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Jesús Cacho

Opinión

¿Quién será el Urkullu catalán?

Policía Nacional en Barcelona.
Policía Nacional en Barcelona. EFE

Tiene lo que está ocurriendo en Barcelona algo de guion escrito por mano aviesa que busca cocinar un plato cuyo sabor no probaremos pero cuya receta sospechamos. Las autoridades no han perdido el control, simplemente no han querido tenerlo nunca. Prohíben la utilización de material antidisturbios en serio, camiones lanzadera de agua, uso de pelotas de goma… ¿Dónde está el Cuerpo Nacional de Policía (CNP)? ¿Dónde la Guardia Civil? El dispositivo policial previsto por el Gobierno en funciones es cinco veces inferior al del 1-O. Los Mossos, como el CNP el viernes, parecen siempre en situación de clara inferioridad frente a una turba que, la cara embozada, baila ante un puñado de agentes que a duras penas se defienden en una esquina, la mayoría de las veces aguantando el chaparrón de adoquines, bolas de acero y ácido que se les viene encima. Cuatro detenciones para cumplir el expediente. Y al día siguiente la misma sensación de incredulidad en el espectador que en prime time asiste perplejo al espectáculo. ¿Quién está al mando? ¿Cómo se puede consentir tanto oprobio? ¿Quién lleva a las fuerzas y cuerpos de seguridad a afrontar estos episodios revolucionarios con la mano atada a la espalda del laissez faire más vergonzante?

Como si hubiera un pacto tácito (alguien podría preguntar a Emmanuel Macron cómo hace frente al desafío de los chalecos amarillos en París) destinado a permitir que la “revolución de las sonrisas” haga su trabajo mientras el Nerón que detenta la presidencia de la Generalitat se fuma un puro viendo arder Barcelona desde la azotea de la plaza de San Jaume. Torra y su jefe en Waterloo imaginaron la sentencia a los líderes del procés como la mejor ocasión que vieron los siglos para, en pleno bajamar de su Movimiento Nacional, conseguir hacer realidad el sueño de esa República Catalana con una explosión de ruido y furia. La gran diferencia con los chalecos amarillos: es el Gobierno de la Generalitat quien abiertamente rema aquí a favor del caos. Puigdemont y Torra han pretendido una reedición del golpe de Estado de 2017 cuando nadie lo esperaba. A través del fuego y el miedo.    

Cuatro noches de pánico para una inmensa mayoría de la población refugiada en sus casas, y un quinto día para colapsar Barcelona con esas "marchas por la libertad" que no han sido sino perfecto trasunto de aquellas "marchas sobre Roma" que el fascismo italiano protagonizó en octubre de 1920 y que llevaron a Benito Mussolini a la toma del poder y al inicio de su régimen. Compendio casi perfecto del ADN totalitario de un Movimiento Nacional (conmemoración nueva del franquismo viejo) que persigue convertir en extranjeros al 60% de la población de Cataluña. Alianza entre una derecha conservadora y xenófoba, hijos todos del patriarca Pujol, y una izquierda comunista que le ha comprado el discurso y le sirve de coartada. Con los socialistas del PSC mirando de soslayo. Mundo al revés, tras el cual esconde su pellejo el totalitarismo más atroz. Alguien dijo que “los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas”. Apretado aquelarre de los enemigos de la libertad.

A Sánchez, como antaño a ZP, no le viene mal un poco de tensión, pero necesita tiempo para tomar alguna medida radical, electoralmente explotable

El golpe de mano que Puigdemont y su mozo de estoques han pretendido dar esta semana tuvo su prueba de fuego el jueves en el Parlament de Cataluña. Sesión extraordinaria en torno a la sentencia del Supremo. Cuando todo el mundo esperaba unas palabras de condena a los actos de vandalismo registrados en la ardiente noche barcelonesa, Torra se descolgó con una propuesta que dejó atónitos incluso a sus colaboradores más cercanos. “Si para poner las urnas por la autodeterminación nos condenan a 100 años, habrá que volver a poner urnas para la autodeterminación”. El nada honorable president elevaba la apuesta indepe proponiendo a sus socios ni más ni menos que volver a votar sobre el “derecho a la autodeterminación”, y hacerlo antes de que acabe esta legislatura moribunda, es decir, ya mismo. La bancada de ERC no salía de su asombro.

