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Miguel Ángel Belloso

Opinión

Cómo piensa Sánchez salvar su pellejo

Una vez controlada la crisis, la campaña para blanquear la imagen del Gobierno y culpar de todo al PP será brutal

Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados
Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados Europa Press

El miércoles de la semana pasada, el presidente Sánchez compareció en el Congreso para informar plúmbeamente del decreto sobre el estado de alarma. La oposición del PP y de Vox le ofreció un respaldo completo, apenas salpicado de reproches mínimos y obligados, a los que contestó con ese indefectible gesto ácido que refleja el profundo desprecio y la desconsideración máxima que siente por el adversario político. No es verdad -miente como siempre- que, ante las críticas razonables de algunos presidentes de autonomías por la gestión desastrosa de la crisis, y singularmente de la de Madrid, vaya a optar por la conciliación, según aseguró en sus dos intervenciones insufribles en televisión en las que, abusando de una lírica ridículamente inflamada y vulgar, ha intentado presentarse en vano como un líder carismático e inocente empeñado en inyectar moral a una tropa que ya lo tiene perfectamente enfilado.

Sánchez está muy persuadido de que esta crisis no sólo es la mayor que ha vivido el país desde que tiene memoria histórica, sino que es un tsunami que puede derribarlo y liquidar el infame gobierno feminista y de 'progreso' que nos ha caído en desgracia. Por eso mientras el equipo de combate -con un ministro que no sabe de sanidad, que ha sido un mediocre gestor local y que está allí por ser catalán- se dedica, siempre un paso por detrás de las necesidades, a luchar contra la pandemia, las terminales de La Moncloa, al mando del rasputín Iván Redondo, emplean buena parte de su tiempo en diseñar una estrategia criminal para reducir la pérdida acelerada de crédito y de confianza que amenaza al presidente.

El objetivo merece una energía y una voluntad máximas así como un despliegue de fuerzas masivo. Una vez controlada la crisis, la campaña para blanquear la imagen del Gobierno será brutal. En buena parte ha comenzado ya, aprovechando las televisiones adictas, que son todas las importantes, los dos torpederos de Prisa, El País y la cadena Ser, y el coro de los periodistas bien nutridos, pastueños y sin escrúpulos. Por si no se habían enterado, el objetivo no es otro que endosar la responsabilidad de la magnitud de la crisis al Partido Popular. Ya en las Cortes, Sánchez deslizó que la culpa de que en España el virus se comporte con mayor virulencia que en otros sitios la tienen los recortes infligidos por los gobiernos de Rajoy. Allí también anunció la futura creación de una misteriosa comisión de estudio de la sanidad pública cuyo propósito genuino es barrenar el mantra de la presunta austeridad fiscal, un mensaje que será a partir de ahora obsesivo y permanente.

Ya con Rajoy en el poder, que evitó la cesión de la soberanía nacional por la que pasaron Portugal, Irlanda y Grecia, la economía empezó a crecer francamente desde 2013

Naturalmente, toda la literatura sobre los recortes y el ‘austericidio’ fiscal tiene un carácter mitológico. Es una completa falsedad. Quien tuvo que virar 180 grados en su política izquierdista y disparatada, amenazado con un revólver en la sien por la Unión Europea e incluso los Estados Unidos de Obama, fue Zapatero, forzado oportunamente a congelar el sueldo de los funcionarios y las pensiones y a reducir el gasto general para evitar la quiebra y la intervención del país. Ya con Rajoy en el poder, que evitó la cesión de la soberanía nacional por la que pasaron Portugal, Irlanda y Grecia, la economía empezó a crecer francamente desde 2013. En 2017 se aprobó la mayor oferta de empleo público de la historia y el gasto social en términos de PIB se mantuvo constante durante las dos últimas legislaturas del PP, que para eso estaba el filosocialista Cristóbal Montoro a cargo de la cartera de Hacienda.

La gestión de la sanidad pública en la Comunidad de Madrid ha sido un éxito completo. La presidenta Esperanza Aguirre construyó más hospitales que nunca y tuvo el acierto de traspasar la gestión de algunos de titularidad pública al sector privado, logrando no sólo que salieran de los números rojos sino mejorando la atención y el grado de satisfacción de los pacientes a niveles desconocidos. Lo digo con conocimiento de causa porque soy usuario de la Fundación Jiménez Díaz, que se ha convertido, como en otros casos, en una institución ejemplar, gracias a la eficiencia y los resultados en términos sanitarios insuflados por la gestión privada. Los datos sobre los recortes de plantilla que extienden por las redes la legión de troles izquierdistas son una falacia. La disminución de efectivos se produjo en el personal de gestión y de servicios, y lo único cierto es que en 2020 Madrid tiene 1.012 profesionales sanitarios más que en 2010, hasta sumar 56.445 entre titulados universitarios y de formación profesional.

