Con 23 años, José Ángel Mañas (Madrid, 1971) quedó finalista del Premio Nadal y se convirtió en un fenómeno sociológico. La adaptación al cine de su novela se convirtió en un taquillazo y definió la actitud una generación complicada de definir, que los estadounidenses marcaron con una “X” de incógnita. De Brett Easton Ellis a Nirvana, pasando por nuestros Planetas, se podía papar a angustia y la desorientación de unos veinteañeros que llegaron con la sociedad del bienestar ya hecha. Tres décadas más tarde, Mañas hace balance de sus experiencias con la literatura, la industria y el proceso de maduración personal en Una historia del Kronen. Autobiografía generacional (Aguilar).
Pregunta. Sus memorias de los años noventa son, en gran parte, un retrato de la Generación X española. Hay una parte donde explicas que ves a los personajes del Kronen como “retrasados emocionales”. ¿A que te refieres exactamente?¿Excesiva timidez? ¿Narcisismo? ¿Incapacidad para proyectos colectivos?
Respuesta. El subtítulo de Una historia del Kronen es “autobiografía generacional” y, efectivamente, he procurado centrarla lo más posible en el nosotros. Digamos que el yo es el prisma para hablar de la época que me tocó vivir, haciendo un especial hincapié en los años 90. Hay que entender que esos años, al igual que los años 80, fueron una especie de paréntesis boyante entre la Transición y el 15M, un momento en el que parecía que la lucha por la democracia estaba ganada, que no era necesario darla. Nos equivocamos, por supuesto; no hay más que echar un vistazo a lo que sucede en el mundo. Esa circunstancia no ayudaba a madurar, y puede que explique en parte ese peterpanismo bastante característico de los X. Hay quien lo mantiene incluso pasados los cincuenta.
P. En la recta final del libro explicas que “se buscó lo imposible: querer triunfar y querer pasar desapercibido”. ¿Fuimos una generación destinada a la depresión?
R. Esa frase la escribí pensando en la música. Había un claro culto a la independencia y una desconfianza tremenda de lo comercial, las grandes discográficas, etcétera. Los grandes mitos eran los Fugazi, bandas así. Los propios Nirvana, cuando empezaron a radiarse masivamente, fueron denostados. Jota, de los Planetas, creo que personifica perfectamente la actitud. Y, si te fijas, también Bunbury o Nacho Vegas. Era el ethos de la época. El problema fue que también, en el fondo, se quería triunfar a lo grande. Triunfar y a la vez querer pasar desapercibido es como muy difícil, ¿no? Intentar algo imposible te lleva a la frustración y, si insistes, a la depresión. Creo que la sensibilidad de muchas bandas de los 90 era claramente depresiva.
P. El libro se puede leer como la historia de un agente cultural muy activo (tú) que se pasa tres décadas dándose de cabezazos contra una industria tirando a precaria, miope y que funciona por inercia más que con visión estratégica. ¿Tenemos una estructura cultural por debajo de las visiones de sus creadores?
R. En general, es raro que haya una estructura cultural que favorezca el cultivo prolongado de las artes. Si nos comparamos con nuestros vecinos, el cine francés es un ejemplo de un país que cuida y considera estratégica su producción cultural. Ese apoyo constante permite una producción constante y una calidad constante. En el caso de España, dejamos caer ese apoyo de rato en rato y cuando queremos recuperarlo, el terreno ya está arrasado, y resulta mucho más difícil que vuelva a crecer la hierba. Eso no quita que seamos un país con enormes individualidades artísticas, pero suelen surgir al margen de toda estructura. Cervantes, Goya o Buñuel no son, ninguno de ellos, un éxito de país.
P. Haces retratos de los escritores de tu generación que son muy honestos, a ratos ásperos, pero diría que sin mala baba. Ray Loriga y Lucia Etxebarría aparecen como personas con talento pero devoradas por el personaje, por el narcisismo o por una personalidad poco estructurada. Theodor Adorno describía las biografías de la modernidad como “vidas dañadas”, igual que tú hablas de “retrasados emocionales”…
R. Hombre, hubiese sido raro no hablar de dos escritores a quienes muchos consideran mis compañeros de generación, pese a que, para mí, los cinco años que nos separan son un mundo. Creo que cualquiera que haya tenido éxito acaba siendo una “vida dañada”. Pienso que el éxito es dañino per se. Digamos que todos llevamos dentro un pequeño o no tan pequeño monstruo tiránico más o menos bien sujeto, que el éxito libera. Las regresiones, en lo psicológico, son casi inevitables. A poco que el éxito las alimente, todos acabamos siendo un poco como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses.
