Análisis

A Argentina le faltó resistencia y a Messi le sobró distancia: gracias, Alemania y gracias, Löw

Interesantísima final de Mundial de Brasil. Tanto Argentina como Alemania pudieron vencer y nos resarcieron de algunos otros partidos del tramo final en los cuales los equipos involucrados merecieron perder… ambos. Alemania arrancó con un 4-2-3-1 ancho y muy creativo, adelantado pero paciente en la elaboración. Con presión alta a menudo y ataque o contraataque veloz cuando había ocasión. Una versión muy afortunada del juego de posesión, equidistante del pelotazo y del sobeteo insulso y amanerado de la pelota. De nuevo -¡gracias, Alemania, gracias Löw!- el pase entre compañeros como un medio, no como un fin en sí mismo.

Argentina respondió con un clásico 4-4-2, con Higuaín fijando a los centrales y Messi libre para profundizar o para venir a enganchar con un mediocampo muy trabajador pero no sobrado de capacidad técnica. Cerrando el centro en bloque, muy juntitos en defensa, pero no aguantando por amontonamiento, sino con muy bien trabajados movimientos de basculación y diferenciación entre 'cobertura zonal' y 'marcaje personal'.  Sólo el lateral izquierdo, Rojo, se confundía a veces, pero corregía a base de gran bravura y fuerza.

Alemania atacaba más, pero los argentinos lo hacían mejor. La lucha de dibujos favorecía a estos últimos, porque Messi se movía a placer entre los centrales y los mediocentros alemanes. Para mayor infortunio de Löw, tuvo que hacer dos cambios en la zona clave, uno antes del comienzo del partido y otro a poco de iniciarse. Mal panorama para Alemania, que sobrevivió gracias al poco acierto final de los atacantes sudamericanos.

Löw intentó dar un volantazo y pasó a un 4-1-4-1 que le permitía controlar mejor a Lio, a cambio de aliviar la presión sobre Mascherano, formidable tácticamente, pero a menor nivel técnico y más alejado de la red alemana que Messi. Sabella respondió en la segunda parte con un arriesgado 4-4-2 en rombo, idéntico al que le dio excelente resultado a Jagoba Arrasate con la Real frente al FC Barcelona. Brillantes estrategas ambos entrenadores finalistas. Ese rombo o diamante cerrado bloqueaba de nuevo a los alemanes en el medio, y las contras de Messi (punta ofensiva de la figura), enlazando con Palacio y Agüero, hacían vivir a los teutones en el alambre.  Y de nuevo los de Löw atacaban más, pero los argentinos de Sabella llegaban mejor, aunque no finalizaban. El perdón de Higuaín en la primera parte lo reprodujo Palacio en la segunda.

Y cuando la prórroga llegaba a la conclusión, Götze tuvo el acierto que no habían tenido sus rivales argentinos y varios de sus compañeros germanos. La jugada fatídica para Argentina la habían afrontado, como durante todo el partido, con una excelente basculación hacia la banda por donde les atacaban, pero en esta ocasión falló Garay, que se distrajo mirando la pelota y olvidó que los goles los marcan las personas, no el balón… y dejó marchase a Mario, que no perdonó. Quizá la fatiga fue decisiva en esta final.

Porque lo cierto es que la prórroga fue un calvario para los de Sabella. A sus jugadores, en conjunto, les faltó (además de técnica en el remate) físico; y concretamente a Messi, que fue mermando a lo largo del partido, le sobraron metros. A más de veinticinco de la puerta rival, su prevalencia se diluye. Probablemente, si Sabella hubiera tenido otro jugador como enganche y Messi hubiera jugado más arriba, como en la primera parte, hoy el campeón del Mundo sería Argentina.


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