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Jesús Cacho

Opinión

Junqueras y los nuevos héroes del Fossar de les Moreres

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont), junto al vicepresidente Oriol Junqueras.
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont), junto al vicepresidente Oriol Junqueras. EFE

“Que nuestro president nos convoque a un referéndum para el que no hay censo, ni junta electoral, ni funcionarios, ni locales, ni urnas, ¿no da risa? Que presida el Gobierno un señor que no se presentó para ese cargo, y su proyecto estrella sea uno que no figuraba en el programa, ¿no es para llorar? Que un Gobierno adopte una iniciativa de inmensa trascendencia, con el evidente fin de que otro Gobierno la prohíba, ¿no parece una broma? Que nos digan que una decisión traumática e irreversible se podrá tomar por un voto, sin umbral mínimo de participación, ¿no es alarmante? Que la voluntad de quienes en esas condiciones nos negamos a votar (el 9-N fuimos el 63%) no cuente para nada, ¿no es motivo de furia?” El explosivo párrafo transcrito pertenece a un artículo aparecido en La Vanguardia este jueves que, firmado por la escritora y ensayista barcelonesa Laura Freixas, resume a la perfección el clima de cabreo y hartazgo que embarga a millones de personas, en Cataluña y en el resto de España, con el infecto vodevil del proceso independentista catalán.

¿Reír o llorar? Esa es la cuestión. La “remodelación”, vulgar corte de cabezas, del Govern llevada a cabo el viernes por Puigdemont y Junqueras, da ciertamente para unas risas. Según la versión del gerundense, los consejeros cesados le habrían ofrecido gentilmente el cargo a la manera que los santos mártires de la Iglesia ofrecían su cabeza al verdugo, San Dionisio de París sin ir más lejos, o le indicaban con la mano, la testa sobre el cepo, el sitio preciso del cuello donde debía pegar le tajo, caso de las santas Felicidad y Perpetua. La realidad es mucho más prosaica. Se trata de una purga en toda regla a la estalinista manera, en la que tibios, pacatos, cobardes o simplemente sensatos, capaces de mostrar alguna duda razonable sobre la locura de esa nueva Albania que una minoría quiere imponer a la mayoría, son pasados por las armas sin miramientos. Algunas reflexiones interesantes al respecto:

Por fin el Gobierno Rajoy ha dado con la tecla. Ha tardado 5 años, pero parece que por fin lo ha entendido. Ha comprendido que la clave para combatir al secesionismo está en el bolsillo. En ese dicho tan catalán de “la pela es la pela”. Lo puso en evidencia el consejero Jordi Baiget, no solo al manifestar dudas sobre la viabilidad del referéndum (“el Estado tiene tanta fuerza que probablemente no se podrá hacer”), un secreto a voces, porque sería muy difícil encontrar hoy entre los altos cargos de la Generalitat a alguien que no manifieste la misma desazón con la deriva del prusés, sino, mucho más importante, porque el conseller abrió la caja de los truenos al asegurar que “Yo podría aguantar tener que ir a prisión, pero no si van contra el patrimonio; pensamos en la familia, nuestras decisiones pueden afectar a nuestras familias”.

Ahí le duele. El patrimonio. La pasta. Baiget fue decapitado de inmediato, pero ya era demasiado tarde, ya se había descubierto el pastel, el secreto de Polichinela que a los mentecatos de Moncloa tanto les ha costado descifrar: que nadie se quiere jugar su patrimonio. Nadie quiere que al delito de desobediencia se le sume el de malversación de caudales públicos con la consiguiente responsabilidad subsidiaria afecta al patrimonio personal. Leído este jueves: “El Tribunal de Cuentas ultima sus primeras decisiones sobre la denuncia contra Mas, Ortega y Rigau por supuestas responsabilidades contables en relación con la consulta del 9-N”. Ahí le duele. De donde se infiere que si los Rajoy, Montoro y compañía hubieran sido un poco más estrictos a la hora de financiar el proceso secesionista mediante los FLAs de turno, otro gallo nos hubiera cantado y probablemente no estaríamos ahora en la encrucijada en la que nos hallamos.

Oriol Junqueras es de facto el presidente de la Generalitat. En pleno maremoto provocado por la “revolución Baiget”, el de la mata de pelo estilo fregona Vileda no tuvo mejor idea que pretender nombrar a Junqueras una especie de alto comisionado para la cosa de la organización del referéndum del 1 de octubre, y a Junqueras le dio un ataque de risa. La pelea por ver quién firma y quién no cualquier papel comprometedor se ha convertido desde hace meses en un auténtico pulso entre los capos del prusés. Como era de prever, el líder de ERC dijo que verdes las han segado. Y además contraatacó con una lista de la compra, previamente negociada con Artur Mas, el gran emboscado, que exigía la destitución de los consejeros tibios o acollonados, todos de PDECat, claro está, y el compromiso de los nuevos de asumir de forma colegiada las responsabilidades políticas y judiciales derivadas de la puesta en marcha del fiestón indepe.

