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Jesús Cacho

Opinión

¿Se irá Sánchez si saca un escaño menos?

Pedro Sánchez, en campaña electoral
Pedro Sánchez, en campaña electoral Europa Press

A menos que José Félix Tezanos consiga hoy reeditar el milagro del 28 de abril, lo cual no es en absoluto descartable, la mayoría de las encuestas publicadas en fecha reciente otorgan al PSOE de Pedro Sánchez una cifra inferior a los 123 escaños logrados en abril, lo que, de confirmarse, llevaría al guapo mozo a compartir el podio del oprobio con los Chirac, Cameron, May y Renzi, relevantes políticos que, pretendiendo reforzar su poder y creyendo contar con el favor popular, disolvieron las cámaras y adelantaron elecciones para tropezarse con la desagradable sorpresa de que la ciudadanía les había dado la espalda. El miedo a que esta noche pueda ocurrir lo mismo explica la frenética actividad a la que se ha entregado esta semana nuestro sempiterno presidente en funciones. El corolario es claro: si Sánchez se deja hoy uno solo de los 123 escaños con que contaba, habrá perdido las elecciones aunque siga siendo el más votado. Porque fue él quien las planteó como un plebiscito a su figura. Cosas de los liderazgos supremos. Sánchez ha llevado a los españoles a esta innecesaria nueva prueba de estrés a pesar de haber tenido al alcance de la mano un acuerdo con Podemos. Y lo ha hecho con la convicción que caracteriza a los sátrapas que en el mundo han sido, según la cual no hay más camino que el suyo. Obtener hoy menos apoyos que el 28-A significaría el rechazo de una abrumadora mayoría de ciudadanos a su eventual presidencia y pondría negro sobre blanco una realidad tantas veces comentada en esta página: Sánchez es el obstáculo.

Y bien, ¿asumiría el chulapo su derrota marchándose a casa? ¿Volvería el PSOE, como en otoño de 2016, a obligarle a salir por la puerta de atrás, sacando a flote un nuevo candidato a la presidencia? Cambiar de jinete socialista liberaría muchos de los obstáculos actuales a la gobernabilidad, aunque a nadie se le escapa que el planteamiento tiene más de wishful thinking que de posibilidad real. Su liderazgo, trabajado a fuego estos últimos años, es tan indiscutible en el PSOE que resulta difícil imaginar siquiera la aparición de cualquier otro alternativo. Uno a uno ha ido liquidando a sus rivales y críticos. Nadie es hoy capaz de hacerle sombra en Ferraz. Nadie, capaz de toser su inmarcesible arquitectura de fauno prendado de ese gesto suyo vacío de contenido. Eduardo Madina, eterna promesa, está en la empresa privada; Susana Díaz es hoy jefa de la oposición andaluza, y Patxi López se ha situado ya en la tercera o cuarta fila de la política española. Y el único líder con capacidad de aglutinar una alternativa desde esas sombras que tan bien manejaba, Alfredo Pérez Rubalcaba, ha pasado a mejor vida. El PSOE de hoy es Sánchez o le déluge.

El horizonte en esta mañana de domingo electoral no puede ser más incierto. Es muy probable que esta noche tengamos que lamentar unas elecciones que no han servido sino para redoblar el bloqueo

Un Gobierno PSOE-Podemos se hace ahora más difícil de imaginar que hace unos meses, después de que Pablo Iglesias, siempre según las encuestas publicadas, haya resistido razonablemente bien el intento de Sánchez de reducirlo a cenizas. Y es poco probable que “el coletas” esté ahora dispuesto a venderse tan barato como estuvo. La única posibilidad de gobierno para un Sánchez debilitado por la pérdida de escaños pasaría por aceptar la abstención del PP, lo cual significaría pasar del “no es no” al “bienvenidos a la política de Estado”. Quien hizo gala de un egocentrismo capaz de llevarnos a unas generales que nadie más que él deseaba, no tiene autoridad moral para aceptar ahora los votos de aquellos a quienes rechazó y ninguneó. Aunque, reconozcámoslo, el personaje anda sobrado de cuajo para intentar lo inimaginable con tal de seguir en el machito durmiendo en Moncloa, querida Begoña, viajando en Falcon y veraneando en Doñana con suegros, suegras y demás familia.

