El Fútbol Club Barcelona celebraba su centenario en la temporada 1998-99. Por ello la final de la Champions se disputaría en el Camp Nou. Los azulgrana dirigidos por Louis Van Gaal tenían ese torneo como gran objetivo. Pero no hubo suerte en el sorteo de la fase de grupos para un Barça que se enfrentaría a dos gigantes como el Bayern de Múnich y el Manchester United.

Era el grupo de la muerte. Y murió el Barça, eliminado a las primeras de cambio por los dos equipos que unos meses después disputarían la final de la competición continental. Tras demostrar que eran los mejores con grandes partidos (en semifinales los ingleses eliminaron a la Juventus y los alemanes al Dinamo de Kiev), ambos se enfrentaban el 26 de mayo de 1999. Gran duelo entre dos históricos que llevaban años sin reinar en Europa, porque sus últimas Orejonas databan de 1968 en el caso del equipo inglés y de 1976 en el del alemán.

El Bayern fue muy superior durante el partido. Mario Basler había adelantado a los bávaros en la primera parte. En la segunda, Scholl y Jancker lanzaron sendos balones que superaron al icónico guardameta danés Schmeichel pero en ambos casos se estrellaron en el larguero. Superado claramente por los alemanes de Ottmar Hitzfeld, el entrenador de los ingleses, sir Alex Ferguson, decidió meter en el campo al veterano Teddy Sheringham y al jovencísimo Ole Gunnar Solskjaer. Ambos eran habituales en el banquillo porque desde el inicio jugaba la temible dupla que formaban Andy Cole y Dwight Yorke.

La máxima eterna de que "el que perdona lo paga" funcionó como nunca

La máxima eterna de que "en el fútbol, el que perdona lo paga" funcionó como nunca. La principal virtud del equipo de Manchester fue no rendirse. Con todo casi perdido, a la desesperada, los diablos rojos y su ruidosa hinchada que había anegado Barcelona depositaban sus escasas esperanzas en un córner que se lanzaría en el minuto 90. Todo el equipo, incluido su portero, al remate. Era la última opción o eso parecía.

Beckham centró y la defensa alemana repelió el balón pero no acertó a despejarlo. Ryan Giggs disparó una volea mordida destinada a morir junto a las ilusiones de su club pero Sheringham consiguió reconducir el balón hasta el fondo de la red. Algarabía para los ingleses y mazazo para los alemanes. Todos en el Camp Nou pensaban en las emociones que depararía la prórroga. Sin embargo, lo emocionante llegaría mucho antes. El equipo británico forzó otro córner recibido con el griterío de los suyos. Solo habían pasado dos minutos desde la igualada. Botó Beckham, el autor del empate remató en semifallo y Solskjaer logró conectar el gol de su vida y, con ello, una machada que parecía imposible sólo cuatro minutos antes.

El árbitro italiano Pierluigi Collina intentaba consolar y levantar del suelo a unos jugadores alemanes destrozados, anonadados, hundidos. Pero no había tiempo para más. Increíble. Una final resuelta en dos minutos y de forma injusta. Así de cruel (o de maravilloso, según se mire) puede ser el fútbol. Un triste final para el Bayern -que se desquitaría dos temporadas después frente al Valencia- y un delirio para el United que volvía a conquistar Europa treinta y un años después.