“En los callejones, los chicos siguen jugando al fútbol, hablando de sus cosas, aguantando y peleando. [...] Entre paredes de ladrillo rojo, jamás existieron corazones tan orgullosos”. Casi cuatro décadas después, la canción de ‘La Resistencia’ mantiene plena vigencia. Un viernes cualquiera por la tarde, en el estadio de La Mina, en el madrileño distrito de Carabanchel, los más mayores van entrando y los jóvenes salen ya de regreso a casa tras entrenar, charlando sobre las últimas noticias de la Superliga, sabedores de que la suya estará siempre en otra categoría, a varias horas en transporte público de Valdebebas.

Aunque muchos sueñan con vestir algún día la camiseta del Real Madrid o la del Atlético, pocos creen que puedan, y menos aún se imaginan haciéndolo en la Superliga. “No tendría tanta gracia”, cuentan en corro Borja, Alejandro, Guillermo y Enzo -con aires de Francescoli- entre los ladrillos rojos que pueblan su barrio a la salida de su entreno en La Mina. Inamovible, ahí lleva instalado más de un siglo el estadio del Real Club Deportivo Carabanchel; los mismos 105 años que tiene este humilde equipo de fútbol de Madrid, un ejemplo para tantos clubes de barrio que se mantienen con vida, en su sitio; en la brecha cada vez más amplia con respecto a los conjuntos galácticos.

Arco conmemorativo del centenario del Carabanchel en la entrada de La Mina. L.R.

Fútbol, barrio, valores

El hoy director deportivo y entrenador del primer equipo del RCD Carabanchel, Paco Gallardo, conoce bien esas diferencias. Trabajó durante años en las canteras del Real Madrid. Los medios, afirma, son incomparables, pero estar ahora al frente de un equipo modesto le llena “tanto como estar en la élite, porque la élite tiene sus cosas atractivas, pero también sus cosas no tan buenas”. “Son dos perspectivas distintas, lógicamente”, cuenta a Vozpópuli: “Allí hay muchos recursos, mucha exigencia, mucha dedicación, y lo atrayente de estos equipos es que puedes estructurarlo a tu manera”. 

La 'Superliga' del Carabanchel: fútbol de barrio entre ladrillo rojo
Paco Garrido, director deportivo y entrenador del RCD Carabanchel de Madrid. L.R.

La amplitud del espacio de actuación de Paco Garrido es tal que puede dirigir el club, entrenar directamente al primer equipo y hasta hacer él mismo las PCR. "Porque fui enfermero". Y ahora es, además, una suerte de mezcla entre psicólogo y guía espiritual. Ante la crisis de fe de uno de los pequeños, que estalla contra el fútbol y amenaza con colgar las botas esa misma tarde para no ponérselas nunca más, él se le acerca por la banda y marca al joven como solo puede hacerlo un exfutbolista, acompañándole con el brazo desde el fondo hasta el campo contrario en busca de una victoria que no dependerá del gol.

['Compromiso, entrega, deportividad y nobleza', reza el emblema del club, impreso sobre la precaria y sin embargo cálida garita administrativa del club: 'Solo así así seguiremos haciendo historia'].

Desde su metro cuadrado, sentado en una silla de la pequeña y única grada de La Mina, sosegado y asertivo, Gallardo se muestra en contra del planteamiento de la Superliga, aunque entiende las razones -monetarias- que han podido llevar a los gigantes del fútbol a plantear el proyecto. ¿Qué le diría a Florentino si lo tuviera de nuevo delante? “Nada”. El silencio puede ser también un juicio de valor. Y de valores él sabe de sobra: tras haber pasado por clubes de Madrid como el Betis San Isidro o el Vicálvaro, mantiene su intención de instruir a los chavales en el esfuerzo, el trabajo en equipo, el juego limpio.

Competimos con equipos profesionales y nosotros tenemos que entrenar de noche, cuatro días, después de todo el día trabajando o estudiando”, señala el director deportivo del Carabanchel

Paco Gallardo prefiere hablar del esfuerzo que hay detrás de un equipo como el ahora dirige, que se mantiene a base de ‘pellizcos’: el patrocinio de Axpo, las aportaciones de los socios, las cuotas que pagan los jugadores, los ingresos del alquiler del bar del estadio, un mínimo de ayudas públicas -a repartir entre 400 clubes de la ciudad de Madrid- y hasta rifas. Todo euro cuenta en un equipo de fútbol de su categoría, en Tercera División, que cuenta con unas sencillas pero completas instalaciones donde no falta la sala de fisioterapia y los vestuarios, que cumplen con su función sin necesidad de jacuzzis con hidromasaje ni taquillas con las imágenes de cada jugador.

Sala de fisioterapia del estadio de La Mina. L.R.
Vestuarios del RCD Carabanchel, en el estadio de La Mina. L.R.

No han hecho falta grandes lujos para que de La Mina salgan importantes jugadores, como Adrián Embarba, referente para los jóvenes que cada semana van a entrar a La Mina con el sueño de ser futbolistas de Primera. “Si nosotros tuviéramos una inversión potente de alguien que decidiera apostar por el club, podríamos plantearnos ascender a Segunda B... Competimos con equipos profesionales y nosotros tenemos que entrenar de noche, cuatro días, después de todo el día trabajando o estudiando”, asevera el director deportivo del Carabanchel.

