Ermonela Jaho, la soprano que emocionó al público del Teatro Real con su Madama Butterfly.
Ermonela Jaho, la soprano que emocionó al público del Teatro Real con su Madama Butterfly. Javier Martínez

Madama Butterfly Ermonela Jaho, la soprano que emocionó a España: “Como Cio-Cio San perdió a su hijo, yo perderé la voz”

La cantante que salió de la Albania comunista ha arrancado aplausos y lágrimas al público con su interpretación de Madama Butterfly, la ópera de Puccini que este viernes llega a su última función en el Teatro Real.

A Ermonela Jaho (Albania, 1974) la precede su voz. Quien aguarda su llegada puede escucharla hablar en italiano por los pasillos. Ya en el marco de la puerta, la soprano sonríe. Saluda. Contesta preguntas. Se deja fotografiar. A sus espaldas, el teatro vacío luce exhausto; recubierto por esa película que forman las emociones de otros cuando se depositan en un patio de butacas. Durante diez noches -la de su retransmisión en la televisión pública y Facebook por encima de las demás- la cantante ha arrancado aplausos y lágrimas al público con su interpretación de la Cio-Cio San de Madama Butterfly, la ópera de Puccini que este viernes llega a su última función en el Teatro Real.

Algunos la llaman la nueva María Callas, aunque quien la observa encuentra más bien a una mujer que lleva años buscando ser la que es hoy. La dueña de una voz que se desborda, liberada del miedo a perderla, porque sabe que tarde o temprano se esfumará. "Llegará un día en el que, así como Cio-Cio San pierde a su hijo, yo perderé mi voz. De ahí proviene el dolor que siento y transmito cuando canto", dice Ermonela Jaho. Quien la ha escuchado desde el patio de butacas, entiende -ahora sí- por qué Madama Butterfly resuena de esa forma cuando es ella quien la interpreta.

A los seis años, Ermonela Jaho supo que cantar la hacía sentir libre; distinta en una sociedad donde todos estaban condenados a ser iguales. La víspera de su examen de ingreso en la academia, acudió con su hermano al Teatro de la Ópera de Tirana. Tenía 14 años, nunca había escuchado un aria y necesitaba cantar algo ante los profesores que la examinarían. Esa noche escuchó por primera vez La Traviatta, de Verdi. La cantó al día siguiente. Desde entonces, Ermonela ha interpretado a Violeta en 240 ocasiones. Aunque aquella noche, claro, la escuchó en albanés. Hoy no es capaz de recordarla en aquella lengua. O dice no ser capaz.

A los seis años, Ermonela Jaho supo que cantar la hacía sentir libre; distinta en una sociedad donde todos estaban condenados a ser iguales

Ermonela Jaho salió de su país a comienzos de los años noventa. Tenía 18 años. Recién se habían celebrado las primeras elecciones democráticas en la historia de Albania, un país en el que hasta hacía poco, cruzar la frontera era un delito contra el Estado. Su primer destino fue la Academia de Mantua, donde consiguió una beca tras ganar un concurso organizado por la soprano italiana Katia Ricciarelli. Tras completar sus estudios allí, fue aceptada en la Accademia Nazionale di Santa Cecilia, en Roma, donde estudió canto y piano durante cinco años. En ese tiempo, luchó a brazo partido por abrirse camino. Acaso porque ha sido mucho, Ermonela no quiere significarse en el sacrificio, sino en la pasión que lo justificó.

Hija de un militar y de una profesora que amaba la música, Ermonela Jaho parece haber heredado la fuerza y la melancolía de la tierra en la que nació, ese arrebato que ella lleva puesto en la voz y que le recorre el cuerpo como una electricidad. "La mujer mediterránea, la mujer albanesa, cuando está feliz, es algo inmenso y cuando sufre, también", explica la soprano, extendiendo los brazos y entornando sus ojos oscuros. Toda ella voz, incluso cuando no canta. Así es Ermonela Jaho.

ErmonelaJaho, durante la entrevista concedida a Vozpópuli.
ErmonelaJaho, durante la entrevista concedida a Vozpópuli. Javier Martínez

¿Cómo voy a explicarle a la gente que usted existe? Que hay una soprano que contradice la idea del canto lírico como algo distante.