Mucha gente siente a sus artistas favoritos como una extensión de su propia persona
P. Con la edad, ¿te parece que la modernidad es algo valioso o más bien dañino?
P. La modernidad está basada, por su propia esencia, en el desprecio del pasado, en hacer tabla rasa. Eso, que resulta muy exultante y liberador, en lo político, desde los tiempos de la Revolución Francesa ya sabemos adónde lleva. La iconoclastia incendiaria nos encanta cuando somos jóvenes. Pero es difícil, con la edad, no admirar a Burke y no entender que la sabiduría consiste en dejar que las cosas se vayan acumulando, paulatinamente, una sobre otra. Los ingleses –que siempre fueron muy burkianos y antirrevolucionarios- lo entendieron, y desde entonces permiten que se acumulen las instituciones pero sin abolir lo anterior: mantienen la cámara de los lores, la monarquía, etcétera, ¡y encima permiten que conviva con el britpop!
P. Me interesa también, si te animas, que me des tu opinión sobre Juan Manuel de Prada, que aparece en el documental “Generación Kronen” pero no se menciona en tu libro.
R. Juan Manuel de Prada es alguien que desde el primer día supo que quería dedicar su vida a la literatura, y supo también el tipo de escritor que quería ser. Quería escribir y acabar embalsamado en el ABC, y lo va a lograr. Es un ejemplo irrepetible de vocación literaria. No creo que haya nadie de mi generación con las ideas tan claras y lo admiro por ello. El problema es que De Prada no jugaba al mismo juego que Loriga o yo; él no estaba tan contaminado por la modernidad. Es alguien que logró quedarse al margen del zeitgeist (el espíritu de los tiempos), que no pilló el gripazo noventero, por decirlo así, y por eso no entraba en el libro. Pero es de los que quedará. Si han de quedar dos o tres escritores de los que irrumpimos en los 90, él será uno de ellos, estate seguro.
P. Me parece muy sugestiva una de las discusiones que mantienes con Roger Wolfe sobre gustos. Él sostiene que los gustos son esenciales, que si alguien cuestiona tu poeta o tu músico preferido te están cuestionando a ti. Su posición me parece una auténtica chaladura, pero he comprobado que es masiva. A la mayoría de las personas les molesta más que cuestiones su criterio estético que su religión, su país, su familia… ¿Por qué crees que ocurre eso?
R. Creo que la reflexión de Wolfe sobre el gusto es magnífica, y lo explica como nadie. Mucha gente siente a sus artistas favoritos como una extensión de su propia persona. Si a alguien no les gusta y los ningunea, es como si les estuviera pisoteando una parte del cuerpo o negando su manera de entender el mundo. Es un proceso identificativo muy fuerte. Es como una guerra, y mucho más profunda de lo que la gente se cree (La guerra del gusto, recuerdo que tituló Philippe Sollers uno de sus libros). Yo no creo que esa hiperidentificación sea diferente a la que siente un extremista político o un fanático religioso. Los seres artísticos podemos ser tan talibanes, a nuestra manera, como el que más.
P. En el texto hay un posicionamiento fuerte –y loable– contra el separatismo catalán. Es llamativo porque los artistas, escritores y músicos de nuestra generación son alérgicos al patriotismo, seguramente por ser un sentimiento que nos suena viscoso y poco sofisticado. Haces incluso una defensa muy bonita del Toro de Osborne. Nosotros crecimos en una subcultura muy anglófila (indie, hardcore…) y con la edad descubrimos España. ¿Cómo ha sido tu proceso en este campo?
R. Yo siempre he tenido claro que uno forma parte de una comunidad y escribe para ella. Mi contexto cultural es el que es, y me gusta. Siempre he admirado el arte con raíces, y creo que eso no excluye la universalidad sino todo lo contrario: el Quijote, las novelas de Jane Austen o Mark Twain o de Vázquez Montalbán, las mejores canciones de Bob Dylan y Springsteen, etcétera, son todas obras universales y tremendamente locales, las dos cosas a la vez. Bandas como Blur o Oasis, también.
P. También explicas que muchos europeos nos ven como lo contrario de la Ilustración, como un “Oriente de andar por casa”. ¿Es esta una visión estereotipada o crees que tienen algo de razón?
