Análisis

Una defensa liberal del 'burkini'

       

Una mujer bañándose con un burkini.
Una mujer bañándose con un burkini. EFE

En Granada hay extraordinarias pastelerías. Les recomiendo los piononos de Casa Isla, los sancecilios de El Sol, la cuajada de carnaval de López Mezquita y el soufflé de Flamboyant. Los mejores dulces de Navidad son de Casa Pasteles, en pleno Albaicín. En esta última pastelería hay un cartel que anuncia que sus productos, menos la torta de chicharrones, están elaborados sin manteca de cerdo para alivio de musulmanes, judíos e hipercolesterolémicos.  Me llevo una bandeja de pastelillos y un par de tortas ya que tengo el colesterol, el judaísmo y el islamismo por los suelos.

Junto a la Gran Vía granadina también se ha producido una curiosa sustitución alimenticia en el Mercado de San Agustín.  Fui a comprar media gallina para hacer un caldo y me encontré con que la etiqueta del animal anunciaba que era "halal".  Le pregunté al carnicero y me contestó que cada vez viene más carne, salvo el cerdo evidentemente, con el sello de haberse sacrificado con el rito musulmán. Me explicó que a ellos le importa “halal” y a “nosotros”, “jalar”.  Nos reímos y me llevé la gallina que miró hacia La Meca.

Pero la próxima buscaré hacer el caldo con lo que haya en el mercado que no se "halal".  Hay una diferencia entre sustituir la manteca de cerdo por el aceite de oliva en los pasteles y cambiar la manera de matar a los animales.  En ambos casos se trata de satisfacer a una minoría cumpliendo unos requisitos que a la mayoría les son más o menos indiferentes.  Como me explicó el profesional carnicero y economista amateur sale más barato implementar un procedimiento que dos. Y si con el “halal” se vende a las dos comunidades, la mayoritaria y la minoritaria, mejor para todos.  Con lo que la producción de carne “halal” se está extendiendo.  Sin embargo, ello implica un coste implícito: por un lado, la disminución del “bienestar” de los animales en el matadero, una tesis animalista que se ha ido imponiendo en la sociedad, un término medio aristotélico entre aquellos que se hacen veganos por motivos éticos y los que siguen tirando cabras desde el campanario.  Por otro, la introducción de elementos supersticiosos en la vida pública cuando se había conseguido que además del “bienestarismo” animal también aumentase el secularismo, lo que lleva aparejado una discriminación religiosa en el mercado laboral ya que es un requisito indispensable para la certificación “halal” que el matarife sea musulmán.

La defensa liberal para vestir dicha prenda está basada en la libertad de expresión, religiosa y el libre desarrollo de la personalidad

Por supuesto que de esta dinámica no tienen culpa los musulmanes, o los judíos respecto de la alimentación “kosher” que prolifera en otros lugares, sino que es un rasgo de la dialéctica mayoría-minorías en una situación de mercado abierto.  Lo que no implica que sea inevitable.  Si rechazamos los productos “halal”, “kosher” o cualquier otro que esté regido por leyes religiosas, es posible que las empresas mantengan la doble producción como sucede con respecto de otros productos para minorías de otro tipo, como los celíacos, los intolerantes a la lactosa, etc.

Por tanto, no cabe hablar en este sentido de “invasión musulmana” como tampoco de “invasión celíaca”.  En una democracia liberal y en una economía de mercado hay sitio para todos.  Sin embargo, cada vez se menciona esta expresión, “invasión musulmana”, en relación a noticias como la de la prohibición de prendas “religiosas” en algunas playas francesas. Aunque la prohibición también afecta a los hábitos monjiles y los turbantes sijs no hace falta ser un genio para darse cuenta de que, como en el caso de la prohibición de vestimenta “religiosa” en las escuelas, el laicismo a la francesa apunta a lo musulmán, en este caso concreto el “burkini”.

