Luis Enrique Martínez García, Luisín para sus padres, Lucho para los amigos, Luis Enrique para casi todo el mundo, nació en Gijón el 8 de mayo (buenísima fecha) de 1970. Es uno de los tres hijos de Luis Martínez y de Nely García: una familia de clase media-media que ha pasado toda la vida entre la ciudad portuaria asturiana y Soirana, un pueblo a medio camino entre Luarca y Navia.

Poco se sabe de los estudios de Luis Enrique. Y poco importa eso. Sí está documentado que de guaje era un trastu, que se pasaba la vida entre el tenis, la playa y la bici (esto lo dice su padre), que tenía muchísimo amor propio, que llegó a poner copas en un chigre que se llamaba El Ahí y que su ilusión era jugar al baloncesto, pero… era bajito para eso. Su metro ochenta (por el que muchos venderíamos nuestra alma en e-bay) no bastaba para entrar en la elite de la canasta, así que se decidió, qué remedio, por el fútbol. Eso sí: hiciese lo que hiciese, su ambición primera era destacar, llegar a la cumbre.

Comenzó a darle patadas al balón en un club de fútbol que se llamaba Xeitosa. Luego pasó a los alevines del Sporting de Gijón, en la escuela de Mareo (tenía once años). Algo pasó ahí porque Luis Enrique, un adolescente de catorce años, se fue a jugar al Club Deportivo La Braña, y ahí se quedó hasta que alcanzó la mayoría de edad. Fue entonces cuando el Sporting decidió recuperarlo… para meterlo en uno de sus filiales, que jugaba en los abismos de la tercera división. Pero el chaval llamaba la atención y a los 19 años debutó con el primer equipo en un partido contra el Málaga. Su primer sueldo como futbolista fue de 20.000 pesetas. Vayan los más jóvenes de los lectores a la Wikipedia para enterarse de qué eran las pesetas y para qué servían.

En el Sporting, que era su ilusión infantil, duró poco porque el chico era muy bueno: acababa de cumplir los 21 cuando lo fichó el Real Madrid. Fueron tiempos convulsos, llenos de gloria y también de amarguras. Eso solía depender del entrenador. Radomir Antic y Benito Floro no le tenían simpatía. Valdano lo adoraba. En enero de 1995, Luis Enrique fue uno de los protagonistas de la memorable paliza que el Madrid le atizó al Barça de Cruyff: cinco goles como cinco soles, y uno lo metió él. Pero al año siguiente todo salió mal y el asturiano acabó dejando el club blanco. ¿Y por quién fichó? Era fatal: por el Barça.

Estas son cosas que, solo en algunos casos, los aficionados no perdonan en la vida. Dejar el quipo para fichar por el máximo rival no se considera –repitámoslo: a veces, no siempre– un cambio de trabajo sino directamente apostasía, y entiéndase la apostasía como la entiende el Islam: el peor de los crímenes imaginables, que solo se lava con sangre o con la lapidación pública. Le pasó a Luis Figo. Le pasó a Luis Enrique. Nadie parece recordar hoy que San Alfredo Di Stefano, que está en el cielo madridista sentado a la derecha de don Santiago Bernabéu, jugó también en el Barcelona. No es más que un ejemplo.

El caso es que Luis Enrique se fue al Barça en 1996 y, al año siguiente, se casó con Elena Cullell, que pertenecía a una de las familias de la “aristocracia del dinero” catalán, con una educación exquisita. Tuvieron tres hijos: Pacho, Sira y Xana. El jugador metía muchísimos goles con el Barça de Van Gaal; cuando llegaron Serra Ferrer y Rexach, pues no tantos. Seguían siendo tiempos convulsos y tornadizos que no sentaban bien a un tipo como Luis Enrique, que es todo corazón y sentimiento, que no tiene más que una cara y que hace lo que siente, pero sobre todo siente lo que hace… y lo que le hacen, para bien o para mal. Se fue ensimismando. Se volvió más reservado y cauteloso. Nunca aguantó a la prensa, pero es que cada vez se le notaba más. Perdía los nervios ante los micrófonos y, esto sobre todo, aprendió a usar su voz cascada, aguda, casi afónica, para no dar titulares, para no hacer chistes, no salirse del surco, para no decir lo que quería decir. Se fue aislando y se refugiaba en su familia, la de Soirana en Asturias y la propia, en Gavà, Barcelona.

Jugó, desde luego, con la selección nacional. Participó en 62 partidos y metió doce goles. De su pundonor quedó para siempre un ejemplo: el del 9 de julio de 1994, en Boston (Mundial de EEUU), frente a Italia. Un perverso Mauro Tassotti aprovechó que el árbitro húngaro (un tal Puhl) estaba, según su costumbre, contemplando la puesta de sol y pensando en sus cosas, y le atizó a Luis Enrique un codazo en la cara que le partió todo lo partible. Lucho, lleno de rabia, de lágrimas y de sangre, aullaba; habría llegado hasta el crimen, sobre todo con el bucólico Puhl, que no pitó nada. Pero lo sujetaron. España fue eliminada. Años después, en 2011, Luis Enrique le dio la mano al pérfido Tassotti sin ser obligado a ello por la Guardia Civil, lo cual lo dice todo de su honestidad y de su buen corazón.