R. Creo que nuestras señas de identidad fueron siempre muy deudoras de los viajeros románticos como Merimée o Gauthier, que descubrieron respectivamente el gitanismo y a Goya. Ellos venían buscando y encontraron una cierta alteridad de ese clasicismo francés en el que estaban bañados. Creo que estas señas de identidad se perpetúan luego a través de artistas locales como Lorca, Saura o el propio Almodóvar, que dieron al extranjero esa imagen folclórica de España que fuera se podía entender. Y también novelistas como Hemingway, que abundaron en el mismo sentido. Los milicianos de la Guerra Civil de Por quién doblan las campanas son como nuevos guerrilleros. Cualquier cliché suelen tener una base de realidad y, cuando son negativos, pueden ser un estímulo para procurar no someterse a ellos y cambiarlos. No les veo ningún problema. Forman parte del juego cultural.
Pasé una crisis existencial tremenda durante el último año y medio y llegué a pensar que este era el final del camino
P. Hay una frase en el libro que me parece demoledora: “Ser abstemio es de gente sin raíces”.
Ja, ja. Estoy hablando como español. Creo que nadie puede negar que el alcohol, principalmente el vino y la cerveza, forman parte de nuestra forma de vida. A mí mi abuelo me animaba a probar el vino a una edad muy temprana, y es difícil sociabilizar en este país sin que por medio haya una caña o una copa. Soy un alcohólico moderado y funcional, como somos muchos. Los jóvenes (algunos) son los que están empezando a romper con esta cultura. Veremos hasta dónde llegan.
P. Comentas de pasada de tu consumo juvenil de drogas, hablas de tu relación con Doctor X y el proyecto de libro en que participáis. Pero no tratas en profundidad de tu relación con las drogas. ¿Aprendiste algo valioso con ellas? ¿Crees que son una pérdida de tiempo?
R. En términos creativos, siempre he tenido claro que las drogas alimentan pero no emborrachan. A la hora de trabajar, mi experiencia personal es que no ayudan en lo más mínimo (bueno, a no ser que uno tenga una necesidad muy apremiante y recurra a las anfetaminas, como hacía Philip K. Dick). Y para consumirlas de manera recreativa, pienso que la relación que se puede tener con ellas es exactamente la misma que con el alcohol. Con moderación, se puede hacer un uso que sea mínimamente dañino para la salud y que no es incompatible con ser buenos padres y ciudadanos. Se puede ser muy funcional y consumir ocasionalmente ciertas sustancias, igual que hacemos con el alcohol. Y tiene gracia que una sociedad tan medicada y alcoholizada le tenga tanto miedo con las drogas recreativas. Dicho lo cual, todas las drogas tienen riesgos y peligros, y no conviene menospreciarlos.
P. Tampoco hablas apenas sobre sexo, no sé si es por vergüenza o hay otro motivo.
R. Por no repetirme. ¡Me parece que he hablado mucho de sexo en otros libros!
P. En el libro hablas bastante de tus hijos. Me gustaría preguntarte como ves la cultura popular en al que están insertos comparada con la de nuestra época.
R. El mundo en el que están creciendo es muy diferente al nuestro. Me parece que nosotros teníamos barrio y bares, y que ahí se hacía una parte de nuestra educación afectiva, sentimental y estética. Igual éramos más ignorantes, y no teníamos toda la información del planeta al alcance de un clic, pero también necesitábamos menos sicólogos. Y en cuanto a la cultura popular de hoy, la principal diferencia es que el libro ha perdido su posicionamiento central. En cambio la música y los productos audiovisuales si mantienen esa centralidad, igual porque han aprendido a convivir con los nuevos formatos, como Spotify, Youtube o Tiktok.
P. El libro termina con cierto aire de desencanto, como de “he llegado al final del camino”. Para mí tus mejores libros los has escrito en los últimos cinco años y escribes mejor que nunca. ¿Cómo ves tu carrera desde ahora hasta la jubilación?
R. Pasé una crisis existencial tremenda durante el último año y medio y llegué a pensar que este era el final del camino. Algo de eso tiene el libro, porque lo escribí en ese momento. No obstante, últimamente he recobrado el ánimo y empiezo a encarar nuevos proyectos literarios. Si mantengo la salud, pienso que todavía puedo dar un puñado de buenos libros más. Ahora bien, me gustaría dejarlo antes de que empiece el declive. Mejor irse como Zidane que como Sabina. Veremos si es posible.
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