OPINIÓN

Teteras orbitando el Sol

La ciencia no ofrece verdades absolutas pero tampoco se le puede pedir que demuestra lo indemostrable. Pedir una seguridad del 100% a las antenas de telefonía móvil  o a los transgénicos, sostiene el autor, carece de sentido.

Los daños que causan a la salud humana las antenas de telefonía y los transgénicos son en realidad teteras orbitando el Sol. Me refiero, con esa expresión, a la figura retórica que utilizó el filósofo británico Bertrand Russell en un argumento muy conocido que reproduzco a continuación:

Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aun por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías.

Por lo tanto, según el filósofo y matemático, cuando de lo que se trata es de dictaminar la validez de un suceso extraordinario, la carga de la prueba no ha de recaer en quien la niega, sino en quien la afirma. Él desarrolló el argumento en relación con el debate relativo a la existencia o inexistencia de Dios, pero lo cierto es que su aplicación tiene un alcance mucho más amplio.

No hay datos que avalen que teléfonos móviles o antenas causen daños a la salud  

Es de aplicación, por ejemplo, a la controversia relativa a los supuestos efectos sobre la salud humana de las radiaciones electromagnéticas de baja frecuencia. Tras muchos años siendo utilizados, no hay datos que avalen la suposición de que teléfonos móviles, antenas o redes wifi causen daños a la salud humana. El último gran estudio ha sido el programa de investigación sobre telecomunicaciones móviles y salud (MTHR), que abarcó un periodo de análisis de once años y que fue realizado por el Departamento de Salud inglés. De acuerdo con sus resultadosno se ha encontrado ninguna relación entre telefonía móvil y cáncer.

Cuando se tiene la sospecha de que un agente determinado –ondas electromagnéticas de telefonía móvil, en este caso- ejerce un efecto sobre la salud de las personas –cáncer u otros males-, lo lógico es proponer el mecanismo que estaría en la base de esa hipotética relación causal, valorar la verosimilitud del efecto que se predica y, si es el caso, realizar los experimentos pertinentes para confirmar o refutar la hipótesis. En este caso no hay base teórica que avale la pretensión de que las ondas de telefonía móvil causen cáncer, pues la energía de dichas radiaciones es manifiestamente insuficiente para provocar alteraciones en las moléculas biológicas que pudieran provocar el desarrollo de tumores.

Además de las consideraciones teóricas, de la literatura científica tampoco se puede extraer ninguna conclusión en el sentido de que las ondas electromagnéticas de baja frecuencia (inferior a la de la luz) provoquen los daños que algunos les atribuyen. Y lo dicho en relación con las ondas de telefonía móvil es, mutatis mutandis, perfectamente aplicable a las plantas transgénicas y los efectos negativos sobre la salud que algunos atribuyen a los productos elaborados con ellas.

Pues bien, a pesar de lo expuesto en los párrafos anteriores, lo cierto es que no podemos afirmar taxativamente que las ondas de telefonía móvil NO causan daño alguno a la salud. De la misma forma que no podemos afirmar taxativamente que las prendas de algodón no provocan impotencia a quienes las usan.

El principio de precaución se basa en pedir demostraciones que no se pueden realizar

He señalado la imposibilidad de realizar afirmaciones tajantes en relación con la inocuidad de las antenas de telefonía móvil, de las plantas transgénicas o de las prendas de algodón porque quienes se oponen a la colocación de antenas (aunque no, curiosamente, de televisión) en su vecindario o en las proximidades del centro escolar de sus retoños, así como quienes rechazan el cultivo y la comercialización de organismos transgénicos sostienen que, en tanto no se pueda establecer con certeza que el uso de una tecnología NO conlleva riesgo para la salud, la tecnología en cuestión no debe ser permitida. Se pide, por lo tanto, que se demuestre que algo NO causa un efecto determinado. Pero resulta que eso no es posible.

Y es que en ciencia, con carácter general, no se pueden dictar sentencias definitivas, tampoco en relación con la inocuidad de algo, porque no se puede asegurar que en alguna ocasión no se vaya a documentar algún caso en el que ese algo se revele dañino. Además, si bien para verificar la existencia de una relación causa-efecto bastaría con un único estudio en que tal relación pueda demostrarse de forma indubitada, no ocurre lo mismo con la inexistencia de una relación tal, ya que pueden repetirse estudios y observaciones en los que no se detecte ningún efecto y, sin embargo, ello no sería garantía de que nunca vaya a detectarse. En otras palabras, millones de cisnes blancos no son garantía de que el próximo que veas también sea blanco. Una vez más, la ciencia se muestra débil, porque no puede proporcionar tales seguridades.

“Millones de cisnes blancos no son garantía de que el próximo que veas también sea blanco”

Pero no debe preocuparnos esa debilidad. En cierto modo, nos encontramos en una situación parecida a la que discutí cuando traté la relación entre la ciencia y la verdad. La ciencia no admite seguridades absolutas, pero su forma de generar conocimiento ofrece un margen de seguridad amplísimo en este tipo de situaciones. Porque si en décadas de telefonía móvil no se han detectado daños a la salud atribuibles de forma indubitada a las ondas electromagnéticas de frecuencia inferior a la de la luz, es altísimamente improbable que puedan producirse tales daños.

Volvamos, para terminar, con el filósofo británico. La pretensión de que haya de probarse que transgénicos y ondas de telefonía NO causan daños a la salud humana equivale a la de exigirle a Russell que pruebe que su tetera no existe. Pero, como hemos visto, corresponde a quien sostiene una hipótesis aportar las pruebas que la avalen, y no al revés. De lo contrario, nos encontraríamos cada dos por tres tratando de demostrar que entre las órbitas de la Tierra y de Marte no hay ninguna tetera de porcelana dando vueltas alrededor el Sol o -algo un poco más próximo a nuestra experiencia cotidiana- que las prendas de algodón no provocan impotencia. 

*Juan Ignacio Pérez es coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco y colaborador de Next.


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