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Jorge Vilches

Opinión

La república podemita, con Sánchez al fondo

Alentar el odio a la Monarquía puede estabilizar a Sánchez, pero desestabilizará a todo lo demás

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasado mes de julio en el Congreso.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasado mes de julio en el Congreso. Efe.

La excitación del comunismo populista ha llegado al paroxismo. Ahora podrán hacer demagogia sin fin y cobrar el sentido que tuvieron desde su fundación. No son ni serán jamás un partido de Gobierno, sino de desgobierno. Su único afán es destruir para vivir del poder. Jamás pensaron en servir a los españoles, sino en servirse de sus problemas para obtener un cargo y un patrimonio.

Por eso han visto con alegría la marcha del rey Juan Carlos, y la posibilidad de infligir daño a Felipe VI y a la monarquía parlamentaria. El triste episodio les da una oportunidad, como toda crisis, para encizañar, embarrar, hacer ruido y soltar su odio.

La hora del referéndum

Personajes de segunda del ámbito podemita sueltan su bilis antimonárquica en redes y entrevistas, proclamando que es la hora de un referéndum. Pero no sobre la Monarquía, sino sobre España, la democracia liberal y la unidad nacional. En realidad, una consulta de este tipo sería una pregunta sobre si queremos defender la libertad, con todos sus fallos, o permitir el autoritarismo de comunistas y nacionalistas.

Porque la República que defiende la extrema izquierda, el comunismo populista y los independentistas no tiene nada que ver con una democracia liberal. Todos estos hablan de un régimen que recorte el pluralismo político e informativo, en el que no tendrán cabida los no republicanos ni la derecha, ni siquiera aquellos que crean en la conveniencia de la Unión Europea o en la unidad nacional de España.

Tampoco podrán estar en su República los católicos porque el comunismo como religión laica ha estado siempre en pugna constante con cualquier otra fe. No quieren un país laico, sino oficialmente anticlerical y antirreligioso en el que no quepa más que una educación y una cultura controlada por el Estado, y los hábitos de fe queden en la intimidad más oculta.

En esa República que quieren para nuestro país es su Gobierno quien concede y retira graciosamente los derechos, no quien los reconoce como inherentes a la naturaleza humana

Su República entiende la libertad como el cumplimiento del bien común para la comunidad dictado por su ley, no como el libre y garantizado ejercicio de los derechos individuales. Es una concepción antigua, resucitada por las ideologías de la ingeniería social, como el comunismo o el nuevo republicanismo. Por eso en esa República que quieren para nuestro país es su Gobierno quien concede y retira graciosamente los derechos, no quien los reconoce como inherentes a la naturaleza humana. En su régimen ideal, por tanto, no existen las garantías procesales, ni la presunción de inocencia, sino el dictado del poder. Cuidado, porque ese camino ya lo hemos emprendido y solo queda profundizar en él.

Es un republicanismo que otorga credenciales de patriotismo en función de la obediencia al Gobierno. De ahí que su “hacer patria” sea construir una comunidad al servicio de su proyecto político autoritario, liberticida y anticuado. Como señalaba Madison, un régimen republicano debe estar concebido en sus normas e instituciones única y exclusivamente para proteger la libertad del individuo, no para transformar la sociedad, porque es cada persona quien decide su camino.

Hombre de Estado

Estos comunistas, que en cualquier país de Europa estarían en la oposición histriónica y chusca, no son demócratas porque odian el debate y purgan al disidente. No quieren "modernizar" el sistema, sino llevarlo a formas y contenidos de hace cien años, guerracivilistas y violentos, de confrontación y retraso. Su República, por tanto, no nos haría más libres, sino más esclavos. No piensan en sistemas como el francés, el italiano o el norteamericano, distintos pero garantistas. Defienden una forma de Estado que les permita perpetuarse en el poder a costa de la libertad de todos.

Pero no son solo los podemitas. Sánchez ha visto en este antimonarquismo una forma de reforzar su figura, de mostrarse como el hombre de Estado razonable y moderado que, desde su equidistancia, es capaz de contener al radical. Esto es sumamente peligroso, porque alentar ese odio a la Monarquía, uno de los pilares del sistema, puede estabilizar a Sánchez, pero desestabiliza al resto, perjudica la democracia, y daña la confianza y credibilidad exteriores.

Desaires al Rey

Nada de esto es nuevo en el PSOE, cuyo republicanismo latente desde 2014 se contiene a duras penas. Ahora, la egomanía de Sánchez ha agudizado esa tendencia. No en vano los desaires privados y de protocolo a Felipe VI han sido constantes desde hace dos años. El más sonado fue enviar al Rey a Cuba antes de las elecciones del 10 de noviembre de 2019, y al día siguiente, sin las preceptivas consultas, anunciar la formación del gobierno social-comunista.

El anterior Jefe del Estado ha decidido salir de España para no seguir haciendo daño a la institución y no contribuir a la inestabilidad del país, pero los podemitas y aledaños independentistas lo ven como una oportunidad para esconder sus miserias y llamar a las barricadas. Es lo suyo. El llamamiento a un referéndum y a una República iliberal, fundada en la fracasada de 1931, convocada por quienes quieren romper el país en su  beneficio y ajustar cuentas, nada tiene que ver con el republicanismo sano y sensato. No caigamos en la vía liberticida ahora que empezamos un reinado liberal.

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