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Roger Senserrich

Opinión

No copiemos a Trump

Tenemos en la Moncloa a alguien que, si bien no alcanza las altas cotas trumpianas de cinismo, tiende a negar haber dicho nada de lo que ha dicho hace diez minutos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Efe

La derrota electoral de Donald Trump en las elecciones presidenciales debería ser una señal para los políticos europeos que han tratado de copiar su mensaje y estilo de hacer política. Ha sido una derrota clara, por mucho que algunos insistan lo contrario; Joe Biden quedará a más de cinco millones de votos y casi cinco puntos de distancia, un margen enorme en una campaña por la reelección.

Las causas de la derrota de Trump son variadas, desde su lamentable gestión de la pandemia a sus múltiples escándalos de corrupción. El detalle más significativo de estos comicios, sin embargo, creo que ha sido el hecho de que Trump ha sacado, casi en todas partes, peor resultado que otros políticos de su partido en la Cámara de Representantes o el Senado. Los votantes no han rechazado al partido republicano, sino, por encima de todo, a la persona del presidente.

Un recurso muy efectivo

Si algo ha distinguido a Trump todos estos años es un estilo retórico muy peculiar, mucho más directo que el de un político común. Trump detesta el gastado estilo declamatorio que usa casi todo el mundo, y emplea un tono narrativo, más parecido al de alguien que te está explicando una historia. Es un recurso muy efectivo, que prácticamente nadie ha sabido o querido copiar, y que le hace un orador muy hábil y competente.

El contenido de los discursos de Trump es también muy peculiar, muy específico al presente, y a su manera, muy efectivo a corto plazo. Se dice que Trump miente, y miente muchísimo, pero esa no es una definición del todo correcta de lo que hace el presidente. Trump lanza bullshit (literalmente, mierda de toro), un concepto retórico casi intraducible que merece una explicación adicional.

Un mentiroso no quiere que su audiencia sepa que mienta; quizás oculta los hechos, pero tiene un cierto respeto por su existencia

Según el panfleto “On Bullshit”, de Harry G. Frankfurt, profesor emérito de Filosofía de la Universidad de Princeton, la diferencia entre mentira y bullshit se centra en la intención del que la lanza. Cuando alguien miente sabe que está diciendo algo falso con la intención de que la audiencia no sepa la verdad. Un mentiroso no quiere que su audiencia sepa que mienta; quizás oculta los hechos, pero tiene un cierto respeto por su existencia.

Cuando un orador está lanzando bullshit, sin embargo, lo que es verdad o mentira no le importa en absoluto. El único objetivo del bullshitter es persuadir a su audiencia, y para ello dirá cualquier cosa, por absurda que sea, con tal de salirse con la suya.

En opinión de Frankfurt, el bullshit es mucho más reprobable que la mentira. Un mentiroso es alguien que se ha preocupado en algún momento para conocer la verdad. Está haciendo todo lo que puede por ocultarla, pero al menos lo hace de modo consciente. Donald Trump y su estilo retórico basado en bullshit, sin embargo, es completamente cínico. Lo que dice le importa un pimiento, y sus consecuencias aún menos. Su contacto con la realidad es meramente incidental. Su discurso es vacío, con nulo respeto hacia sus interlocutores o su audiencia. Es un troll, simple y llanamente.

Es imposible debatir o acordar nada cuando uno de los dos bandos tiene nulo interés en saber qué es real y qué no lo es, y actúa únicamente de cara a la galería

Este estilo de hacer política es increíblemente tóxico para el sistema democrático y las instituciones que lo soportan. La base del debate en democracia es que los partidos pueden tener objetivos y valores distintos, pero tienen un cierto respeto por los hechos y la realidad objetiva. Pueden interpretar lo que sucede según su ideología, pero no niegan que exista o hablan de algo imaginario. Por añadido, los partidos se avergüenzan, al menos en público, cuando alguien les pilla mintiendo; hay una cierta voluntad colectiva de al menos fingir que la realidad importa.

Cuando en tu sistema político se instala el bullshit, sin embargo, estos dos principios se rompen. Es imposible debatir o acordar nada cuando uno de los dos bandos tiene nulo interés en saber qué es real y qué no lo es, y actúa únicamente de cara a la galería. Es imposible, además, sancionarle a través de exponer sus mentiras, ya que al que usa esta estrategia que algo sea mentira no le importa en absoluto.

Toparse con el Código Penal

En España hemos tenidos varias infiltraciones de bullshit en tiempos recientes. La primera intrusión, diría, fue con la emergencia del procesismo en Cataluña. Durante años hemos visto cómo decenas de líderes políticos han repetido sin descanso eso de que ho tenim a tocar y que la secesión será fácil, rápida, y sin consecuencias para nadie y que sucederá de aquí 18 meses. Son los que llevan años diciendo que Europa nos mira, que Puigdemont es mundialmente respetado, y que España es un estado totalitario y todo es una conspiración contra Cataluña. El nivel de bullshit de esa gente disminuyó considerablemente cuando sus líderes se toparon de bruces con el Código Cenal, pero sigue ahí, latente.

A nivel nacional, el bullshit emerge sobre todo entre los que ven el imparable avance del secesionismo dominando todo cada vez que alguien habla desde Moncloa con una catalán o un vasco, a pesar de que llevan advirtiendo de eso mismo sin parar desde hace 30 años. En esta clase de retórica, que conste, no incluyo los posibles acuerdos con Bildu (me parece perfectamente legítimo criticar a Sánchez por ello), sino a los que siempre dicen que el Estado está siendo derrotado constantemente, a pesar de que ETA se rindió, Cataluña sigue en España, y nunca parece cambiar nada.

Es fácil de usar, es indulgente y provoca los aplausos de los fieles del partido, pero hace la vida política irrespirable

Por supuesto, en la presidencia del Gobierno estos días tenemos a alguien que, si bien no alcanza las altas cotas trumpianas de cinismo, pero que tiene una propensión parecida a negar haber dicho nada de lo que ha dicho hace diez minutos. Y en la oposición tenemos las frecuentes apelaciones de algunos sobre cómo todo lo que hace Sánchez es totalitarismo, por mucho que el presidente sea demasiado cínico como para tener una idea total sobre nada. Las infiltraciones de bullshit en nuestra democracia están en aumento, ciertamente, y lo están desde ambos bandos.

Y es hora de que los políticos se den cuenta que no lleva a ninguna parte.

El bullshit es la estrategia definitoria de los populistas, de aquellos que ponen la adhesión y fervor de la parroquia a la verdad o la razón. Es fácil de usar, es indulgente y provoca los aplausos de los fieles del partido, pero hace la vida política irrespirable. Y, como hemos visto con Trump y de forma más significativa para los políticos, los votantes se acaban hartando y te hace perder elecciones.

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