Ante una defensa liberal para vestir dicha prenda, basada en la libertad de expresión, religiosa y el libre desarrollo de la personalidad (en fin, esos derechos fundamentales que los izquierdistas tradicionales despreciaban como “burgueses” y los conservadores contemporáneos por “buenistas”), un aluvión de críticas se ha desencadenado proveniente sobre todo de personas identificadas con el cristianismo hablando de que los musulmanes, en su conjunto, y el Islam, sin distinciones, son una amenaza para “nuestros valores” y que, por tanto, todo prohibicionismo para no dejar que se hagan notar demasiado bienvenido sea.  En Suiza llegaron a votar en referéndum que no se les permitiese construir minaretes en la mezquitas porque son un "símbolo aparente de una reivindicación político-religiosa del poder, que cuestiona los derechos fundamentales".

Lógicamente si se tuviera que prohibir todo “símbolo aparente etc.” tendríamos que empezar por eliminar de toda Europa los crucifijos.  Sin embargo, el temor a la “invasión musulmana”, al estilo de las proclamas de Marine Le Pen, es mucho más profundo que el amor a la “lógica pura” que sentía Gottlob Frege.  Sin duda que algunos imanes en concreto son temibles, por su apología de la violencia, pero para ello se cuentan con medidas judiciales específicas, como la deportación.  Como señala el ministro del Interior italiano, que ha firmado más de cien expulsiones de musulmanes del país por incitamiento a la violencia, se trata de trabajar con los musulmanes para fomentar un Islam compatible con los valores de la civilización ilustrada y liberal, de cuyas fuentes grecolatinas beben tanto lo mejor de la tradición cristiana (Tomás de Aquino) como islámica (Averroes).

Hoy en “burkini”, mañana, gracias a la democracia liberal, la economía de mercado y las clases de natación en la educación pública, en bikini

No hay que temer al Islam sino al fanatismo, venga de donde venga.  En Europa hemos sufrido la violencia del terrorismo del nacionalismo identitario y del marxismo-leninismo.  Sin embargo, hemos conseguido vencerlos mediante el imperio de la Ley.  Y del mismo modo que la Ilustración venció a la versión más fanática e intolerante de los diversos cristianismos, ahora sucederá de igual modo con el Islam, siendo intolerantes con los intolerantes, como nos advirtió Popper, pero dejando chapotear en la orilla a mujeres enfundadas en “burkinis” que bastante tienen ya con lo que tienen.  En Holanda el “burkini” sirvió para que las niñas musulmanas que no querían hacer ejercicios de natación en los colegios por cuestiones de pudor pudieran hacerlo.

Hay que tener precaución para que los sesgos del “afecto” hacia nuestra religión favorita no embote nuestra capacidad de pensar con lógica, aplicando a los demás criterios que no nos gustarían que se aplicasen a nosotros.  Hemos de tener cuidado ya que nuestros gustos, aversiones y opiniones más intensos influyen en nuestra toma de decisiones. Y esta “heurística del afecto” es fundamentalmente emocional por lo que la mayor parte de las veces resulta irracional.

En el terreno religioso hay dos sentimientos especialmente poderosos que guían al pensamiento hacia terrenos irracionales: el miedo y la sociabilidad. Todas las religiones, en mayor o menor grado, son conducidas a través de imágenes y, como señala Paul Slovic “Las imágenes, señaladas con sentimientos afectivos positivos y negativos, guían las valoraciones y la toma de decisiones”. En el caso que nos ocupa, la imagen de un “burkini” ha desatado esos miedos encubiertos tras expresiones como “habla en cristiano”, “todos moros o todos cristianos” o “no hay moros en la costa”.  Pero hoy los moros no sólo están en la costa sino que hasta las moras se bañan en ella. Hoy en “burkini”, mañana, gracias a la democracia liberal, la economía de mercado y las clases de natación en la educación pública, en bikini.


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