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Cuenca: Leyendas, cuestas y arte

La telefonista desinformada de la película Todo es mentira se cruza en el camino de Coque Malla cuando ya había decidido marcharse a Cuenca: «Mire en la ce de Cuenca o en la hache de hoteles a ver si encuentra algo».

Otros lo tenían muy claro. José Luis Coll decía que Cuenca era un buen lugar para nacer, aunque tuviera que hacer planteamientos casi ontológicos para demostrarle a un imbécil que la ciudad existía. Enarbolaba su bandera a la más mínima ocasión: «Soy conquense, cosa que muy pocos pueden decir, de la ciudad encantada pasada a cuchillo varias veces. Ciudad de más leyendas que historia, donde las brujas conspiraban desde los tejados y los monjes manejaban la espada».

Con semejante historial de leyendas, con cierta querencia por lo esotérico, no es extraño que las acabes oyendo por todas partes. En el bar, en la carnicería o a través de la amable guía turística que se empeña en contarlas. Las dos más conocidas son la de la Cruz de los Descalzos y la del Cristo del Pasadizo. La primera narra las correrías de un mozo que cuando llega el momento de consumar se encuentra con una sorpresa -las pezuñas del diablo- bajo la falda de su amada, y la segunda es una suerte de ménage à trois que acaba de forma trágica para los chicos y con Inés en el convento de las Petras. Guión clásico con final previsible para adaptar los cuentos shakesperianos a los paisajes de La Mancha.

El proyecto Cuenca Oculta hace un viaje por las entrañas de la ciudad a través de refugios antiaéreos, criptas y largos túneles con propensión a las habladurías. Es el caso del que conecta el seminario de San Julián con el convento de Las Blancas. Da igual que el túnel estuviera allí desde mucho antes de la llegada de los religiosos. Las alusiones al sexto y al noveno mandamiento, amén de los escapes de risa floja, están servidos.

Cuenca es una ciudad que está cuesta arriba. Al final acabas bajando, pero sólo te acuerdas de las cuestas, porque si bien Cela dijo que caminándola, al viajero le brotan de súbito alas en el alma, hace falta algo más que alas para que cada adoquín pisado no cuente. Es muy fácil diferenciar al censado del que está de visita: por sus pasos les conoceréis. Da igual lo que busques en el mapa, todo está arriba, en el meollo histórico que le valió el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Únicamente el monasterio de San Pablo, actual Parador, parece querer escapar del complejo entramado de verticales soluciones habitacionales. Este cómodo lugar sirve de premio de consolación para el viajero que intentó pero no consiguió entradas para la Semana de la Música Sácra.

Desde San Pablo, vemos la parte de la ciudad que se asoma al Huécar, sobre la hoz que soporta la cara más conocida de Cuenca. Allí están los rascacielos del siglo XV, alguna iglesia y las famosas casas que como cuelgan de un risco, no de un cuello, son colgadas y no colgantes. El interior de las Casas Colgadas alberga el Museo de Arte Abstracto Español, con obras de Saura, Chillida, Zóbel y Torner entre otros. Un buen puñado de las casas de la ciudad tuvo su pasado de clausura, confesiones y bulas para comer carne los viernes. Dada la crisis de vocaciones espirituales, hubo que llenar esos espacios con algo más tangible y el incomprendido arte contemporáneo, no apto para escépticos ni cobardes, encontró en Cuenca espacio para campar a sus anchas.


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