También es posible que Albert Rivera no tenga más opción que irse a casa. Si las urnas terminan esta noche dando la razón a las encuestas, el testarazo de Ciudadanos y de su líder habrá sido monumental. He ahí un ejemplo de cómo hacer añicos un partido en unos meses sin darse cuenta. Sobre el techo de Cs han caído en los últimos meses chuzos de punta, y no solo desde prietas las filas del nacionalismo, que va de suyo, sino desde la azotea de ese bipartidismo empeñado en acabar con quienes, desde la izquierda comunista y desde el centro liberal, pretendieron un día no lejano poner fin al duopolio político de la Transición. Una auténtica campaña de acoso y derribo en la que PSOE y PP se han empleado a conciencia, utilizando los recursos mediáticos e institucionales de que disponen, que no son pocos. Particularmente vergonzantes los esfuerzos que buena parte de la profesión periodística ha desplegado a la hora de expandir la idea de Cs como partido en descomposición y nulas expectativas de voto, como si la formación naranja hubiera cometido algún crimen de lesa humanidad o fuera responsable del callejón sin salida en que se encuentra España al menos desde la abdicación de Juan Carlos I. Hasta el IBEX se ha sumado a la cacería, reclamando a Rivera un pacto con Sánchez que nunca estuvo en el magín de Sánchez. En la tómbola del destino, a Albert le había tocado rescatarnos a todos del peligro que para la estabilidad y el progreso supone este nuevo “caudillito” hispano a quien leyes e instituciones le importan una higa.

Los pecados de Albert Rivera

Claro que nada de esto hubiera ocurrido, no al menos con la intensidad relatada, si los sitiadores del fortín Cs no hubieran contado con la complicidad, por acción u omisión, del propio Albert. El Rivera vitalista y empático de la primera etapa, aquel Rivera martillo de la derecha xenófoba y reaccionaria catalana al tiempo que adalid de la regeneración democrática urgida por millones de españoles, se ha convertido en un tipo distinto, alguien huidizo, difícil de clasificar y más aún de entender, que desaparece durante semanas como un misterioso Guadiana y toma decisiones con el cesarismo propio de un “amo del prao”. Parece el sino de esta España vacía de auténticos hombres de Estado. Nuestros líderes recientes hacen los partidos a su antojo y los deshacen con el mismo desahogo al irse, sin dejar apenas nada en herencia. Felipe hizo al PSOE y lo deshizo, y así está hoy el socialismo hispano, arrastrándose desde finales de los noventa con tipos merecedores de poco más que del desprecio ciudadano al frente. Aznar, que fue capaz de meter en el mismo aprisco a las levantiscas huestes de la derecha, se fue dejando en Rajoy la semilla de la descomposición programática e ideológica. El mismo camino parece estar transitando Iglesias con Podemos, y esa fue también la senda por la que desfiló Rosa Díez con su UPyD, la misma por la que ahora parece estar transitando Rivera. Ellos lo hacen; ellos lo deshacen.

También es posible que Albert Rivera no tenga más opción que irse a casa. Si las urnas terminan esta noche dando la razón a las encuestas, el testarazo de Ciudadanos y de su líder habrá sido monumental

Algo que habla de las debilidades de esta democracia nuestra de partidos. La comparación con lo ocurrido con UPyD se antoja particularmente interesante a la hora de enjuiciar la deriva de Cs. Díez y Rivera encarnan un tipo de liderazgo fuerte, que se niega a compartir la toma de decisiones y se atrinchera en el puente de mando cuando la corriente ya se está llevando la nave hacia la rada de la nada, despreciando las voces que en su entorno advierten de la tragedia que se avecina. Pero la desaparición de Cs por el mismo sumidero sería una muy mala noticia para España y los demócratas españoles, porque dejaría a este país sujeto al bloque de cemento de un PSOE controlado por los pocos miles de militantes podemizados que rescataron a Sánchez del exilio, y aquí están los resultados, y a un PP que parece chocar con dificultades insalvables a la hora de sacudirse de una vez la caspa tecnocrática de Rajoys y Sorayas. Al margen de los eventuales pecados de Rivera, España necesita un partido como Cs, dispuesto no solo a facilitar la gobernabilidad, sino a garantizar la unidad de la nación y la igualdad de todos ante la ley, amén de hacer realidad la tantas veces mentada regeneración y a trabajar en ese gran proyecto de futuro que España necesita cara al 2050. La realidad es que si Cs no existiera, habría que inventarlo. Y ya que está inventado, no permitamos que corra la suerte de UPyD.

El horizonte en esta mañana de domingo electoral no puede, por todo ello, ser más incierto. Es muy probable, a tenor de las encuestas y salvo nuevo milagro Tezanos, que esta noche tengamos que lamentar el error de unas elecciones que no han servido sino para redoblar el bloqueo y hace más difícil cualquier solución de Gobierno. Con un Sánchez muy debilitado aun en el caso de que logre mantener sus 123 escaños; con un Casado en tierra de nadie, frustradas las expectativas de los 100 escaños por culpa de ese “marianismo” que se resiste a dejar Génova, impidiendo el regreso de quienes, instalados en las verdes praderas de VOX, consideran al gallego culpable del “cacao” que vivimos; con un Iglesias fortalecido en su resistencia y menos dispuesto que nunca a arrodillarse de nuevo, y con un Rivera a punto de hacer las maletas. Todas las soluciones se han vuelto más difíciles, desde el Gobierno Frankenstein hasta esa especie de falsa coalición PSOE-PP. He ahí el resultado de tu gran obra, Pedro. Ya puedes ir felicitando a Redondo. Gracias, mamones.

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