Etapa como entrenador

Se retiró como jugador, desde luego en el Barça, en mayo de 2004. Comenzó entonces una irregular carrera como entrenador. Durante tres años dirigió al Barça B. Luego se fue a la Roma. En 2013, a Vigo, a entrenar al Celta. Y por fin, en mayo de 2014, volvió al Barça, pero esta vez como entrenador. Fue una pura gloria. Entre mayo y junio de 2015 el equipo ganó la Liga, la Copa del Rey y la Champions, un “triplete” que el equipo no lograba desde 2009. Y su última Liga de Campeones había sido en 1992, cuando Luis Enrique tenía 22 añitos y acababa de llegar al Sporting.

Pero el fútbol, como todas las grandes emociones de la vida, es perverso. En casos como este los aplausos y los vítores se los llevan los jugadores, sobre todo los goleadores; el entrenador, menos. El entrenador es una figura que está ahí para tener la culpa de todo cuando las cosas van mal, pero la gloria de la victoria está mucho más repartida. Es uno de los trabajos más estresantes y desagradecidos del mundo. Luis Enrique dejó el banquillo del Barça para dirigir a la Selección Nacional, en julio de 2018. Todo parecía ir bien hasta que la desgracia se abatió sobre su familia.

Su hija Xana, de nueve años, falleció en agosto de 2019 después de cinco meses de luchar contra un cáncer de huesos. Y Luis Enrique se vino abajo. Su propensión a la soledad se acentuó. Ni siquiera la bici, a la que se entregó con su habitual pasión desde que dejó de jugar al fútbol (ha subido el Tourmalet, ha pedaleado en los Alpes, en toda Asturias y casi en todas partes: siempre montaña y frío) le sirvió esta vez.

Se repuso lo bastante como para acabar con el “juego de las sillas musicales” que venía padeciendo el puesto de entrenador de la selección nacional desde que él se fue. Pero se recuperó y en el otoño de ese mismo año regresó, con la mente puesta en la Eurocopa, en el Mundial y en la renovación de una selección (la que ganó en Sudáfrica) única en la historia.

Pero llegó la pandemia y todo volvió a estropearse. Ahora, cuando faltaban apenas unos días para el comienzo del Campeonato de Europa, dos de los jugadores seleccionados por Luis Enrique dieron positivo por la covid-19. Pero ahí entró lo peor de la política. Después de haberlo pedido dos meses atrás, rápidamente se decidió vacunar a todos los jugadores de la selección, villanía de la cual tiene la culpa Sánchez; también se llegó a pensar en no vacunarlos y en retirar al equipo de la competición, villanía de la cual también habría tenido la culpa Sánchez (todo esto según la derecha y la extrema derecha, desde luego). El caso es que, cuando se escriben estas líneas, los jugadores han sido ya vacunados, no sin que Luis Enrique padeciese su personal Gólgota en las ruedas de prensa que le siguen poniendo enfermo (esa voz áspera, casi agonizante), como le ha pasado toda la vida. Con lo bien que se está callado, dirá él. Y no le falta razón.

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El panda rojo (Ailurus fulgens) no es un oso, a pesar de que todo el mundo le llame así y que con tal nombre haya aparecido en las clasificaciones durante décadas. Es el único representante en la tierra de la familia de los ailúridos. No valdría para jugar al baloncesto, porque es demasiado pequeño (como mucho, 60 centímetros) y pesa poco. Vive en zonas altas, húmedas y frías, como los Himalayas, el sur de China y hasta Birmania.

Es un bicho de aspecto adorable, con cara de cierta ternura y un espeso pelo rojizo, pero a la vez es un animal pundonoroso y, quizá por ello, con una irreprimible tendencia a la tristeza. Tiende a estar solo. Es muy habilidoso, ágil y elástico (sería un gran regateador, por ejemplo), pero le pierde su carácter. Es, por así decir, un poco agonías. No es que sea insociable, pero tampoco es lo que se dice saleroso: prefiere el aislamiento y hacer a solas lo que tiene que hacer, ya sea alimentarse (le encanta el bambú), vigilar su territorio o cuidar de sus crías.

Los científicos han tardado mucho tiempo en escuchar la voz del panda rojo, por lo mismo por lo que es uno de los animalitos menos filmados del mundo: huye de la prensa, el puñetero. Es difícil dar con él y mucho más difícil escuchar su voz. Que no es, por decirlo de una vez, lo más bonito que tiene el panda rojo, ni mucho menos. Una especie de aullido, o ladrido, cascado, agudo y breve. Convence este animal por su habilidad y por su innegable atractivo; por su meticulosidad y por el celo con que cuida a su progenie, pero desde luego no por lo que dice ni por cómo lo dice.

Un bicho de buen corazón, el panda rojo. Pero primero tienes que ganártelo. Y es desconfiado. Le pasa a mucha gente.