Destinos

Corea del Norte… Here I go!

Me encanta hacer turismo, pero odio a los turistas. Colas interminables, aglomeraciones y merchandising imposible. No, gracias. Por eso siempre apuesto por destinos desconocidos, insólitos y atípicos, donde el único español que se escuche en 100km a la redonda sea el mío y el de mi madre chillándome al otro lado del teléfono móvil.

Este año decidí irme a Corea, pero a la del Norte. Mis amigos me decían que estaba loca por querer viajar a uno de los países más herméticos del mundo. “Pero si ahí no va nadie y menos ahora”, decían… ¡Perfecto para mí!

Concretamente 4.000 occidentales al año eligen Corea del Norte como destino turístico, ayudados por las pocas agencias de viajes que cuentan con el beneplácito del régimen para organizar visitas al país. Entre ellas la española Viatges Pujol, que gestiona unas 200 al año, la mayoría a la capital norcoreana, Pyongyang.

Siendo uno de los pocos países comunistas que quedan en el mundo, el choque cultural al llegar desde occidente es brutal y uno siente haber retrocedido en el tiempo. Es un país que vive aislado, totalmente cerrado a las influencias externas y con su propio calendario (Juche) paralelo al occidental.

Corea del Norte es uno de los países más seguros del mundo para los turistas. Son muy bien acogidos y tratados como "huéspedes del Estado", se les hospeda en hoteles especiales para ellos (Hotel Yanggakdo) y se les trata en hospitales para extranjeros. Una “seguridad” que a mí me parece un eufemismo de “control”, pero que en la situación actual es de agradecer.  A nuestra llegada a Pyongyang debíamos entregar todos los dispositivos electrónicos, pero desde principios de este año permiten conservar el teléfono móvil bajo la condición de adquirir una tarjeta SIM local. El coste de la llamada es, aproximadamente, de 4e/minuto desde Corea a España, y no está autorizado el libre acceso a internet ni el pago con tarjetas de crédito, sólo en efectivo.

En el aeropuerto nos asignaron un guía, un chófer y un guardia de seguridad para acompañarnos hasta el final del viaje, ya que no se permite circular libremente por el país ni tan siquiera abandonar el hotel sin ellos. La ciudad es conocida por su casi total oscuridad por las noches, con la excepción de algunos edificios y de la antorcha roja de la Altísima Torre Juche, por lo que la vida nocturna fuera del hotel es casi inexistente.

Paseando por las calles de Pyongyang llama la atención la ausencia de publicidad comercial. Ni un cartel, ni una valla, ni ningún otro soporte que no lleve propaganda política y de exaltación de sus líderes, como el fallecido Presidente Kim Il Sung o su también difunto hijo Kim Yong Il. De los omnipresentes retratos del actual líder, mejor ni hablar. El pueblo lo venera hasta tal punto que si se oye a un turista hablar negativamente de él, éste será expulsado del país (vaya, con lo que me gusta a mi marujear…).  El fervor por la familia de dictadores que ha gobernado este país durante tres generaciones es brutal. Tanto como que antes de cumplir 24 horas en la ciudad debes visitar la gigantesca estatua de bronce de Kim Il Sung para hacerle una venia.

El mejor modo de contemplar de cerca la vida cotidiana de la ciudad es viajando entre sus habitantes. Y para ello, nada mejor que hacerlo en su impresionante Metro, que cuenta con paradas a más de 100 metros bajo tierra y enormes mosaicos que narran los éxitos de la revolución.

La ciudad cuenta con enormes e imponentes monumentos como el arco del Triunfo, la estatua Chollima, el Museo de la Victoria de la Liberación de la Patria, pero nada supera la emoción que se siente al visitar la DMZ o zona desmilitarizada. Allí un soldado norcoreano nos explica los acuerdos realizados para firmar un alto al fuego a la Guerra de Corea, nos acompaña a la frontera que divide a ambas y se puede sentir la tensión en el ambiente mientras entramos unos metros en Corea del Sur, donde nos unimos momentáneamente a turistas occidentales que visitan la frontera desde el lado capitalista de la península.

En cuanto a la gastronomía, la comida coreana es muy especial, exótica y peculiar. Se caracteriza por emplear muchas especias que la hacen diferente de las comidas japoneses y chinas, aunque compartan muchos ingredientes. El Pyongyang Onban es uno de los platos más famosos de la ciudad. Se compone de un   cuenco de arroz hervido cubierto con tortillas de judías verdes y pollo troceado que se sirve acompañado por una sopa de soja con salsa picante, cebollitas verdes, huevo frito cortado en tiras, semillas de sésamo y pimienta. Y se acompaña de salsa de soja con especias y nabak kimchi, preparado con rábano picante. En las comidas del día a día, el Kimchi es el plato coreano más popular. Existen distintas variedades pero todos tienen un sabor fuerte y un poco agrio y un aroma muy especial. Se prepara con col, rábanos y otras verduras mezcladas con peras, nueces, pimienta roja, cebolletas, ajo, jengibre y otros aliños.

Para acompañar la comida, nada mejor que el exquisito Vino de moras de Paektusan, especialidad de las montañas Paektu y para brindar una copita de Soju (bebida destilada de arroz de 23º).

No me equivoqué. Corea del Norte es un viaje único por su cultura, sus monumentos, sus increíbles paisajes montañosos, su comida, y su tranquilidad. Todo un enigma esperando a ser descubierto. Como dicen por allí, Corea  “chonmal chuguinda” (Trad.: es una pasada).


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