La crónica de José A. Vara

Rivera, a 27 escaños de irse a su casa

Ese es el número de asientos que separan al líder de Ciudadanos del ocaso. Quedar por debajo de los treinta escaños o por detrás de Vox sería el punto final a su carrera política

Albert Rivera.
Albert Rivera. Cs

“Si baja de los 30 diputados, se tendrá que ir”. La sentencia se escucha más extramuros de Ciudadanos que en el seno naranja, donde más bien se razona en estos términos: “Si quedamos detrás de Vox, habrá que hacer algo”. A dos semanas de las elecciones, Cs vive en paralizado en un 'si' condicional angustioso, con la continuidad de Albert Rivera (Barcelona, 39 años) como primer interrogante. Apenas 27 escaños le separan del abandono que tanto se pregona.

El rumor lo aventó el propio Rivera, primero en Telecinco y luego en lo de FJL, más matizado: “Nunca he tenido apego a mi sillón, tengo una profesión y tendré trabajo fuera de la política”. ¿Eso es un preadiós? Así lo han tomado muchos de sus militantes, que empezaron a escrutar cifras y escaños. Ciudadanos consiguió 57 diputados el 28-A. Venía de 32 en 2016 y de 40 en 2015. Bajar de los 30, en efecto, sería una catástrofe y, posiblemente, una razón pertinente para que Rivera enfile la puerta de salida. Peor aún sería que Vox le pasara por la derecha-derecha, algo que ya apuntan algunos sondeos

Motivos para la reflexión

El partido naranja ha vivido unos meses de enorme inestabilidad. Su zigzagueante relación con el PSOE, su aparente retirada de Cataluña, con el cambio de código postal de Inés Arrimadas, la saga/fuga de un puñado de sus más destacados dirigentes, las especulaciones sobre el verano secreto de Rivera, la forzada pirueta antes de la audiencia con el Rey en la Zarzuela... “Hemos tenido de todo menos tranquilidad”, comenta un veterano militante.

En el equipo estratégico de Cs se muestran inquietos, pero no desesperados. Descreen de las encuestas y dan por hecho que no bajarán de los 13 puntos

En el equipo estratégico de Cs se muestran inquietos, pero no desesperados. Descreen de las encuestas, que nunca aciertan con la formación naranja, y dan por hecho que no bajarán de los 13 puntos donde sitúan su suelo electoral (13,9%; 13,05%; 15,8% respectivamente en las últimas tres convocatorias). Ser superados por Vox "sería un desparrame, casi inasumible", dice esta fuente, amen de "un motivo categórico para repensar el futuro". Es entonces cuando todas las miradas se posan en Inés Arrimadas.

Las cábalas internas, algunas erizadas de críticas, circulan en dos direcciones. Primero, que nunca se debió apostar tan fuerte por erigirse en el líder de la oposición, como ocurrió el 28-A, cuando, pese a quedar a 9 escaños del PP, Rivera, otra vez el segundón de la derecha, pareció cavar su fosa. Demasiado riesgo. Y segundo, Cs ha nacido para ejercer el digno papel de partido bisagra, le pese a quien le pese, algo que no todos asumen. Es el complemento imprescindible para conformar mayorías y enviar a los nacionalistas al pozo negro del carlismo, donde se refocilan desde hace siglo y medio, sin apego ninguno a la modernidad ni al progreso.

Cs ha nacido para ejercer el digno papel de partido bisagra, le pese a quien le pese, algo que no todos en la formación naranja asumen

Rivera está estos días más delgado y más humilde. Ya no sueña quizás con ser Kennedy. Ni siquiera con acerarse a Suárez. Ahora intenta salvar los muebles. Hasta hace nada, su máxima era aquella de Fouché: “Nada de lo que hice merece mi arrepentimiento”. Ahora más bien anda en lo de Hemingway: “Pudimos ser tan felices”. Su estrategia mira de nuevo a Cataluña, que nunca debió abandonar. Ya no le funciona el despreciar y zaherir a Vox. “Un partido que quiere pistolas en casa, que cree que ser gay es una enfermedad”, eran sus perennes jaculatorias para dirigirse al partido de Abascal. Ahora ya ni pronuncia las palabras tabú: “Extrema derecha”. Tampoco le da réditos remover en la corrupción del PP, asunto evaporado del debate político político desde que Casado se dejó barba.

Ahora Rivera intentará frenar la fuga de votantes hacia Vox, que la hay, y, especialmente, animar a esos casi 800.000 votantes que parecen abrazarse a la abstención. No sueñan con repetir el bombazo espectacular de abril, con sus cuatro millones largos de votantes, a escasos 200.000 del PP, pero sí seguir en el tercer puesto del podio, un objetivo se ahora mismo se antoja algo lejano. La campaña aún no ha arrancado. Queda un debate televisivo y muchas oportunidades para que alguien meta estruendosamente la pata. Rivera no se rinde. Casado cuenta con él para consumar ese gran vuelco que hace temblar a Sánchez y sus trece rosas. 

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