El Liberal - Política

Ecos de la prensa independentista: proliferan los charlatanes

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una intervención en el pleno del Congreso.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una intervención en el pleno del Congreso. Europa Press

Santi Vila, en La Vanguardia, descubre "horrorizado" que, según demuestran las encuestas, la gran mayoría de la gente aprueba o reprueba la gestión de un gobierno, según cuál ha sido el sentido de su voto, por lo que se puede decir que han pasado de ciudadanos a hooligans

"El 90% de los catalanes habitualmente votantes de partidos soberanistas están encantados con la gestión de su Govern y, por su parte, más del 80% de los ca­talanes que acostumbran a votar partidos con implan­tación también en el resto del Estado la reprueban sin ambages".

Este fenómeno no es nuevo, pero en los últimos años ha experimentado un incremento notable. Las redes sociales propician el acceso selectivo a la información, de tal manera que el ciudadano atiende sólo a los datos y a las opiniones que reafirman sus ideas al tiempo que rechaza los que vengan a importunarlas.

"Los independentistas parecen encantados escuchando como sus gurús de siempre (los mismos que les auguraban que el advenimiento de la república era inminente) ahora les cuentan que los catalanes estamos a un paso de descubrir la vacuna de la covid-19, que tenemos los mejores ­especialistas del mundo en virología o que los españoles son unos salvajes irrespon­sables".

Vila, después de presentar varios ejemplos de que también en el resto de España "persiste el espíritu fratricida de siempre", lamenta "el arrasamiento, aquí en Cataluña, del solar centrista del espacio posconvergente". También hace explícito su rechazo a los despropósitos del presidente Torra, con sus "indiscriminadas su­bidas de impuestos en plena recesión", y reivindica el buen hacer de "los gobiernos ­business friendly inspirados por el conseller Mas-Colell".

Respecto a la fe ciega de tanta gente en líderes extremistas que estimulan las bajas pasiones, concluye: "En Cataluña, en el conjunto de España, todos parecemos plácidamente conformados siguiendo la propia religión sectaria, sin percatarnos de que, al hacerlo, desdibujamos nuestra condición ciudadana y nos convertimos cada día en algo más pobres de espíritu, en verdaderos animales gregarios, asustadizos o soñadores en función de los predicadores de moda que, para mayor desgracia, encima siempre son los mismos".

Recordemos que Santi Vila dimitió del gobierno de la Generalitat sólo unas horas antes de que el Parlamento aprobara la declaración de independencia.

¿Las calles siempre serán suyas?

Martes a las ocho de la tarde: pequeñas manifestaciones de la CUP en distintos puntos de Barcelona. Los propios organizadores reconocen que no estaban autorizadas, pero algunos medios parecen sorprenderse de que la policía haga su trabajo.

Véase ACN: "Los Mossos d'Esquadra han impedido (…) que se desarrollasen con normalidad diversas manifestaciones…" ¿La normalidad sería renunciar a disolverlas y no pedir la identificación de los presentes? ¿O, mejor, ni siquiera presentarse?

Otra vez han vuelto los Mossos de la represión es el alarmante título de larepublica.cat. "Las caceroladas en la calle ya no sólo se hacen en el barrio de Salamanca de Madrid": así comienza su crónica elnacional.cat. Y explica por qué se ha producido la detención de un individuo: "Se ha negado a identificarse, ha escupido a los agentes y les ha dado un golpe con la cazuela".

Vilaweb tampoco tiene reparos en ponerse de parte de los manifestantes ilegales:Tensión en una protesta en Gràcia porque un operativo de los Mossos trata de impedirla. Ninguna tensión porque unas decenas de manifestantes se salten todas las normas vigentes.

El episodio ha permitido a los de la CUP reiterar los lemas habituales: "Estado policial", "La policía nos intimida rodeando los barrios"… Más o menos como la invasión de Polonia.

Un manifestante esgrimía una pancarta de fabricación casera que sintetiza el pensamiento mágico del partido: "El virus es el capitalismo. La vacuna, la solidaridad". Tomemos nota.

