pero anfibio de verdad: es un pez pulmonado que puede vivir perfectamente fuera del agua durante periodos a veces bastante largos. Y respira bien y está bien y no le pasa nada. Aunque, como es lógico, antes o después acaba volviendo a su elemento natural. Que es donde manda. Porque el pez del fango se llama así porque suele vivir en charcos en los que no consiente que haya rivales, sobre todo si también llevan peineta y si también aspiran a la presidencia del charco. Las peleas son terroríficas.

Y lo más singular: cuando el sol calienta la tierra y los charcos se secan (cosa que, bien mirado, puede pasarnos a todos), el pez del fango se entierra en el barro, se queda quieto y silencioso como un diputado de provincias y suspende casi totalmente su metabolismo. Podría decirse que hiberna pero no, porque frío no hace. Simplemente se autodesconecta de la vida y se queda ahí, como muerto pero vivo, hasta que regresa la humedad: entonces el pececito despierta y sigue con lo que estaba haciendo, sus chapoteos en el barro, sus agrias peleas con los rivales y sus paseítos por el campo.

Claro que en la vida del pez del fango no existen los bárcenas. Ni los villarejos. Ni la gente que te apuñala por la espalda y convierte tu vida en un perpetuo erial de tierra reseca para siempre. Ahí es cuando el pez del fango repliega definitivamente la peineta y entrega su alma, pobre chaval.