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Marcos Sierra

Economía

El pornográfico desastre de las aplicaciones contra la covid-19: son una castaña pilonga

Fueron anunciadas a bombo y platillo pero sólo han servido para que Google y otras empresas gestionen, gratis, datos sensibles de miles de ciudadanos

Imagen de una médico con un móvil.
Imagen de una médico con un móvil. Europa Press

Es el español un electorado que se mueve por estereotipos que refuercen y estimulen su pensamiento ideológico. Los bulos dejan de serlo cuando encajan con lo que uno piensa. Somos postura, gesto, el peinado más allá del cerebro que recubre.

Somos la sociedad de Instagram, una aplicación válida para que algunos satisfagan los deseos de la carne en toda la dimensión de la palabra. Somos imagen, que no hechos. Nos movemos persiguiendo sombras pese a que sabemos que detrás no hay nadie.

Nos la han vuelto a colar. La carrera por lanzar una app con la que combatir el coronavirus ha sido el último crecepelo. Estéril. Inútil. Madrid fue la primera ciudad que abrió el telón del carromato de una aplicación desarrollada por Telefónica, Ferrovial, Mendesaltaren, Carto y Goggo Network, la empresa de Martín Varsavsky, entre otras corporaciones. La hicieron a coste cero, con Google entre bambalinas, porque la norteamericana tiene un olfato especial para estar allí donde pueda haber un buen saco de datos. En el caso de la app de marras, el buscador ha puesto a disposición de la causa la tecnología Google Cloud. Los datos de los usuarios se alojarán en sus servidores pero desde la compañía explican que en ningún caso tendrán acceso a ellos.

Los primeros días del desarrollo de CoronaMadrid, la app de Isabel Díaz Ayuso, el Gobierno nacional se mostraba altivo, receloso: "No contemplamos esa posibilidad", respondían a preguntas de este medio. A los pocos días lanzaban una propia con el mismo equipo que hizo posible la de Madrid.  El ruido que generó la aplicación del gobierno madrileño fue irresistible; ¿y si aciertan y yo no?

Las empresas tienen aún más datos de ciudadanos españoles. Pero son gratuitas, como Instagram

Así que crearon una app con la que, como el anillo de Tolkien, aspiraban a controlarlas a todas. ¿A todas? Sí, porque vascos y catalanes también crearon las suyas. A nadie se le ocurrió que era más práctico hacer una para todos y ahorrar en tiempo, desarrollo, y ganar en unificación de esfuerzos y datos. Pero nada, elegimos Mordor. Hoy hay más de una treintena de apps para combatir el coronavirus. ¿Habíamos dicho que España era la sociedad de Instagram? Pues he aquí un ejemplo más.

Las apps son balas de fogueo por muchos motivos. El lanzamiento exitoso de un desarrollo de este calibre depende de la generosidad del usuario a la hora de ceder sus datos, de permitir su tratamiento; pero Europa es un elefante orgulloso. Camina sin brújula y protege en exceso a sus ciudadanos.

Sonreímos a Google. La norteamericana accede a nuestra ubicación cuando usamos el GPS, nos escucha a través del micrófono del móvil y vende productos en base a nuestras conversaciones. Instagram -de nuevo- ha llegado a ofrecerle un implante de pelo a mi gran amigo Manu, cuyas fotografías delatan que no anda muy bien capilarmente hablando. Sin embargo, no nos hace tanta gracia que sea el Gobierno quien reclame nuestros datos para mezclarlos con los de otros ciudadanos y conocer el riesgo de contagio. Si es para que Google venda publicidad, vale todo. Si es para que un Gobierno salve vidas, nos asaltan las dudas.

Las apps contra la covid-19 desprenden un tufo a publicidad gubernamental -nacional y autonómica- insoportable. Su efectividad máxima depende del rastreo de la ubicación en tiempo real y la compartición de los datos entre ciudadanos. Básicamente, lo que han hecho los chinos, que cuentan con la 'ventaja' que otorgan las odiosas dictaduras en estos casos. La aplicación es de obligado uso para moverse por la calle. Está basada en un sistema que juega con las luces de los semáforos. Luz verde: libertad de movimientos. Amarilla: sospechoso de contagio. Roja: en casa confinado. Estas luces se generan en función del estado de salud -se obligaba a rellenar un cuestionario- de cada ciudadano y del contacto o cercanía con otras personas al salir a la calle a comprar, ir al médico, acceder al transporte público... Funcionarios chinos comprueban de forma indiscriminada que quienes están fuera de casa cuentan con la correspondiente luz verde en su móvil. Pobre del que pise la calle con el semáforo en rojo.

Un gatillazo digital

Es algo impensable en España; las apps aquí son de uso voluntario. Bendita democracia, a pesar de que todo ha resultado ser un postureo infame. Las respuestas desde Sanidad, Economía y algunas comunidades autónomas sobre el papel de las apps para combatir el coronavirus no encajan con las expectativas iniciales: "Se han usado para descongestionar las visitas a los centros sanitarios y las llamadas al 112, para que el aislamiento se cumpliera...".

Ha sido un gatillazo digital. El chulo de discoteca con el cuerpo esculpido por el mismísimo Miguel Ángel prometía mucho -de nuevo- en Instagram, pero al tocar sábana ni fu ni fa. Por no hablar de la calificación que los usuarios dan a estas aplicaciones. En la mayoría de los casos no pasan de 3,3 estrellas (de un máximo de 5). Una app es 'decente' cuando se acerca a las 4 ó 5 estrellas, poco más se puede añadir. Mención especial para muchos comentarios sobre las mismas. Ni Quevedo describiendo a Góngora.

El resumen de este despropósito es que se ha creado un ecosistema que ha permitido a empresas y administraciones públicas gestionar datos de ciudadanos españoles, muchos de ellos tan sensibles como los referentes a su estado de salud. Pero no es para tanto, son aplicaciones gratuitas. Como Instagram.

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