Modelo sanitario

Pero ya sabemos desde Goebbels que una mentira repetida hasta la extenuación acaba por transformarse en una verdad incontrovertible. El sábado 21 de marzo, el editorial del diario El País destacaba que “la gran capacidad de respuesta y la resiliencia de los profesionales sanitarios están compensando las fragilidades de una organización que ha sufrido en la última década un importante debilitamiento debido a los recortes provocados por la crisis de 2008”. Al día siguiente, el domingo 22 de marzo, el editorial del mismo diario decía lo siguiente: “El clima de confianza colectiva que requiere este momento hace inoportuno apuntar ahora las responsabilidades, aunque en el futuro será imprescindible una reflexión profunda sobre un modelo sanitario basado en los recortes presupuestarios y las privatizaciones de servicios públicos esenciales que han conformado este panorama de debilidad ante la pandemia”.

El lunes 23 de marzo, la inefable y siempre ecuánime Almudena Grandes escribía en el mismo periódico: “Cuando pase la emergencia, habrá que recordar el proyecto de privatización, parcialmente detenido por la movilización ciudadana, con el que el Gobierno de la Comunidad de Madrid pretendió desmantelar la sanidad pública. Habrá que contar el número de profesionales que perdieron su empleo. Habrá que contar qué habría pasado si se hubiera concedido la gestión de hospitales públicos a ciertas empresas privadas que se han forrado gracias al deterioro de la atención sanitaria que reciben los madrileños”. Es difícil ser más infame.

Contra lo que dice la señora Grandes, lo que ha sucedido es que antes de la declaración del estado de alarma, la sanidad privada se puso al servicio de la Comunidad de Madrid, donde empezó antes el problema, y luego lo ha hecho en el resto del país. Lo que ha ocurrido es que la sanidad privada ha anulado toda su actividad programada para volcarse en el tratamiento de la pandemia, y que está haciendo inversiones que probablemente no necesitará cuando pase la crisis, duplicando habitaciones y ganando espacios para la atención sanitaria cerrando para ello consultas y servicios ambulatorios sin preguntar si se pagará la factura e incurriendo en riesgo de quiebra si la situación se prolonga demasiado tiempo.

¿Creen ustedes que la verdad le ha importado alguna vez a la izquierda? En absoluto. Las terminales de la Moncloa, y también de manera destacada el grotesco vicepresidente Iglesias, han sacado a pasear a la primera manada de hienas, que se multiplicarán en los próximos meses para tratar de salvar el gobierno más moderno y progresista del planeta. El supuesto economista Antón Losada, uno de los activistas más sectarios del país, escribió hace unos días el siguiente tuit: “La penuria de medios en la sanidad pública tiene responsables. No es un accidente. Son los que llevan una década recortando, deteriorando y denigrando el sistema público para favorecer a sus amigos”. Y advertía de lo que cabe esperar: “Que no se nos olvide cuando esto pase”.

¿Qué le empujó, por ejemplo, a programar el pasado sábado en la segunda cadena un espacio de hora y media sobre el ‘Prestige’?

El fuego llegará por tierra, mar y aire -el presidente de la Asociación en Defensa de la Sanidad Pública, Marciano Sánchez, que es médico aunque iletrado, ha mal escrito una carta a la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, acusándola en tono ofensivo de lo que está pasando por llevar tiempo infradotando a los hospitales y centros de salud- …y la televisión pública de la sierva Rosa María Mateo será uno de los más notables arietes. ¿Qué le empujó, por ejemplo, a programar el pasado sábado en la segunda cadena un espacio de hora y media sobre el ‘Prestige’? ¿Se acuerdan? El ‘Prestige’ fue el buque petrolero que se accidentó gravemente frente a la Costa de la Muerte en noviembre de 2002, y que acabó partiéndose en dos expandiendo su letal carga por el litoral gallego y cantábrico. El Gobierno del PP no tuvo culpa ni responsabilidad alguna en el desastre y su gestión técnica fue perfecta pues se empeñó en alejar lo más posible el buque de la costa para limitar al máximo los daños, que fueron tremendos -si bien temporales- pero que habrían sido fabulosos de haber permitido al carguero llegar a las rías.

Hubo por supuesto falta de transparencia en la información; inicialmente el Gobierno, como hacen todos, trató de minimizar el suceso, pero al margen de estos errores evidentes, el Ejecutivo del PP tomó la mejor de las decisiones posibles, lo que no evitó una campaña brutal de acoso de la izquierda y de las organizaciones ciudadanas que maneja a su antojo y sin escrúpulos, convirtiendo el desastre en uno de los ejercicios de manipulación política más eficaces y surrealistas de la historia. ¿Por qué la señora Mateo nos recuerda en marzo de 2020 el trágico suceso del ‘Prestige’? ¿Por qué Podemos saca a pasear un vídeo con imágenes de los atentados del 11M, también del ‘Prestige’, y lo mezcla con el coronavirus y las corruptelas del rey emérito? La respuesta es obvia. El señor Sánchez y el señor Iglesias están completamente determinados a convertir el coronavirus en otra suerte de ‘Prestige’; están perfectamente decididos a responsabilizar al Partido Popular -que no parece enterarse del complot- de la mayor tragedia humana de la historia. Están conjurado para cometer cualquier ignominia a fin de salvar su trasero. Parafraseando al execrable Antón Losada, no lo olviden. Ya están avisados.

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