La sesión había provocado honda preocupación en Moncloa. Miedo a que el loco de la colina lograra aprobar algún tipo de resolución que, en la línea descrita, supusiera llevar más allá el desafío al Estado, porque “en ese caso”, aseguran fuentes bien informadas, “Sánchez se hubiera visto obligado a tomar decisiones drásticas, desde luego la Ley de Seguridad Nacional e incluso a poner en marcha el artículo 155”. En previsión de que eso pudiera ocurrir, el presidente en funciones se había entrevistado durante la jornada del miércoles con los líderes de la oposición. Al final, resultó que Iceta tenía razón cuando el miércoles aseguraba a su amigo Pedro que ERC no secundaría ninguna nueva locura salida del magín del tándem Puigdemont-Torra. La sesión, en todo caso, vino a poner de manifiesto la absoluta soledad de un Torra a quien ni siquiera los comunistas de la CUP dan bola. Torra es hoy un cadáver que huele a kilómetros de distancia.

Un nuevo golpe en la sombra

Los planes del difunto pasaban, sin embargo, por validar el viernes en las arterias de Barcelona la resolución que pensaba hacer aprobar el jueves en el Parlament, para pasar a la historia como el hombre que hizo posible el milagro. Hacer realidad la República por la presión de las turbas en la calle. Elias Canetti y su “Masa y poder”. El viernes, en efecto, era el día marcado para el ahora o nunca. Pero las “marchas sobre Roma” de los habitantes de Tractoria apenas lograron reunir a 500.000 personas, si hemos de fiarnos de la Guardia Urbana de la señora Colau, otra amiga de la felicidad de los españoles. En su canto del cisne, el separatismo consiguió reunir a menos gente que en la última Diada y aproximadamente a la cuarta parte de la que sacó a la calle en la de 2014. El Movimiento Nacional está muy malito, a expensas de sus fieles en la Tractoria interior, de los pijoprogres de la burguesía idiota, good for nothings ansiosos de aventuras a la luz de una hoguera, y de los miles de topos de la izquierda radical y antisistema que crecen como hongos allí donde el Estado de Derecho renuncia a defenderse.

Y Pedro respiró aliviado. A Sánchez, como antaño a ZP, no le viene mal un poco de tensión, pero necesita tiempo para tomar alguna medida radical, electoralmente explotable, cuando nos hallemos a una semana de la cita electoral del 10 de Noviembre. Sin olvidar, además, el cadáver de Franco cual comodín a utilizar cuando más le convenga. Pero ahora es muy pronto, opina Iván Redondo. Correría demasiados riesgos de aquí al 10-N. Todo en clave electoral. Todo calculado para el encontronazo con las urnas. Y, mientras tanto, arde Barcelona, porque al señorito no le viene bien suspender ahora la Autonomía o incluso desplegar al Ejército, como hizo Macron con sus chalecos amarillos, o como en Santiago de Chile acaba de hacer el presidente Piñera tras decretar el estado de emergencia. España, en el punto más bajo en una larga historia de siglos. Si creíamos que con Mariano Rajoy lo habíamos visto todo en cuanto a degradación de nuestra democracia se refiere, hete aquí que no, que todo lo que es susceptible de empeorar empeora. Como dicen en Cuba, “lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”.

¿Quién será el Urkullu catalán? ¿Quién, el hombre encargado de enterrar los restos de esa aventura enloquecida que fue el 'procés', para restaurar, o al menos intentarlo, la convivencia entre catalanes?

Hay quien opina que hay que dejar que la “revolución” haga su trabajo, que los malos armen follón, levanten barricadas, quemen contenedores y arda algún que otro coche. Dejar incluso que las llamas lleguen a las ventanas de algunos pisos de la parte alta, que invadan los jardines de las masías donde pasa los fines de semana esa estúpida burguesía que a partir de 2012 compró la mercancía que mosén Pujol lleva predicando desde los noventa (Horizonte 2000), para que se acojonen de verdad. Esa burguesía cobarde y pelotuda se lo tiene que hacer en los pantalones para que, como tantas veces a lo largo de la historia, como ocurrió con Cambó, levante las manos asustada al ver la dimensión del destrozo, al ver en peligro sus haciendas, y acuda rauda a pedir socorro. Les falta cuarto de hora para que empiecen a gimotear. Están ya muy acojonados, porque el juego/fuego de unos pocos ha escapado a su control. El monstruo que han construido con la inestimable ayuda de los Gobiernos de Madrid y su criminal mirar hacia otro lado, ¡ay Mariano!, ¡ay Mariano!, se les ha ido de las manos.