Los nuevos héroes del Fossar de les Moreres

Y naturalmente hubo corte de cabezas. La aparición en la rueda de prensa posterior del vicepresidente de la Generalidad en un plano de absoluta igualdad con el president, escenifica lo que es ya un secreto a voces: que Oriol es el gran capo del prusés, que Junqueras reina sobre Puigdemont, de la misma forma que ERC reina sobre los escombros de la antigua Convergencia. Lo más divertido es que el orondo líder de Esquerra, que se ha puesto el hombre como un tonel, no tiene la menor intención de firmar nada, porque ya se ha encargado él de que así sea: será Jordi Turull, un tipo que está en política desde los 16 años, desagradable de trato y fanatizado en extremo, quien se haga cargo desde la consellería de Presidencia de los preparativos del referéndum, del mismo modo que Joaquim Forn, otro independentista de toda la vida, otra cara pétrea a lo Junqueras, se encargará como conseller de Interior de impedir que los Mossos cumplan las órdenes del ministro Zoido llegado el caso. He ahí un par de héroes de nuestro tiempo dispuestos a inmolarse en el Fossar de les Moreres como padres putativos de la patria catalana. Son los camicaces de Puigdemont.

Una crisis cerrada en falso. “El ambiente en el seno del Govern es asfixiante: suspicacias entre compañeros de gabinete, temores expresados a medias por miedo al apelativo de traición y sospechas de escuchas telefónicas que llegan a la paranoia aunque quizá tengan alguna base real”. Así describía este jueves un diario catalán la situación que se vive en el Palau de la Generalitat. Una paranoia que anuncia el principio del fin, y ello porque los planes de Junqueras caminan en dirección contraria a los de ese patético Puigdemont enamorado del cargo que le cayó en suerte. La estrategia del líder de ERC apunta a terminar de hacer añicos al PDECat, para reinar sobre la Cataluña de derechas con un tripartito de izquierdas integrado por el PSC y En Comú Podem. De donde se infiere que don Oriol no va a correr el menor riesgo de ser inhabilitado como candidato a unas Autonómicas, y mucho menos ser imputado por malversación de caudales públicos, con la correspondiente pena de prisión y embargo de patrimonio.

¿Existe riesgo de algaradas callejeras? No es descartable que algo parecido se produzca, consecuencia de la frustración provocada al final de este camino sin retorno por gente como los antisistema de la CUP, esa vanguardia revolucionaria dispuesta a hacer de Cataluña algo más parecido a Siria que a Dinamarca. La aparición en escena de radicales como Joaquim Forn (horno), presagia el final de toda esperanza en lo que a cumplimiento de la legalidad democrática y respeto a las reglas del Estado de derecho se refiere. Los profetas dispuestos a inmolarse no podrán, sin embargo, contar con demasiada ayuda a la hora de la verdad. En Comú Podem (la coalición formada por Podemos, ICV y los “comunes” de Ada Colau) van a tratar de aprovechar el fiasco de la burguesía independentista para convertir Barcelona en la plataforma catalana del 15-M madrileño, trabajando activamente por la formación de un Gobierno de izquierda radical. Ningún interés en implicarse en un referéndum abocado al fracaso.   

La gran amenaza se llama ahora Pedro Sánchez

A Mariano Rajoy le vuelve a salir la jugada. La estrategia consistente en dejar que el Movimiento Nacional catalán se cueza a fuego lento en la salsa de su radicalismo le sigue dando buenos frutos, para sorpresa de quienes le reclaman un papel mucho más activo a la hora de combatir el golpe del Estado independentista. El prusés está ya como un buen bacalao al pil-pil: de coge pan y moja. Pero Mariano dejará que la olla termine por explotar en su momento. ¿Cuándo? Cuando su desactivación no le exponga de forma automática a una moción de censura que muy probablemente se prestaría a lanzar el gran Pedro Sánchez en alianza con las tropas de Pablo Iglesias y los restos del independentismo. Ergo cuando a Mariano le convenga, es decir, lo más cerca posible de unas elecciones generales en las que el gallego pueda recoger las nueces de un crecimiento económico ciertamente espectacular como el actual, con la promesa de esos 20 millones de empleos a las puertas del año 2020.

“Artur Mas se lo jugó todo al desastre económico de España, y perdió porque no se esperaba la recuperación”. Con esta ilustrativa frase explicaba días atrás el presidente de Foment y vicepresidente de CEOE, Joaquim Gay de Montellà, lo que ha sucedido en Cataluña en los últimos años. Ahora mismo la tormenta en el horizonte, la principal amenaza que se cierne sobre el futuro de España, muy por encima de Puigdemones y Junqueras, se apellida Sánchez y milita en el PSOE: he ahí un hombre dispuesto, cual nuevo Zapatero, a una reforma de la Constitución que “reconozca las aspiraciones nacionales” de Cataluña. Presto, pues, a hacerle el boca a boca a un independentismo que se ahoga y que fácilmente podría quedar noqueado para los próximos 20 años. Para tranquilidad de catalanes y resto de españoles. El eterno problema del socialismo español.


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