Los aficionados al Barça nos tenemos que hacer a la idea de que Joan Laporta ganará las elecciones del próximo fin de semana. Si el expresidente del FC Barcelona ya era favorito para hacerse con la victoria en las urnas, tras las detenciones del Barçagate de este lunes tiene el terreno aún más abonado para volver triunfante a controlar el club.

Quien esto escribe no cree en las casualidades, ni mucho menos, pero tampoco es que disfrute alimentando las teorías conspirativas. Como no hay pruebas, nada podemos denunciar sobre la llamativa oportunidad de la operación policial que acabó con el arresto de Josep María Bartomeu y otros exdirectivos. Pero en todo caso es cristalino que esta actuación policial favorece las opciones de Laporta aunque sea por una simple coincidencia en el tiempo.

La causa del Barçagate lleva meses instruyéndose. Y es justo ahora, en la semana en que se celebran elecciones a la presidencia del club catalán, cuando alguien -¿el juez?, ¿los Mossos?, ¿el Dalai Lama?- decide enviar a la policía autonómica catalana a las oficinas del club y a los domicilios de Bartomeu y otros exdirigentes azulgranas que acaban detenidos. Curioso, cuanto menos. Y lo dejaremos ahí porque, insisto, no hay pruebas de otra cosa.

Cuesta creer que la coincidencia entre la operación policial y las elecciones sea pura casualidad. Sobre todo porque ocurre en una parte de España donde en los últimos años hemos visto cosas que ni los replicantes de Blade Runner podrían creer

En todo caso, cuesta creer que la coincidencia entre la operación policial y las elecciones sea pura casualidad. Sobre todo porque ocurre en una parte de España donde en los últimos años hemos visto cosas que ni los replicantes de Blade Runner podrían creer. Todo, y no sólo algo, huele a podrido en la vida pública de Cataluña durante los últimos años. Todo desprende un aroma a conspiración de vetusta película de espías. A trampa que pretende engatusar al personal. A reuniones burdas que se graban con micrófonos ocultos en maceteros. A interés oculto. A mentira. A cloaca.

Maniobras oscuras

En estos años convulsos en tierras catalanas se han destapado cosas como las oscuras maniobras de la agencia de detectives Método 3, la operación Cataluña de Villarejo y sus compadres de la policía patriótica contra representantes independentistas, el presunto caso de espionaje de un grupo de los Mossos d'Esquadra a políticos y periodistas constitucionalistas (causa archivada por la justicia en 2019) y un largo etcétera de asuntos turbios que parecen tan inverosímiles como las naves más allá de Orión o los rayos C junto a la puerta de Tannhäuser.

Del procés en sí mismo ya está todo (o casi) escrito. Y qué decir de la presunta corrupción del Molt Honorable Jordi Pujol y su familia, el 3% de Convergencia o las mil y una causas judicializadas. Si nos centramos en el terreno esencialmente deportivo, tampoco estaban en nuestras coordenadas de lo posible hace unos años cosas como el paso por la cárcel del también presidente del Barça Sandro Rosell aunque luego acabó absuelto, la guerra abierta entre la directiva azulgrana ahora en la picota contra Mediapro, la batalla larvada que enfrentaba a Bartomeu y algunos políticos independentistas, el irreal coste del contrato de Messi o el propio Barçagate. Casi nada.

Volviendo a lo que nos ocupa, esta amalgama de turbiedades apunta a que al menos es plausible la posibilidad de que alguien con mando o interés político decidiera que los mossos acometieran la citada operación policial contra Bartomeu y los suyos por una causa en la que uno de los perjudicados es el propio Laporta justo en la misma semana en que este último compite por la presidencia del Barça. Pero perdonen por este desvarío, debo estar delirando. No me hagan caso porque no me gusta alimentar las conspiraciones. Quedémonos sólo con los hechos. Todavía hay que comprobar si Laporta gana las elecciones. Y, si es así, veremos qué hace con el Barça. Seguro que no es tan grave. O tal vez sí.