Garrido incide en el mérito que tienen “los de azul”: los técnicos que cobrando poco y con otras dedicaciones -él mismo compagina su labor en el equipo con otro trabajo- hacen posible el mantenimiento de un club que es patrimonio del barrio. “El utillero actual es hijo del anterior utillero, que a su vez heredó el puesto del abuelo”, comenta con orgullo antes de asegurar el trabajo de una directiva que gestiona el equipo es altruistamente, “de corazón”, por cariño al club y al barrio.

Superliga: entre el negocio y la amenaza

Para muchos de los que llevan al Carabanchel en la sangre, la Superliga es una amenaza. “Puede hacer daño a clubes como este”, advierte Samuel, nombre ficticio de otro joven jugador del Carabanchel: “El fútbol siempre ha sido de los aficionados y para los aficionados, pero la Superliga es solo para que los clubes se enriquezcan”. “Creo que algo así acabaría con la ilusión de todo el mundo, porque hay equipos pequeños a los que les gusta competir contra los grandes”, explica convencido, mientras algunos padres que esperan a sus hijos en el portón metálico del estadio tratan de convencerse al respecto.

Entrenamiento del los juveniles del RCD Carabanchel. L.R.
La 'Superliga' del Carabanchel: el fútbol de barrio que resiste en Madrid entre ladrillo rojo
Entrenamiento de juveniles del RCD Carabanchel. L.R.

“Si se organiza bien, sí, pero hacer como se está planteando, como un club cerrado… A lo mejor la solución es que todo el mundo formase parte de esto”, esgrime un padre con sentimientos encontrados: “Evidentemente se aleja de la esencia del fútbol… Buen ejemplo para nuestros hijos no es, pero el fútbol tampoco se puede evadir de la realidad”. “Al final todo se mueve por dinero, y yo lo defendería igual si fuera mi empresa”, asiente, recibiendo el visto bueno de una madre.

“A Florentino Pérez le aplaudo en eso, es un empresario como pocos y es lo que hace falta en este país, empresarios, porque tenemos una caída del PIB del 11%, mayor que en ningún otro país de europa, y el fútbol es un negocio”, espeta la progenitora, recién unida a la tertulia: “Es lo que la gente demanda… La realidad es que la gente prefiere ver a ver a 22 tíos pegándole patadas a un balón en vez de saber los nombres de los premios Nobel; es lamentable, pero es así; y nos gusta ver a los hombres, porque el fútbol femenino no nos gusta”. 

Alguno padres rechazan el modelo de la Superliga, mientras otros aplauden a Florentino Pérez: "Es un empresario como pocos y es lo que hace falta en este país"

“A nosotros no nos afecta”, señala otro contertulio: “Nosotros vamos a seguir pagando todos los meses la cuota de los niños… ¡Todo es dinero! Aquí ha pasado con la federación durante la pandemia, que ha forzado a los equipos a pagar a pesar de los parones y de que no ha habido partidos, porque se ha jugado una liga light, y si no hay liga, no tramitas fichas, y no hay ingresos”. “A nosotros, un club modesto, en principio yo creo que no nos afecta nada”, insiste. Uno de los padres en corro matiza: “Afectará a los equipos de Segunda y Primera... y al final la mafia va a seguir".

Bienvenidos a La Mina

Anochece en La Mina y Nacho, ese último padre, apura su soliloquio: "Lo que me faltaba, una competición con ese señor de presidente... Para mí el fútbol es competición y lo bonito que tiene es que el día menos pensado el pequeño gana al grande, y es de las pocas que en la vida sigo viendo que eso pasa. Porque, a nivel empresarial, ya es imposible, ya una tienda no puede ganar a Amazon; a nivel político ya estamos viendo cómo está la cosa. Ya es difícil por presupuesto que un equipo hoy en día consiga algo, si quitan hasta eso... Es un golpe de estado a esa dictadura que es la UEFA. Estoy deseando que la burbuja pinche, pero joder con la alternativa... Es como en política".

"Quizá el fútbol solo es un recuerdo. Un deporte que ya se ha jugado. Una cruz en un calendario vencido. Cicatriz de tiempos mejores, porque no hay mayor bondad que la de los días que ya volaron. Quizá el fútbol sea una traviesa que mantiene unidos los carriles de nuestra vida. [...] Quizá el fútbol es un niño. Un niño en una fotografía vista por el adulto que es ahora ese niño. Con la camiseta de su equipo y un balón descascarillado y abrazado a un abuelo que ya murió o un padre que por salud dejó de ir al estadio. Quizá el fútbol es simplemente la mirada de ese adulto que se gira hacia sí mismo, que se retuerce y se abraza a lo que tuvo y sintió, que está incómodo con un presente, que ni entiende ni pretende entender", escribía Antonio Agredano este sábado en Diario Córdoba a propósito de todo esto.

"Quizás el fútbol es sólo una esperanza". Ya con los focos encendidos, saltan al campo los jugadores del primer equipo del RCD Carabanchel y el rojo se ilumina. Bienvenidos a La Mina.

La 'Superliga' del Carabanchel: el fútbol centenario que resiste entre ladrillos rojos
Entrada a La Mina, estadio del RCD Carabanchel. L.R.