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Carlos Gorostiza

Opinión

Rivera se la juega con Arrimadas

Rivera y Arrimadas se la juegan juntos a la única carta de ganar la Moncloa superando no a Sánchez pero sí al PP y, si las cosas se tuercen, se la jugarán también a ver quién se queda con los restos del naufragio

Albert Rivera e Inés Arrimadas, juntos en un mitin de Ciudadanos en Madrid
Albert Rivera e Inés Arrimadas, juntos en un mitin de Ciudadanos en Madrid

Tras el error, qué inmenso error, que cometieron al no intentar investir a la vencedora Inés Arrimadas como Honorable President (un fracaso que habría podido ser el mayor éxito político de Ciudadanos), Albert Rivera teme ahora que el gran asunto electoral de Cataluña acabe siendo aprovechado por otros y que le roben a los naranjas su pole position en la defensa frente a los independentistas.

De ahí la presencia de Arrimadas en el Congreso que salga de las urnas el 28 de abril de la mujer que ha sido voz de la resistencia contra las mentiras y los abusos del 'procés'. A esta futura diputada por Barcelona nadie de los que estuvieron en Colón podrá levantarle la voz, aunque ella perdiera el avión aquel día. Traerla a Madrid le aportará una repercusión pública mucho mayor que la del actualmente paralizado Parlament de Cataluña y puede convertirla en el personaje de esta campaña si no sigue cometiendo errores como ese de dar un mitin frente a la puerta entornada de la casa de Puigdemont, haciendo protagonista al huido y dejándole, además, el disfraz de dialogante.

Los líderes de Ciudadanos ya sospechaban que podían estar perdiendo votos hacia Vox, percibido como más rotundo contra el independentismo, mientras ellos quedaban de blandos. Eso no solamente les creaba un problema electoral, sino que tiene que resultar especialmente doloroso para Rivera, que nació a la política en Cataluña precisamente para enfrentarse a los independentistas y para Arrimadas que, además, los venció.

Consultados finalmente los expertos demoscópicos del partido, cualquier duda se disipó: efectivamente, su peligro está en el partido de Abascal y, además, los votantes tipo de Ciudadanos odian a Sánchez. Está claro que el socialista es el enemigo al que no se va a ganar, pero al que hay que señalar y también lo están los adversarios a los que hay que ganar, pero sin señalarlos: son Vox y el PP. De modo que se acabaron los titubeos centristas.

La apuesta es a todo o nada: ser quien gobierne España como cabeza de la derecha nacionalista española o quedarse como otra interesante experiencia política que hubo una vez en España

Ciudadanos se la juega en estas elecciones a todo o nada: ser quien gobierne España como cabeza de la derecha nacionalista española (tras la socialdemocracia, arrumbaron también el civismo constitucional) o quedarse como otra interesante experiencia política que hubo una vez en España. Y en esa batalla los enemigos más peligrosos son la duda propia y la desconfianza de las huestes. Aquel pacto interruptus con Sánchez en 2016, la promesa de que nunca harían presidente a Rajoy y las insostenibles excusas para romper con Susana Díaz tras una legislatura de tranquila cohabitación, no juegan a favor de la credibilidad de Rivera ante la derecha liberal y la iliberal. De ahí el peligro que tiene la apuesta y la rotundidad unánime con que han tenido que hacer pública su inquina y alejamiento de Sánchez, con una teatralidad que recordaba el juramento de Scarlett O’Hara, con Atlanta en llamas de fondo.

Tan dramática apuesta a una sola carta de los naranjas también tiene algo de obligada debido a su particular contradicción de que, siendo máximos adalides del multipartidismo, su discurso sea siempre tan profundamente bipartidista. “Salimos a ganar” -dicen-; “vamos a echar a Sánchez” -insisten-, y no les sacas de ahí, como comprobaron los periodistas de La Sexta al entrevistar a una Arrimadas que se aferraba a tales mantras para no responder sobre futuros pactos. Como bien le enseñó su asesor: “Es todo pura actitud”.

Rivera y Arrimadas se la juegan juntos a la única carta de ganar la Moncloa superando no a Sánchez pero sí al PP y, si las cosas no les salen como desean, se la jugarán también a ver quién de ambos termina quedándose con los restos del naufragio tras la apuesta perdida, una posibilidad que no resulta imposible y que les dejaría fuera del centro político del que ahora han decidido huir con estrépito.

Con los grandes partidos aún asentados en su debilitada pero indiscutible fuerza territorial, Ciudadanos está deteminado a tratar de alcanzar el poder mediante una galopada política agónica de aquí al 28 de abril. Puede que sea su única opción, pero existe el riesgo de que acaben como la Brigada Ligera en Balaclava: como héroes.

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