La última oleada de la corrupción, con el cimbronazo del ‘caso Lezo’, la detención de Ignacio González y el goteo subsiguiente de filtraciones, escuchas y conversaciones, es el episodio más molesto e incómodo de cuantos golpean los cimientos de Moncloa. Un ministro, el de Justicia nada menos, y dos fiscales, han sido reprobados. Un hecho sin precedentes. La oposición en pleno teje una red asfixiante en torno al Gobierno. Rajoy debe comparecer doblemente ante la comisión que investigará las finanzas del PP. Podemos ha presentado una moción de censura, que aunque brotó difunta, hará ruido y propiciará titulares molestos. Y, lo que más duele: el presidente deberá declarar como testigo ante los tribunales por el ‘caso Gürtel’. Por primera vez en nuestra democracia, un jefe del Ejecutivo es citado por los jueces.  

La victoria de Pedro Sánchez en las primarias socialistas es el segundo elemento de inquietud. Poco se podrá contar con el futuro PSOE, comentan en Moncloa. El ‘no es no’ ha vuelto. Y, derrotado en dos elecciones generales, se cree vencedor. Encaramado en su soberbia, sólo tiene un objetivo, dicen en el PP: pisar la moqueta de Moncloa. Quizás ni siquiera se avenga a acordar cuestiones de Estado. Como Cataluña. Y aquí aparece el fantasma del tercer caballo del preApocalipsis. “Parece que ahora van muy en serio”, susurran en círculos del Gobierno. Ahora, sí. Ahora ya abandonan los ministros su sepulcral silencio, su camuflaje de estatuas silentes y se lanzan en tromba a recitar la frase tabú: “Esto es un golpe de Estado”. Hay preocupación en los despachos del poder. Vaticinan un verano caliente y avizoran escenas ingratas. Agosto puede ser el mes del gran zarpazo.

El chantaje y otras amenazas

Tras la celebración del último Comité Ejecutivo del PP, Rajoy se dignó a comparecer, sorprendentemente, ante los periodistas. Se mostraba agrio e irascible. Un terno de hace ocho temporadas, al menos, y una corbata impensable redondeaban el inhóspito cuadro. Emitió un severo mensaje contra “el chantaje y las amenazas” de los independentistas. Los reproches habían subido de tono. La escalada verbal ascendía, vertiginosa, hacia el sobreático. El presidente rechazó a manotazos dialécticos cualquier cuestión de los periodistas sobre el nuevo líder del PSOE “No le he telefoneado por no molestar”.

Tensión y nervios en Moncloa. Se aventura una temporada de refriegas y desgaste. Sánchez es un inconsciente impredecible. El volcán de la corrupción está incandescente y amaga con nuevas erupciones. Lo de Cataluña, ahora definitivamente sí, empieza a salirse del cauce. El triángulo más temido, la tormenta perfecta.

Hay nervios en Moncloa. Sánchez es un inconsciente impredecible. El volcán de la corrupción amaga con nuevas erupciones. Lo de Cataluña, ahora sí, empieza a salirse del cauce

“Está preocupado”, comentan quienes conocen bien al presidente. Demasiadas corrientes de aire para quien no le gusta que se mueva ni un papel. Se muestra incómodo y pesaroso. “No parece él. Cuando Sánchez intentó su investidura, era el único tranquilo, quien serenaba los ánimos, quien pedía paciencia, quien transmitía confianza, quien anunciaba una victoria futura. Las cosas han cambiado”, añaden.

El curioso tándem Cifuentes-Cospedal

Por ejemplo, se tomó muy mal la súbita y vehemente reacción de Cristina Cifuentes tras conocerse los papeles de la UCO ‘filtrados a traición’ no se sabe por quién. Rajoy le telefoneó, cortésmente, animado por Dolores de Cospedal, quien se ha convertido, repentinamente, en la más fiel valedora de la presidenta madrileña. Han olvidado viejas pendencias, recuperado el viejo compañerismo, la camaradería perdida, espoleadas por rivales comunes con un retrato de Esperanza Aguirre al fondo. Y Soraya, en el frontispicio.

“Absolutamente”, fue la única palabra que el presidente pronunció en público al ser interrogado sobre si mantenía su confianza en Cifuentes. La líder madrileña arremetió contra la UCO en una comparecencia que se juzgó excesiva. “La Maroto madrileña”, como la llama gente de su partido, por su empeño en hacerse con la bandera de la lucha contra la corrupción, al estilo de Javier Maroto, el vicesecretario del partido, en el episodio de Rita Barberá, había recibido una calderada su propia medicina. Colocó en su momento el listón de la exigencia ética dos palmos por encima del partido. Y del propio presidente. “Si quiere hacer de Cid Campeador, que lo haga, pero que mida sus fuerzas y que compruebe quién la sigue. Quizás esté más sola de lo que piensa y quienes tiene a su lado se lo ocultan”, explica una veterana voz del PP.

Reaparecen las cábalas sobre el futuro, al igual que ocurrió tras la triste victoria del 20D, las elecciones que abrieron el camino al largo año de Gobierno ‘en funciones’ y el proceloso proceso de investidura. Todos contra todos. Otra vez las zancadillas y las campañas subterráneas. Y, desde luego, las cábalas, las quinielas, la sucesión.