La lógica apunta a que, tras la apoteosis del fin de semana, empiece a bajar la marea. Al descenso de la tensión en la calle sucederá, casi inevitablemente, el estallido de las contradicciones que anidan en el bloque independentista y en el propio Govern, lo que conducirá, más pronto que tarde, a elecciones autonómicas. En el independentismo se está dirimiendo una guerra sorda por ver quién se hace con el control de la situación tras la sentencia condenatoria, quien limpia la playa de los restos de este naufragio de dimensiones ciclópeas. La pelea enfrenta a los restos de Convergencia (Pujol-Mas-Puigdemont-Torra) con el trío formado por ERC-PSC-PSOE. Se enfrenta la mafia que ha gobernado en Cataluña los últimos 40 años, podrida  hasta la raíz, con los herederos del desastroso tripartito de Pasqual Maragall. Es obvio que el Partido Sanchista Obrero Español ha llegado a algún tipo de acuerdo bajo la mesa con ERC, con Iceta de sumo sacerdote, aunque no faltan en las filas del viejo PSOE quienes sostienen que un pacto con ERC sería letal para el socialismo. De momento, la simbiosis ERC-PSC es más que evidente en cerca de 50 Ayuntamientos, además de en la Diputación de Barcelona. Una batalla que se libra en la sombra y sin que se note mucho.

Un pez fuera del agua

¿Quién será el Urkullu catalán? ¿Quién, el hombre encargado de enterrar los restos de esa aventura enloquecida que fue el procés, para restaurar, o al menos intentarlo, la convivencia entre catalanes? Sabemos, de momento, quien no lo será en modo alguno. En una de esas “marchas sobre Roma” que esta semana se han podido ver desfilando desde la agreste Tractoria, se pudo ver caminando a la derecha de Torra -la bandera negra de los hermanos Badia y sus escamots en primera línea- a algo parecido al espíritu de Juan José Ibarretxe, el ex lendakari vasco protagonista de otra aventura equiparable en éxito a la de Torra. ¡Qué gran trío, Puigdemont, Torra e Ibarretxe, para la miseria, material y moral, de un pueblo! ¡Qué gran trío reducido hoy a cenizas! Hay quien apunta a Artur Mas para la tarea de pilotar la nave de un procés obligado a tomar tierra y admitir la realidad de su derrota. Sorprendente, si tenemos en cuenta que estamos ante uno de los grandes responsables del desaguisado, un tipo que decidió romper la baraja constitucional y echarse en brazos del procés tras dejarse convencer por dos “listos” de la talla de Francesc Homs y José Antich, ex director de La Vanguardia y ahora al frente de un libelo separatista. “Mas podría ser el hombre”, asegura un conocedor de la sentina catalana. “Él lo quiere hacer. Decir que nos hemos equivocado, y que hay que cambiar de rumbo renunciando a las acciones unilaterales, en línea con lo que está pidiendo hoy mucha gente de su entorno asustada por la deriva que han tomado las cosas, gente que bajo ningún concepto quiere ir a la cárcel”.

Es obvio que el Partido Sanchista Obrero Español ha llegado a algún tipo de acuerdo bajo la mesa con ERC, con Iceta de sumo sacerdote

Sería, en todo caso, un hombre de transición, nunca ese Urkullu que en el País Vasco enterró el hacha (y la serpiente) para optar por un utilitario entendimiento con Madrid. Como escribía días atrás Ignacio Vidal-Folch, “Todo ha acabado mal, y ahora nos queda asistir al penúltimo coletazo del pez fuera del agua del autollamado soberanismo”.  El coletazo de los veinteañeros culpables de jugar a la revolución facilona ante unas fuerzas del orden con una mano atada a la espalda, menos culpables, en cualquier caso, que sus padres, esa generación que consintió ser conducida como un rebaño al aprisco del adoctrinamiento soberanista por cuatro caraduras, por esa burguesía kosovar que solo pretendía ponerse a salvo de la acción de unos jueces honestos dispuestos a ponerles entre rejas tras habérselo llevado crudo durante décadas. “El odio que hoy fomentamos sirve para cubrir los negocios de ayer y los intereses de mañana” (un Pujol que, por cierto, sigue en su casa). Culpable esa generación de Rufianes que se puso a la cabeza de la manifa para vencer su complejo de inferioridad y que ha engendrado unos nietos que ya no se reconocen en los abuelos de Jaén ni en sus apellidos castellanos.

Hoy el monstruo ha roto las rejas y ha salido a la calle dispuesto a quemar el colmado. El espectáculo dantesco de llamas y cascotes tiene acongojados a los cerebros de la Dinamarca del Sur. Acollonados y a punto de pedir árnica. Sánchez ha dicho que “el Estado dispone de todos los mecanismos para garantizar la legalidad democrática y la convivencia en Cataluña”. Dispone de todo eso y más, sí, pero no lo utiliza porque ahora mismo no le conviene. Ayer sábado, los CDR levantaron el cierre del paso fronterizo de La Junquera tras más de 24 horas de bloqueo. Eran apenas cuatro gatos. El señor Sánchez puede seguir tocándose los huevos en Moncloa. 

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