Debe ser así. Tenemos que dar emociones, porque cantamos emociones. No puedo pensar sólo en el hecho de que mi voz suene con belleza. Debo cuidarla técnicamente para que el exceso de sentimiento no la comprometa, por supuesto. Pero no puedo apartarla de lo que siento. Mi voz es el puente entre mi corazón como artista y tu corazón como parte del público.

En una sociedad comunista todo está controlado, todos deben ser iguales. La emoción está desterrada. ¿Cómo influyó eso en usted?

Los seres humanos necesitamos sacar aquello que llevamos dentro. Cuando no eres libre de expresar una opinión o un sentimiento, que es lo que ocurre en la sociedades comunistas, eso se va haciendo cada vez mayor en tu interior. Y todos buscamos formas de sacarlo. En mi caso fue la música, cantar.

Eso lo descubrió pronto. Tenía seis años, ¿cierto?

Sí. Y lo hice sin saber muy bien por qué. Cuando era niña, al cantar me sentía feliz, libre. Con el paso del tiempo he llegado a comprenderlo y en parte porque la ópera me lo ha permitido. La ópera no es una música de cinco minutos, es algo mucho más profundo: una historia completa que va sacando de ti toda la vida que tienes en tu interior.

Ermonela Jaho supo, a los seis años, que cantar la hacía libre.
Ermonela Jaho supo, a los seis años, que cantar la hacía libre. Javier Martínez

¿Cómo Albania modeló su forma de ver y sentir la música?

Albania, por ser un país comunista, tenía una cultura controlada pero teníamos un teatro de la ópera, muy al estilo ruso, eso sí. Así que todas las obras se cantaban en albanés. Comencé de niña, cantando en un festival, aunque también lo hacía a solas. A veces, el solo hecho de sacar la voz fuera de ti, te concede libertad, incluso aunque sea sólo melodía, aunque no exista la letra. Por eso continué cantando.

Usted salió de Albania poco después de 1992, el año en que se celebraron las primeras elecciones. ¿Cuál fue en su caso el punto de inflexión para irse?

Cuando el comunismo acabó en Albania, vino la cantante italiana Katia Ricciarelli e hizo unas audiciones para llevar a algunos jóvenes a la escuela de canto de Mantua, en Italia. Yo me presenté a las audiciones y me eligieron.

Ermonela, ante el escenario del Teatro Real donde se representa Madama Butterfly.
Ermonela, ante el escenario del Teatro Real donde se representa Madama Butterfly. Javier Martínez.

¿Cómo recuerda ese salto de la Albania socialista a la Italia de entonces?

Fue difícil, porque era otra mentalidad. Yo venía de una sociedad en la que nadie podía aspirar ser más de lo que tenía asignado. Así que suponía enfrentarse, de plano, a otra realidad. Un artista puede venir de cualquier país o cualquier lugar, sea el más pobre o el más rico, pero lo que haces con tus deseos y sueños es otra cosa. Y yo tenía un sueño mucho mayor a esos cambios.

Fracasar en un entorno extraño es distinto de fracasar en casa ¿Cómo lidió con eso?

Yo acepté ese hecho como algo normal, era mucho más importante conseguir lo que había ido a buscar. Te puedes caer y te puede doler, por supuesto, pero te levantas y continúas. Puedes estar lejos de tu país y la gente puede no creer en ti, por supuesto: porque eres tú quien debe creer y quien debe convencer a los demás.

"La mujer mediterránea cuando está feliz, es algo inmenso -Ermonela alza los brazos y simula arrebato- y cuando sufre, también. Crecí viéndolo en Albania"

Al mirar hacia atrás, hacia esos años, ¿qué queda de aquello en usted?

Todas las dificultades fueron buenas porque me permitieron aprender el valor de la vida y las cosas. Puede que yo no tuviese todas las oportunidades materiales, pero eso me ayudó a entender cuánto valen otras cosas, cuál es el valor de la vida, de cada función.

¿Cómo la experiencia de dejar atrás un país ha moldeado su voz y su espíritu? ¿Qué momento de su vida sostiene en la mano cuanto canta?