Cifuentes figuraba en todas ellas. Era la gran revelación, la figura ascendente, inmaculada, renovadora, valiente y con carisma. Hasta que la maldita filtración le golpeó con saña. “Fuego amigo”, se dijo. Y las miradas se volvieron hacia el inevitable despacho de Soraya Sáenz de Santamaría. La vicepresidenta, siempre ajena a todo, puso su mejor cara de ‘pasaba por ahí’.

Cifuentes figuraba en todas las quinielas de la sucesión. Hasta que la maldita filtración le golpeó con saña. "Fuego amigo", se dijo. Y las miradas se volvieron hacia Sáenz de Santamaría

Ni siquiera cuando medio Gobierno se lanzó en tromba contra los independentistas catalanes, tras conocerse el borrador de la ‘ley de Secesión catalana’, el bodrio totalitario que guiará los pasos hacia la ‘desconexión’, Santamaría amagó con modificar su discurso de sosiego. La responsable de la ‘Operación diálogo’, un fiasco sin demasiados paliativos, evitó sumarse a la denuncia general del ‘golpe que viene’. Recluida en el Sancta Sanctorum de Presidencia, dirige con tino su pequeño ejército de abogados del Estado, técnicos y asesores que, llegado el caso harán frente a la sedición. El plan de la respuesta del Estado ya se ha perfilado. Los ministros están alertados. El Constitucional, a punto. Y Soraya, en su atalaya de la Moncloa, reúne cada jueves a los subsecretarios y se encarga del día de que funcione el mastodóntico aparato de la Administración. Montoro, a su vera, afila el lápiz, cuadra los números y ajusta las cuentas.

Ha recuperado Soraya la confianza del presidente, cuentan los conocedores del lugar. El ‘frente catalán’ es suyo. Jorge Moragas la pifió, dicen, cuando las urnas de cartón del 9N. Convenció a Rajoy de que aquello era una pantomima, una mascarada. “Pero votaron. Sin censo, sin padrón, sin interventores, sin observadores…pero votaron”. La vicepresidenta le hace carantoñas a Junqueras, almuerza con empresarios, habla con periodistas y hasta tiene tiempo de ir a la peluquería.

Ha recuperado Soraya la confianza del presidente, cuentan los conocedores del lugar. El ‘frente catalán’ es suyo. Jorge Moragas la pifió, dicen, cuando las urnas de cartón del 9N. Convenció a Rajoy de que aquello era una pantomima

La vicepresidenta acaricia también esperanzas de futuro. Lucha contra un obstáculo tan sabido como quizás insuperable. El partido no la conoce, no cuenta con ella. Cospedal, descartada prácticamente para la pugna sucesoria, le ha cerrado puertas y alimentado recelos. Soraya fue desalojada de la portavocía del Gobierno igual que Cospedal perdió el mando de Génova. Aparecer todos los viernes a la hora del vermú en las televisiones de toda España era una excepcional plataforma para catapultar cualquier ambición. Rajoy le retiró esa silla y se la encomendó al prudente Méndez de Vigo. Cospedal fue gratificada con la cartera de Defensa pero perdió el partido. Los juegos de equilibrios del presidente.

Un desconocido en la sala de máquinas

En Génova dirige y controla la sala de máquinas Fernando Maíllo, el discreto zamorano que nadie sabe a ciencia cierta de dónde ha salido, quién le apadrina. Goza de la absoluta confianza del presidente. Tiene fama de laborioso y eficaz. Sacó adelante un Congreso Nacional impecable, que casi se lleva por delante a Cospedal, y ha logrado cerrar los congresos regionales y provinciales sin demasiadas averías.

Maíllo es insustituible, una especie de Javier Arenas en sus buenos tiempos, pero con menos lecturas y menos colmillo”, comentan en el PP. La pifió con el episodio murciano. Confió en la palabra de Pedro Antonio Sánchez, el presidente regional, y le engañó. Rajoy le creyó y resbaló. PAS tuvo que dimitir, a empujones de Ciudadanos, y acaba de ser imputado. Un tropezón para Maíllo sin graves consecuencias en su firme carrera. Tiene las terminales del PP engrasadas, los dirigentes regionales comen de su mano y es el último en apagar la luz.

Sumidos en una creciente zozobra, condenados a una legislatura árida y farragosa, hostigados por tres enemigos quizás irreductibles (corrupción, Sánchez y Cataluña), los dirigentes populares miran a Rajoy de reojo. Y otean el horizonte. Por allí sólo aparece Núñez Feijóo, agazapado en la esquina occidental, acolchado por su mayoría absoluta, con trayectoria aquilatada y ‘baronía’ consolidada. Es la única mayoría absoluta que le ha quedado al PP. “Feijóo es la persona”, dicen quienes escuchan al presidente. La cotización del eterno delfín se mantiene firme. Y hasta crece. No hace ruido, es discreto, pero sus terminales en Madrid le mantienen informado al detalle de cuanto ocurre. Y mueve sus hilos. Hace ver que Galicia le retiene y su nueva familia le absorbe. Pero está allí, a la espera.

Rajoy confía en llegar a 2019 con el respaldo del PNV, más firme de lo que se dice, y la compañía hostigante de Ciudadanos. Entre el brumoso cielo, contempla con serenidad el acuerdo sobre los presupuestos, que esta semana entran en su gran fase parlamentaria. Y dentro de unos días, abordará lo de 2018. Si los vascos no ceden, prorrogará y a las urnas. En el 2019 se despejará la gran incógnita. ¿Habrán hecho mella en ánimo de amianto los zarpazos de los tres monstruos que ahora le acechan? ¿Dirá basta? ¿De gallego a gallego?