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Un libro que hay que leer antes de ver 'Mi semana con Marilyn'

Este fin de semana llega a los cines Mi semana con Marilyn, una película del cineasta Simon Curtis que aprovecha la historia del rodaje de El príncipe y la corista para hacer un retrato de Marilyn Monroe. Aunque son tantos ya, y tan parecidos todos entre sí los retratos de la rubia, que cuesta pensar en un ángulo distinto, en un matiz posible sobre un personaje al que muchos se empeñan en aplanar, cuando se trata, quizás, de uno de los más complejos de la historia reciente.

Mi semana con Marilyn se desarrola en el verano de 1956, cuando Colin Clark (interpretado por Eddie Redmayne), de 23 años, deja Oxford para hacer carrera en el cine trabajando como ayudante de producción en el set de rodaje de El príncipe y la corista, película que interpretaron Laurence Olivier (Kenneth Branagh) y Marilyn Monroe (Michelle Williams).

Ese año, la actriz, toda una celebridad hollywoodense, estaba de luna de miel con su marido, el escritor Arthur Miller (Dougray Scott), quien a los pocos días se devuelve a Estados Unidos. Colin aprovecha el camino libre  para ser el lazarillo de la actriz entre aduladores y  ser su compañero, revelándose como testigo de la presión que ejerce el mundo de Hollywood sobre esta frágil mujer.

Para que la película no quede en una estrecha lámina de colores planos o una estampa al modo Wikipedia, habría que dar un repaso a los versos urgentes que la rubísima Monroe garabateó con letra aniñada y mañosa en hojas membretadas del Waldorf -Astoria y que hoy permanecen recogidos en el libro Fragmentos, editado por Seix-Barral en el año 2010.

Una frase de Antonio Tabucchi  en el prólogo del libro arroja luz sobre la vida exagerada de Monroe:“Si las personas escasamente sensibles e inteligentes tienden a hacer daño a los demás, las personas demasiado sensibles y demasiado inteligentes tienden a hacerse daño a sí mismas”.

Esa frase parece resumir en unas pocas líneas, el universo esencial de Monroe: su precipitado matrimonio, a los 16, con un obrero que la traicionará con otra; el amor posterior con el pelotero Joe Di Maggio; su matrimonio con el dramaturgo Arthur Miller; sus lecturas de Joyce y Whitman alternadas con sus disfraces de  tonta a quien los caballeros preferían rubia.

Marilyn Monroe era una potente Diosa de aflautada voz y sugerente canalillo, también una mujer aterrada de sí misma. Alguien que quería estar viva y muerta. Alguien capaz de castigarse y de aspirar a la vez a las hermosas vistas -y las caídas- de altares tan altos como el cuello de un Martini. En esa recopilación de textos, Marilyn Monroe parece un fogonazo continuo, tal y como lo demuestran estos versos:

"Ay maldita sea me gustaría estar muerta/absolutamente no existente/ausente de aquí/de todas partes pero cómo lo haría/Siempre hay puentes/-el puente de Brooklyn-/Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura/y el aire es tan limpio) al caminar/ parece tranquilo a pesar de tantísimos/ coches que van como locos por la parte de abajo. Así que/ tendrá que ser algún otro puente/ uno feo y sin vistas/ salvo que/ me gustan en especial todos los puentes/ tienen algo y además/ nunca he visto un puente feo".

Para retratar la naturaleza de la actriz, el periodista y novelista Norman Mailer -quien estuvo en la sesión de fotos de Bert Stern para Vogue tres semanas antes de la muerte de la actriz- explicó que para sobrevivir, Monroe habría tenido que ser “más cínica o por lo menos estar más cerca de la realidad”. Pero que, en lugar de eso, era “una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que le hacía jirones en la ropa”. Me pregunto cuántas veces le habrán arrancado algo más que el vestido.

Hay una fotografía realizada  justo un año antes del rodaje al que hace alusión la película de Curtis. El retrato lo hizo  Bettman a la actriz  mientras ésta fumaba, apoyada con la mitad del torso asomado al precipicio, en la Terraza del Hotel Ambassador, en Nueva York. Al mirar esta imagen, el espectador se queda con la impresión de que si, como dice en sus versos, para Marilyn Monroe ningún puente era feo sería porque todos le parecían un hermoso lugar desde donde tirarse

La ambivalencia es su poética y su trastorno. La fuente misma de su belleza. La que escribe y la que padece. “Vida/ Soy de tus dos direcciones/ De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo/ casi siempre/ pero fuerte como una telaraña/ al viento- existo más con la escarcha fría resplandeciente/ Pero mis rayos con abalorios son del color que he visto en un cuadro -ah vida te han engañado”. ¿Para eso quería el puente? ¿Para cruzar las dos orillas o para arrojarse en el camino?

En su casa de Bretonwood, en Los Ángeles, donde pasó los últimos seis meses de su vida y de donde salió muerta el 5 de agosto de 1962, una puerta de madera conservaba, en aquel entonces, una inscripción en latín. Cursum perficio. Fin del camino. Fin de un viaje a propulsión, por decisión propia, con la mano de una hermosa suicida que llegó al fin del camino antes de tiempo. Hoy, su rostro vuelve a la pantalla, estropeado por la mueca de la imitación o la parodia, pero vuelve, como siempre, vuelve.


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