Los hechos son llamativos: una docena de clubes de fútbol (entre ellos, el Real Madrid, el Barcelona y el Atlético) proponen una nueva competición deportiva para reemplazar a la Liga de Campeones (la famosa Champions League), lo que, grosso modo, duplicaría los derechos de televisión y, por tanto, el valor del producto. Además, la Superliga contribuiría con 400 millones de euros al fútbol base, en vez de los 130 que le aporta la UEFA.

A juicio de quienes invierten su capital en la Superliga, ésta vale mucho más que una Champions en manos de la UEFA porque creen que los espectadores la valoraremos aún más de lo que ellos invierten. Si no se equivocan, debemos, pues, concluir que o bien el formato de la Champions es inferior o el contrato de la UEFA oculta contraprestaciones.

Es probable que estén en lo cierto. Apoya esta posibilidad el que, inmediatamente después del anuncio, subieron de forma significativa las acciones de los clubes promotores que cotizan en bolsa: un 10% las del Manchester United y cerca del 20% las de la Juventus. Observe que esos porcentajes de revalorización reflejan tan sólo el aumento en el valor de las acciones del MU y la Juve. No incluyen el aumento, desconocido pero mucho mayor, en el valor del producto ni en los ingresos de los demás participantes en cada club (jugadores y demás empleados) así como, sobre todo, la utilidad que en términos netos recibirían los aficionados y espectadores tras pagar sus correspondientes cuotas, entradas y tasas de suscripción.

Se trata además de un aumento de valor compartido con los clubes de menor tamaño, a juzgar por el alza que, tras anunciarse la Superliga, experimentó la cotización de las acciones de clubes tan dispares como el Ajax, el Celtic de Glasgow, el Borussia Dortmund, la Lazio, los Glasgow Rangers o la Roma, todas las cuales subieron entre el 2% las del Ajax y el 40% las de la Roma.

Una curiosa simbiosis de burócratas y exjugadores millonarios con unos cientos de hooligans ingleses, apoyados por dos líderes políticos que se opusieron frontalmente, el británico Boris Johnson y el francés Emmanuel Macron

Da idea del populismo reinante el que se haya descalificado a la Superliga como “la liga de los ricos”, un juicio a tono, en cuanto a su nivel de demagogia, con el hecho de que la oposición haya estado protagonizada por una curiosa simbiosis de burócratas y exjugadores millonarios con unos cientos de hooligans ingleses, apoyados por dos líderes políticos que se opusieron frontalmente, el británico Boris Johnson y el francés Emmanuel Macron. Líderes que coincidían en defender sus intereses nacionales: Inglaterra posee la competición más valiosa, la Premier League. Tras las amenazas de Johnson, bastó que se manifestaran unos cientos de hooligans para que los clubes ingleses dieran marcha atrás en sus intenciones iniciales. En cuanto a la France parece estar a merced del PSG, club de propiedad catarí que no formaba parte de la iniciativa y bien relacionado con los burócratas federativos que, a saber cómo, le han permitido financiarse de forma presuntamente irregular. Mientras tanto, los gobiernos español e italiano han aprovechado la oportunidad para, en esencia, cruzarse de brazos.

Nadie puede saber por anticipado si la Superliga era o será mejor o peor, ni si de hecho generará o no el valor adicional que promete; pero eso es irrelevante. La cuestión fundamental es si los fundadores tienen o no derecho a organizarla sin sufrir el boicot de los gobiernos y sin padecer el chantaje de quienes controlan el mercado en virtud de unas leyes que les permiten saltarse las reglas de la competencia y practicar la captura de rentas dentro de las ligas y federaciones.

No le pidan al espectador joven que se apoltrone ante un partido tan espectacular como el España-Kosovo, y eso por no hablar del Barça-Cornellà de la Copa del Rey

Por supuesto que las ganancias que promete la Superliga son inciertas; pero los clubes promotores tienen todo el derecho a emprender la aventura para demostrar que tienen razón. No sólo se compite entre equipos sino entre formatos, entre ligas, entre deportes, incluso entre sistemas de entretenimiento. Se compite, en suma, por la atención del espectador, que está cada vez más dispersa. No le pidan al espectador joven que se apoltrone ante un partido tan espectacular como el España-Kosovo, y eso por no hablar del Barça-Cornellà de la Copa del Rey. Ver en el fútbol sólo una competencia entre equipos es comprensible y hasta perdonable por el romanticismo de unos aficionados fáciles de manipular; pero no nos dejemos engañar: de hecho, a lo que responde esa visión es al interés de unos dirigentes interesados tan sólo en congelar el actual modelo, y no porque les guste sino porque es el que más les beneficia.

Las redes clientelares del fútbol

Para averiguar cómo convendría decidir socialmente el futuro del fútbol debemos tener en cuenta cómo está organizado. Baste por hoy con un breve anticipo. Tanto a nivel mundial como europeo y nacional, y tanto por inercia como por las leyes que lo regulan, el fútbol funciona sobre una premisa de redistribución progresiva, consistente en gravar a los equipos que generan más valor para redistribuir lo así extraído entre los clubes más pequeños. Recurren para ello a diversas vías, desde selecciones nacionales que pagan los clubes “ricos” al prestar gratis a sus jugadores como a diseñar competiciones cada vez más numerosas y largas, llenas por tanto de equipos muy desiguales.

Como suele suceder en todo proceso distributivo, quienes reparten —en este caso, los burócratas de ligas y federaciones— suelen quedarse buena parte del botín, tanto de forma transparente mediante sueldos desproporcionados como por la vía de las transacciones encubiertas que han aflorado a lo largo de los años en numerosos casos de corrupción. En esas condiciones, los sucesos de esta semana eran perfectamente previsibles y prometen ser sólo la primera batalla de una larga guerra.

Nuestros mejores equipos iban a jugar para espectadores chinos: íbamos a exportar fútbol de alta calidad. Confiemos que aún sea posible. De lo contrario, corremos el riesgo de que, a no tardar, los aficionados europeos acabemos viendo por la tele partidos de equipos chinos. Claro que, para entonces, quizá muchos de esos espectadores estén ya trabajando para chinos.