Liga Santander

Messi no debería volver a Argentina... y el Sevilla tiene que regresar de Leicester

La frescura del argentino y la depresión andaluza explican el sencillo triunfo azulgrana (3-0).

Messi celebra uno de sus goles ante el Sevilla.
Messi celebra uno de sus goles ante el Sevilla. EFE

Hay días en los que el fútbol, tan extraño y tan sencillo a la vez, no precisa mucho análisis. Dar patadas a un balón es un acto natural, y en muchas ocasiones las cosas más sencillas se convierten en argumentos que explican una cita tan grande y profesional como un Barça-Sevilla.

El plácido triunfo azulgrana se edificó sobre un pilar principal y simple: la relajación física y mental de Leo Messi. El argentino, sometido a máxima presión en su país, disfruta casi siempre cuando viste de azulgrana.

Como quiera, además, que la exagerada sanción disciplinaria de la FIFA -por insultar a un asistente durante su reciente participación con la selección de Argentina- le han permitido descansar durante más de una semana, Messi se plantó bajo la lluviosa tarde de Barcelona fresco como una lechuga y desplegó su talento con naturalidad avasalladora.

Fue una tarde discreta de Neymar, pero a cambio Leo se encontró con otro socio en ebullición: Luis Suárez. El urugayo ha sacado su fusil y cuenta con un amplio repetorio de remates, todos ellos cargados de puntería.

La preocupante derrota del Sevilla también tiene una explicación primaria. En este caso no del todo futbolística. O sí. Porque el fútbol, como la vida, es un estado de ánimo. Y el espíritu del club hispalense parece haberse quedado clavado en Leicester. Enterrado en tierras inglesas bajo el peso de la dura derrota y la consiguiente eliminación de la Liga de Campeones.

La expulsión de Vitolo, fruto de la frustración, es el síntoma perfecto y preocupante de la enfermedad que amenaza seriamente al Sevilla. 

Desde entonces, el que era equipo académico, brillante y duro de pelar se ha convertido en un grupo desorientado y huérfano de fútbol constante.

A mitad de función ya estaba resuelta la trama, así que durante la segunda parte el Barça se dedicó a asuntos transversales, que no menores. Salió Alcácer -que no marcó-, se retiró Piqué -ovacionado y jaleado- y jugó Aleña, uno de los canteranos con cierta proyección.



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