La mujer mediterránea cuando está feliz, es algo inmenso -Ermonela alza los brazos y simula arrebato- y cuando sufre, también. Crecí viéndolo en Albania. Me gusta observar a las personas y eso me ha permitido ver que muchas mujeres se comportan igual, en otros lugares. Cuando se separan de sus hijos o se desprenden de algo, veo a cada mujer albanesa. Soy capaz de absorber esas emociones y verterlas.

El público de esta Madama Butterfly lo ha sentido.

Cuando interpreto a Cio-Cio San me veo a mí misma. Yo dejé mi país porque quería buscar mi sueño. No tenía 15 años como ella, pero sí 18. Y como Cio-Cio San, me lancé por mi gran amor, que era la ópera, de la misma forma en que ella se lanzó a buscar el amor por Pinkerton. Pueden parecer distintos el amor por una persona y por una vocación , pero ambos son igual de grandes. Llegará un día en que, así como Cio-Cio San, pierde a su hijo, yo perderé mi voz. Dejará de estar ahí. Ese es el lugar de donde proviene el dolor que siento y transmito. Es la vida.

La soprano Ermonela Jaho finaliza la temporada del Teatro Real son su interpretación en Madama Butterfly.
La soprano Ermonela Jaho finaliza la temporada del Teatro Real son su interpretación en Madama Butterfly. Javier Martínez

Así como la Violeta de La Traviatta lucha contra la enfermedad, ¿lucha usted contra la desaparición de su voz?

Lo tengo claro: mi voz desaparecerá. Es parte de la vida. Nunca vamos a rejuvecener, al contrario: vamos hacia la vejez. A la voz le pasa lo mismo. Ahora le doy mi experiencia a los chicos más jóvenes. Lo he hecho en Nueva York, en Londres, en Albania. Aporto mi experiencia técnica pero trato de transmitir mi experiencia vital.

¿Qué les dice usted? ¿Y qué le dicen ellos?

Cuando me reúno con ellos, los veo así –Ermonela cambia de posición, dramatiza, se hace la apocada y exclama: 'Oh no, es imposible, todo es tan dificil'. Les ocurre a todos, en muchas partes del mundo. Entonces, les digo –la soprano golpea la mesa con su dedo índice-: '¡No, nada es imposible!'. A mí no me entristecen ni mi lucha ni las dificultades. Todos tenemos que enfrentar situaciones de ese tipo. Por eso siempre les repito a estos chicos lo mismo: esa pasión, es la que tiene que hacerte luchar y la misma que tienes transmitir en el escenario. Eso también cuesta mucho trabajo y es a veces mucho más duro. Hay mucha soledad en el trabajo diario.

"Las emociones necesitan tiempo, porque son reales. Por eso la ópera nunca envejecerá: porque vive de esas emociones. Yo vocalizo mi alma en el escenario"

¿Cómo ha cambiado el mundo de la ópera desde que usted comenzó hasta hoy?

Se ha acelerado y las cosas necesitan tiempo. Un niño necesita nueve meses para crecer. Esa rapidez que hoy domina al mundo de la música ayuda en algunos casos, pero en otras ocasiones distorsiona. Las emociones necesitan tiempo, porque son reales. Por eso la ópera nunca envejecerá porque vive de ellas. Cuando las cosas se hacen emocionales, se vuelven humanas. Yo vocalizo mi alma en el escenario.

¿Cuál ha sido su personaje decisivo? ¿El más importante?

Siempre me enamoro del personaje que interpreto. Ahora es la Cio-Cio San de Madama Butterfly. Cuando interpreto La Traviatta, es Violeta. Uno tiende a convertirse en una misma cosa.

Escuchamos voces bellas. Las almas bellas, ¿a qué suenan?

Las voces bellas las escuchas y puedes reconocer su color, pero si no expresan emoción, a los 15 minutos te aburres. El alma tiene alegría, tristeza, amor. Todo eso se la traspasa a la voz. Muchas veces no es una voz bella lo que te hace llorar: es el alma que va unida a esa voz. Es el puente que se tiende entre ambas.


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