Destinos

Ciudades tocayas a ambas orillas del Atlántico

¿Una Zaragoza en Colombia? ¿Una Cuenca en Ecuador? ¿Una Valencia en Venezuela? Separadas por el gran charco, el mapa está cuajado de ciudades homónimas que a veces en nada se parecen. Son la herencia del descubrimiento, la nostalgia de los conquistadores que les dieron nombres españoles en honor a su tierra de origen. La historia fue acoplando sus costumbres bajo estos títulos de la madre patria. Por eso, en este delirio, encontramos una Córdoba sin geranios o una Guadalajara que baila al son de mariachis y tequila. 

Córdoba, Argentina

La pampa en la que se emplaza la ciudad argentina más extensa poco o nada tiene que ver con los patios perfumados de flores que distinguen a la localidad andaluza. Sin embargo, fue denominada así porque su fundador, Jerónimo Luis de Cabrera, quiso honrar con esta mención a su amada esposa cordobesa. Sin mezquita y sin flamenco, la Córdoba de acento argentino, también llamada La Docta, tiene en la doma y el folclore sus grandes pilares culturales. Eso sí, en la gastronomía encuentran un nexo común, pues ambas ciudades presumen, cada cual en su estilo propio, de saciar generosos estómagos con delicias tradicionales.

Guadalajara, México

La ciudad que inspiró la pegadiza ranchera es la capital del estado de Jalisco y la cuna del famoso tequila. Dicen que por su huella colonial y por su carácter festivo es más parecida a Sevilla que a la recia urbe castellana, donde había nacido Nuño Beltrán de Guzmán, conquistador del occidente mexicano. Guadalajara, en ambos casos, luce en su belleza arquitectónica el rastro de su respectiva historia: la española, con los restos del Alcázar defensivo, las iglesias de estilo mudéjar y los palacios hidalgos; y la mexicana, con un centro histórico neoclásico presidido por la catedral y animado en todas sus esquinas por la música de los mariachis.

Zaragoza, Colombia

Con el secreto del oro que guardaba en sus entrañas, esta ciudad colombiana le tomó prestado el nombre a la capital aragonesa, aunque los indios siempre la reconocieron como ‘tierra de paz y de bien’. Selvática, húmeda, habitada por especies exóticas, poco saben hoy los maños de su tocaya americana, escondida en el Valle del Cauca a la orilla del río Nechí. Tampoco por estas latitudes imaginan el municipio español, que se asienta asimismo en un valle horadado por el lustroso Ebro. Hasta aquí todas sus coincidencias. Porque si la primera Zaragoza tiene en las peleas de gallos su máxima expresión jocosa, con la segunda no hay quien rivalice en la celebración del Pilar y sus típicas rondas joteras.

Cuenca, Ecuador

Aunque no tiene casas colgadas ni la magia del entorno natural que gasta la ciudad manchega, la Cuenca de Ecuador ostenta un título que en nada le va a la zaga: la llaman la Atenas de los Andes por ser cuna de poetas ilustres y exponente de las artes y las letras. Además, su catedral románica, famosa por las cúpulas celestes, se cuenta entre las más impresionantes de toda América Latina. Por todo ello, la ciudad ecuatoriana fue declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, un galardón que a su homónima le habían llegado tres años antes. El bello recinto intramuros y su posición dramática sobre las hoces del Júcar fueron, en la Cuenca española, dos bazas determinantes.

Valencia, Venezuela

En pleno corazón de Venezuela, cobijada por una cordillera, hay una Valencia sin Mediterráneo que es la capital de Carabobo. Una ciudad pulcra y discreta, con un lago llamado Tacarigua, zonas verdes y una plaza de toros que, al igual que en la urbe fallera, destaca por su inmenso tamaño. Menos tranquila y más turística, la otra Valencia, la hispánica, está plagada de reclamos: desde la playa de la Malvarrosa, al encanto histórico del Carmen, pasando por la vanguardia de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Y ello por no hablar de la paella, su carta de presentación al planeta.


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