Dicen que la idea es "cambiar los balcones por las plazas2 y parece que quieren repetir la función cada martes.

La ciudad está en peligro

No es una crisis, es una oportunidad: he ahí un tópico recurrente. Y esta crisis, primero sanitaria, después económica, representa una gran oportunidad para los charlatanes y curanderos de la política. Ante el desconcierto de la mayoría, intentarán aplicar sus recetas de raíz totalitaria o al menos crear una tendencia favorable a sus planteamientos.

En medios como Directa.cat o Elcritic.cat se encuentran ensayos que indican el camino a seguir por las organizaciones de extrema izquierda, que, ante la dejadez o la complicidad de sus eventuales socios de gobierno, tienen barra libre en muchas administraciones, locales, autonómicas y ya incluso en el gobierno central.

Por ejemplo, La ciudad después del coronavirus…

Al empezar diciendo que las ciudades han sido concebidas "para servir al sistema capitalista y a las necesidades cotidianas del hombre blanco estandarizado", ya se ve que nos quieren llevar a un proceso de lo más revolucionario:

"Varios colectivos ecologistas, probicicleta y expertas en urbanismo están empezando a presionar a las instituciones para que lo que se haga sea una reestructuración total de las ciudades, ya que afirman que lo que se necesita no es un cambio superficial y momentáneo, sino alejarse de aquello para lo que están pensadas, aprovechar la crisis y realizar cambios estructurales a largo plazo".

Algunas de las propuestas que van a esgrimir próximamente son reducir la velocidad de los vehículos en vías urbanas (máximo 30 km/h) e interubanas, y modificar la calzada "para dar prioridad a las peatonas, la bicicleta y el transporte público". El objetivo debe ser que ir en coche sea más lento que ir a pie.

Sorprende la alternancia entre conclusiones presuntamente científicas —como que "las zonas con más polución están sufriendo mayores tasas de mortalidad y morbilidad debido al coronavirus", pasando por algo que esas zonas también suelen ser las más densamente pobladas— con observaciones totalmente subjetivas —"si caminas por la calle en horas “productivas” ves que el espacio se está masculinizando muchísimo y que son pocas las mujeres que hay en el espacio público"; ya deben estar pensando en impedir que los hombres blancos estandarizados salgan sin un salvoconducto emitido por la comisaría del espacio público—.

La buena noticia es que no hay mal virus que por bien no venga: gracias al confinamiento "los niveles diarios de dióxido de nitrógeno en Barcelona han pasado de estar por encima de los niveles recomendados por la OMS a situarse por debajo". Lo que no es ninguna sorpresa: todo está por debajo de los niveles en que estaba antes.

¡Que se vayan de una vez!

Josep López de Lerma, que fue diputado por CiU en el Congreso durante siete legislaturas, de 1980 a 2004, y que se distanció sin ambigüedades del proceso independentista, afirma en el Diari de Girona que hay que acabar con el desgobierno Torra

"Los 24 meses pasados en Palau han sido un paréntesis inútil entre los graves errores del pasado y la tímida esperanza en un futuro que parece pasar por ERC. Torra nos ha llenado las páginas de la historia de frases pretendidamente épicas, y nada más que eso, que se las tragan los suyos como lo hacen las ocas cuando les ponen un embudo y les dan de comer".

Así retrata a los dos grandes partidos independentistas, ahora que se acerca el fin:

"En Puigdemont vuelve a su pureza inicial: nunca ha hecho nada que haya salido bien y además vive a cuerpo de rey en un palacio que pagan los benefactores del independentismo de feria. Los republicanos del canónigo Junqueras saben que la sesión ha terminado y que sólo falta bajar la cortina que separa el escenario de un público desencantado por la obra representada".

El fin de un "gobierno de asco" que vive en "una cotidianidad de vergüenza, catarsis y vendetta, una lenta y sarcástica agonía", parece más próximo desde esta visión de un veterano de la política, pero los últimos años nos han acostumbrado a la pertinaz resistencia de los aficionados cuando tienen que abandonar el escenario.



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