Opinión

Tierno Galván, in memoriam

Se nos quedó grabado que “el poder era como un explosivo: o se maneja con cuidado, o estalla”

  • Tierno Galván y Ramón Tamames.

No se sabe cuántas personas menores de cuarenta años saben quién fue y qué significó Tierno Galván en la historia y la política de Madrid y de España, pero no será más allá de una ínfima parte de los ciudadanos. En consecuencia, rendir un homenaje hoy al Viejo Profesor, cuando se cumplen treinta y nueve años de su fallecimiento, es una ocasión para intentar que el recuerdo de su ejemplo y las enseñanzas de su magisterio perduren sin que se manipule su memoria.

Enrique Tierno Galván (1918-1986) fue un intelectual que llegó a la política para instruir, ilustrar y educar a una generación recién salida de una dictadura, un demócrata que mejoró la idea de la política sin necesidad de organizar festejos para celebrar la muerte de Franco ni la de nadie. Un líder que aunaba su cualidad de constitucionalista a las de jurista, pensador, político, filósofo y gestor de la cosa pública, un hombre que fue siempre honesto, y honrado a carta cabal. Y, además, un azote contra la indecencia y la inmoralidad.

         A lo largo de su vida y de su extensa creación literaria dejó de palabra y por escrito muchas enseñanzas hasta los años ochenta, casi todas igual de válidas para nuestros días. Por ejemplo la de que “los bolsillos de los políticos deben ser de cristal”. Y no sólo para referirse a la corrupción material de apropiarse de los bienes ajenos en el ejercicio del poder, sino de ocupar puestos de trabajo no merecidos, aprovecharse de las influencias para negocios particulares, nombrar cargos públicos inadecuados y arrebatar a los ciudadanos derechos y libertades consagrados en nuestra Constitución, de la que fue encargado de redactar su preámbulo. Sus palabras significan que un político, un gobierno, un presidente, no puede imponer normas para sus intereses: sus propuestas, las del poder, han de servir para facilitar la vida de los ciudadanos, no para ser una oficina de colocación o una gestoría de favores.

También opinaba que el Estado de Derecho es el pilar donde la convivencia se sostiene y que se le ataca cuando se actúa desde el poder para que la política “deje de ser una política de ideales para convertirse en una política de programas”; sobre todo, como ahora es el caso, cuando encima se incumplen los programas por intereses personales o de partido. Tierno Galván no tenía aprecio a la mala política, no, y como sabía el modo en que muchos conciben la cosa pública no dudaba en advertir de que “en política se está en contacto con la mugre y hay que lavarse para no oler mal”.

El PSOE atraviesa un periodo de hibernación mientras está ocupando su lugar, usurpándolo, un movimiento unipersonal ajeno por completo a los valores de más de ciento treinta años de historia

         Han pasado casi cuatro décadas desde la muerte del Viejo Profesor y no parecen existir herederos que alumbren el camino a las nuevas generaciones de políticos y pensadores. Él contaba con enormes dotes para empatizar con los ciudadanos y compartir ideas con amplias capas de la sociedad, con una sensatez que ahora se echa de menos. Compartiría la idea extendida de que el PSOE atraviesa un periodo de hibernación mientras está ocupando su lugar, usurpándolo, un movimiento unipersonal ajeno por completo a los valores de más de ciento treinta años de historia. Es cierto que el profesor Tierno mantuvo discrepancias intelectuales durante su vida con algunos de los políticos de su tiempo, no contra sus posturas pragmáticas, pero todos, el Viejo Profesor y los líderes de 1982, coincidían en las bondades de la Transición, en la imperiosa defensa de la Constitución y en la necesidad de un Estado del Bienestar dentro de un escrupuloso Estado de Derecho, exactamente lo contrario de lo que vociferan ahora los amos de la impostura. Tierno, en estos días, ante tal situación, habría cabeceado con desprecio, habría musitado un despectivo “estos chicos…”, alzado las cejas y se habría encerrado a escribir un Bando para ver si lograba abrir los ojos a tanto necio con ansia de permanecer un poco más en el gobierno, aun a contra natura.

         Cuando a mediados de los años 70, en aquellas reuniones de la calle del Marqués de Cubas, nos sentábamos en torno a una mesa con el VP (así lo llamábamos) para compartir que la política limpia era esencial en la vida de un país digno, se nos quedó grabado que “el poder era como un explosivo: o se maneja con cuidado, o estalla”, y con los años hemos comprobado lo cierto de ese pensamiento porque muchas veces se ha asistido a esa explosión provocada por manos sucias o inexpertas. No es necesario extenderse en concluir que vivimos en vísperas de otra deflagración.

         Por suerte siempre cabe respirar profundamente, sacudirse la ira, levantar la cabeza y afirmar que, como dejó escrito Tierno Galván y hoy recordamos, «sobre cualquier pesimismo está esa confianza profunda, irrompible, en lo que vagamente llamamos pueblo, pero que está compuesto por nosotros». Por todos nosotros, todos, los llamados a decidir el futuro cuando se abran las urnas.

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